Ahora me toca a mí, Saúl, el benjamín de la familia (con la imprescindible ayuda de mi ío), relatar las peripecias del bonito viaje que ha organizado mi madre a Cantabria para pasar -todos- una semana de ensueño con nuestros queridos primos-titos Elena y Braulio y Cay, su perrita, que tanto juego y diversión nos iba a dar.
PRIMER DÍA: SALIDA Y LLEGADA
El jueves, 23 de julio, era el día programado para la partida. Nos levantamos temprano, desayunamos sin que faltase el ratito de tele para nosotros dos (Abel y Saúl), con disputa incluida, ya que a mi hermano lo que le gusta es ver los partidos repetidos del mundial y a mí me encantan los dibujos animados de Doraemon o similares, aunque también coincidimos en otros programas. Teníamos por delante una jornada complicada al tener que coger dos autobuses para llegar a nuestro destino: el aeropuerto de Málaga en la terminal Pablo Picasso.
Así que a las 10 ya estábamos los cinco (por fin la ía se había animado y venía con nosotros cuatro) esperando el autobús directo Torre del Mar-Málaga para llegar a la capital de la Costa del Sol lo antes posible y allí empalmar el viaje hacia el aeropuerto. Tras un rato de espera se presentó un autobús indirecto, es decir, que va parando por todas las localidades o pueblos que bordean la costa desde Torre del Mar hasta Málaga, aunque tarda hora y media en llegar, mientras que el directo se sube por la autovía y no se va por la carretera del litoral, aunque hasta que llega a la estación de autobuses se tarda una hora. Total, que ante la duda de que llegase lleno el directo y tuviésemos que esperar demasiado tiempo y como lo que nos interesaba era llegar pronto a Málaga para empalmar con el aeropuerto, los mayores decidieron cogerlo, por lo que nos repartimos como pudimos entre los asientos libres, quedando emparejados Abel y yo, frente a mami, y los íos por otro lado.
Llegamos pasadas las once y media a la estación de autobuses y, gracias a que vinimos otro día a investigar los cuatro, sacamos nuestras cinco maletas de cuatro ruedas y nos dirigimos al andén 30 que era donde se cogía el autobús para el aeropuerto. Aquí, como en el resto del viaje, cada uno mataba su pulga, como dice el ío, llevando su maleta y mochila correspondientes.
Eran poco más de las 12 cuando se presentó el autobús lanzadera y nos dejó en Salidas del aeropuerto, donde tuvimos que preguntar varias veces para saber a dónde teníamos que dirigirnos para facturar o registrarnos (check-in) y pudiésemos embarcar a la hora prevista de salida, que serían las 5,45 de la tarde. Tanto para mi hermano como para mí era una odisea jamás vivida ya que en avión no habíamos viajado nunca. Todo lo que se nos iba presentando era un mundo imprevisto y de multicolores sensaciones que estábamos dispuestos a aprovechar.
Cuando llegó la hora de comer elegimos lo que quisimos en uno de los muchos restaurantes que hay en la terminal en que nos encontrábamos y quedamos muy satisfechos. Mientras llegaba la hora del embarque no podíamos perdonar nuestro asueto de juego diario con el móvil y así lo hicimos. También corríamos y saltábamos en la inmensidad de aquellas instalaciones en las que había un trasiego de gente de todas razas y pelaje exagerados.
No faltó jugar también con el sombrero del ío a tirar penaltis y hacer paradas espectaculares por ambas partes, tanto de Abel como mías. El empate en cero goles que el ío nos lanzaba era nuestra meta y así se cumplió, pues si hubiera sido de otra manera la lío parda y mi hermano también. Lo sabe hacer así de bien, él me ha enseñado…
Finalmente pasamos el tema de las cinco maletas y bolsos que pudimos llevar con nosotros y nos metimos en la zona de embarque hasta que salió en pantalla la puerta por la nos montaríamos en el avión de la compañía Volotea: D65, en la fila preferente, pues había dos filas de pasajeros. De todas formas teníamos nuestros asientos correlativos en la fila 25, en la parte casi final del avión.
Mi hermano escogió ventanilla y yo me puse al lado, mientras mami y los íos estaban junto al pasillo. Mientras entramos todos a la nave y nos colocamos cada cual en su sitio transcurrió mucho tiempo y el ío, que es muy observador, nos dijo que eran las seis cuando despegamos hacia el mar Mediterráneo hasta que fuimos ascendiendo y dando la vuelta por la dirección de Torre del Mar para coger nuestro rumbo norte hacia Santander.
Tanto a mi hermano como a mí nos hacía mucha ilusión ver el mar y luego la tierra desde tan arriba, aunque hubo momentos en el viaje en que había muchas nubes y solo las veíamos a ellas, casi todas blancas y algodonadas.
El viaje se nos pasó rápidamente, aunque nos dio tiempo a leer en el trayecto. Yo me acabé un libro y comencé el segundo. Mi hermano también disfrutó mucho con la lectura de su Diario de Greg. Así que casi sin darnos cuenta volvimos a ver unas montañas y el mar Cantábrico y aterrizamos sin novedad en tierra cántabra.
Qué bien nos lo pasamos en el viaje y qué corto se nos hizo, pues decía mami que tardaríamos hora y cuarenta minutos y en poco más de una hora nos pusimos en Santander.
Nos echamos fotos bajando por las escaleras que pegaron junto al avión cual si fuéramos personajes importantes. ¡Bien que lo somos para nuestra familia y amigos!
Nos estaban esperando Elena y Braulio y nos abrazamos y besamos efusivamente. También su perra Cay nos estaba aguardando. ¡Lo que íbamos a disfrutar los tres! Ella ya es más que un cachorro de dos años pero le gusta jugar y corretear como a nosotros que no dejamos de ser unos cachorros humanos. Yo más que Abel, que quede claro, desde luego…
También estaba esperándonos el hombre del coche de alquiler (que nos pareció brasileño, pues hablaba dificultosamente el español) que mami apalabró desde Sevilla. Le ofrecieron dos coches a elegir: uno totalmente automático y otro normal y corriente. Al final los mayores se decidieron por el automático pues el ío es el que iba a conducir y ya tiene mucha experiencia, pues su último coche ya se lo compró de este calibre…
Braulio cogió en su coche a la ía y mamá y el ío marchó por detrás con nosotros y la tita Elena para no perderse. Santander estaba plagado de coches y gente pues, además de verano, la ciudad estaba en feria. De todas formas, el aeropuerto está a unos quince minutos de la ciudad. Nos llevaron por sus arterias principales hasta llegar al domicilio donde se encontraba el piso turístico, que era un bajo, puesto que la nueva normativa no permite que esté en otros pisos más altos de cualquier comunidad de vecinos. Como no podíamos abrir la puerta tuvo que llamar mami para que la arreglasen. De todas formas nos dejaron la llave bajo el felpudo y nos sirvió para toda la estancia…
Ellas se quedaron instalándose, llevándose las maletas y demás bártulos, mientras nosotros, con el ío y Braulio con su coche, fuimos peinando toda la zona en busca de dos aparcamientos. La cosa estuvo muy difícil, pues todas las calles y aparcamientos estaban completos hasta que la pericia de Braulio avistó uno para nuestro coche y otro que se iba y quería quitárnoslo una conductora, pero al final pudo aparcar Braulio, cerca de casa, gracias a que se lo guardó el ío.
Después llegamos a ver y visitar el piso y ya saludamos a Cay, que tenía mucha gana de conocernos, olernos, chupetearnos y jugar con nosotros.
Como la tita Elena había apalabrado la cena en un restaurante cercano a nuestro domicilio habitual en Santander, que era especialista en comida italiana, allí nos dirigimos todos andando con Cay tranquilamente para ponernos las botas, pues todos teníamos hambre canina, ya que desde que habíamos comido, a eso de las una en el aeropuerto, no habíamos tomado nada.
Los mayores pidieron distintos platos apetitosos con el denominador común de ser comida italiana que fueron compartiendo. Nosotros quisimos un plato único para cada uno. De postre, los mayores tomaron una pizza compartida, mientras Cay estaba amarrada a una silla, junto a nosotros, esperando que terminábamos de cenar para volver a pasear de vuelta a nuestra casa santanderina.
Terminamos satisfechos, sin hambre y con las pilas cargadas para pasear a Cay que tenía muchas ganas de callejear y moverse. Braulio le dejó a mi hermano la correa para llevar a la perra, después de que Abel me llevara a cuestas un buen rato, pues yo me encontraba cansado. Después tomó el relevo Braulio y me cogió en brazos haciéndome muchas bromas, pues se ve que es un bromista de campeonato…
Ascendimos las cuestas que nos separaban de casa y algún que otro parque, mientras Cay y nosotros nos íbamos haciendo buenos amigos. Llegamos a casa y nos despedimos de los titos hasta el día siguiente que nos vendrían a recoger a los doce del medio día. Teníamos mucho tiempo para recuperarnos del duro día de viaje.
Nada más entrar en nuestro piso observamos que había cuatro teles, una en cada dormitorio y la más grande, en el salón. La enchufó mi hermano para quedar obnubilados con el programa de videojuego que siempre sintonizamos en Sevilla. Nos acostamos cada cual en su cama. Yo siempre elijo a mami. Abel se fue con el ío y la ía se acostó en su dormitorio. Todos contentos y felices porque el primer día lo habíamos superado con nota… El sueño llegó muy pronto a todos, pues estábamos muy cansados, aunque los niños más, sin saberlo, pues nos apagamos como las bombillas cuando se pulsa su interruptor.
SEGUNDO DÍA: SANTOÑA
Descansamos bastante todos, especialmente los infantes. Abel se levantó casi a las 10 y yo media hora más tarde. Desayunamos viendo la tele y poco antes de la hora acordada llegaron los titos por nosotros para irnos todos a Santoña para ver a Puerto, la amiga universitaria de mami, que conoció en Granada y que se encontraba veraneando en su ciudad de nacimiento.
Tras salir con nuestro coche de Santander, siguiendo al de Braulio, lo perdimos de vista en una de las rotondas y tuvimos que poner el GPS para que nos llevase a nuestro destino. Por eso, nos fuimos a Santoña por el paseo Pereda y la autovía de Bilbao. Cuando íbamos a coger la variante vimos el coche de Braulio que se ponía delante de nosotros y ya fuimos juntos hasta que entramos por la carretera de las marismas de Santoña.
Como ya habían venido los mayores varias veces, en diferentes veranos, vieron a Santoña más bulliciosa y remozada. Aparcamos en la lonja y nos fuimos dando un largo paseo junto al mar, observándolo todo y echando fotos por doquier. Lo que más nos gustó a mi hermano y a mí es que Braulio nos dejó a Cay para que la llevásemos y nos lo fuéramos pasando muy bien los tres…
Fuimos andando por el largo puerto, donde había bastantes bañistas tomando el sol o bañándose en la ría, hasta que llegamos a una calle en la que íbamos a comer, en un restaurante: Terraza Nuevo Mundo, a la sombra de una parra de su patio. Los mayores pidieron diferentes platos a compartir y nosotros escalopes de ternera con patatas, que luego terminarían los tres mayores de nuestra familia. De postre no podía faltar dos coulants para nosotros dos.
Después volvimos a dar una vuelta más larga que la anterior por el ancho y extenso paseo marítimo hasta llegar a donde está la escultura de la Virgen del Puerto con el niño estilo Botero. Nosotros dos fuimos los que más disfrutamos con Cay, pues le enseñamos a sentarse y que nos diera la patita. No paramos de corretear y jugar con ella todo el rato.
Después nos volvimos cada uno en su coche y paramos en un pazo restaurado, el Palacio de los Acevedo, en Hoznayo, donde había unos jardines espléndidos en donde se celebran bodas, por lo que volvimos a disfrutar de Cay nuevamente. Llegamos pasadas las 8 a nuestro domicilio mientras el ío y Braulio buscaban aparcamiento, harto difícil y complicado en esta zona de Santander.
Luego nosotros dos y mami nos fuimos a cenar a un japonés cercano (Sushi, se llamaba) mientras los íos se fueron a un restaurante más lejano, por la parte alta, cerca de donde vivía la tita Elena madre, donde comieron las famosas rabas de calamar de esta bendita tierra y ensaladilla rusa. Tenían muchas granas de probarlas…
Volvimos a casa para ver la tele un rato y asearnos, hasta que nos acostamos, como Cay, completamente agotados y eso que nos habíamos levantado tarde. Supongo que la perrita de los titos haría lo mismo ya que buena paliza le habíamos dado…
TERCER DÍA: SANTANDER
Estábamos a sábado y, como había pronóstico de lluvias al estilo cántabro, con calabobos y chirimiri, a partir de las doce, quedamos en que la tita Elena pertrecharía a los tres mayores del grupo de chubasqueros y paraguas para que no se mojasen. Nosotros, como traíamos los chubasqueros del cole…
Amaneció soleado y con aire fresquito pero conforme avanzaba la mañana se cumplió el pronóstico meteorológico. Desayunamos en casa, como siempre, y estuvimos viendo en la tele nuestro programa preferido hasta que vino la tita Elena.
Llegó con su coche Braulio por los mayores, en un primer viaje, para bajarlos al Museo Marítimo del Cantábrico y luego vino por nosotros tres (mami, Abel y yo).
Ya a las doce había empezado a lloviznar. Menos mal que la tita Elena nos había surtido de paraguas y chubasqueros. Como era lógico, muchos turistas ante la lluvia se fueron refugiando donde pudieron. Nosotros y otros muchos nos metimos en el Museo Marítimo del Cantábrico durante dos horas quedando admirados y sorprendidos de lo que allí se encuentra. Primero subimos al piso de todo lo alto y admiramos las fabulosas vistas de la bahía. Luego bajamos a cada planta para ir haciendo casi un paseo militar por sus diferentes estancias, enterándonos de muchas cosas curiosas e interesantes de la mar tanto de barcos como de máquinas marinas. La planta que más me gustó fue la baja en donde estaba el acuario y osario de grandes peces. Tanto mi hermano como yo hicimos bastantes fotos con los móviles de los íos que quedaron muy chulas. Ya tengo cierto arte para echar fotografías pues las hago encuadradas y con el contenido apropiado. Ya no corto las cabezas…
Según nos contó Braulio, que se quedó por la playa y el paseo marítimo mientras nosotros estábamos en el museo no llovió, pero fue salir del museo y ya comenzó a chispear de nuevo. Las leyes de Murphy, según dicen siempre los mayores…
A la salida nos dirigimos andando hacia el restaurante que reservó la tita Elena ayer (Los Arcos), que está en una calle paralela al paseo Pereda, Había un mogollón de gente solazándose, comiendo y bebiendo a todo pasto. Llegamos al Mesón Los Arcos pasadas las tres de la tarde y mientras nos instalaron dentro y empezamos a comer eran más de las cuatro.
A Cay la trajimos desde el museo hasta el mesón principalmente mi hermano y yo. Como empezó a llover también Braulio le colocó su chubasquero a la perra. Cay se instaló bajo la mesa y allí estuvo todo el rato hasta que al final bebió el agua que le trajo el camarero. Ella, mientras esperábamos a que nos instalasen dentro, una de las veces se puso a ladrar con furia porque un negro apareció por allí vendiendo sus bagatelas…
La comida fue extraordinaria. Los mayores pidieron doble plato de cocido montañés y marmita de bonito que trajeron en sendas ollas o cuencos de barro para servirse a placer y nosotros pedimos escalope para Abel y croquetas para mí, con patatas fritas. La tita Elena pidió ensalada mixta que luego todos los mayores picaron. Los postres fueron deliciosos: tartas de la abuela, torrijas y café.
Después nos fuimos dando un paseo por el puerto y llegamos a ver el Centro Botín que hay junto al mar. Subimos todos, mitad andando y mitad en ascensor, para ver desde su azotea las maravillosas vistas que desde allí se pueden contemplar, tanto de toda la bahía como de Santander, además de echarnos las fotos para inmortalizar el momento y el lugar. ¡Había tanta gente allí que las fotos las teníamos que hacer por turnos…!
Después, a las seis y media, la tita Elena nos invitó a que diésemos una vuelta por la bahía en un ferry, incluidos Cay con Braulio. ¡Qué bien!
Nos pusimos en la cubierta y lo pasamos muy bien, sobre todo yo y mi hermano que llevábamos las riendas de la perra. Al principio todo iba tranquilo, pues el agua de la bahía estaba serena, pero conforme íbamos avanzando camino de alta mar las olas eran más grandes y furiosas. El viaje en barco empezó bien, pero conforme íbamos buscando el alta mar, a la altura de la isla de Mouro (que ya habíamos visto fotografiada con sus grandes olas en Mesón Los Arcos), el oleaje era mayor y, si encima nos cruzábamos con algún barco, las oleadas que traía incrementaban las del propio Mar Cantábrico, por lo que nuestro ferry cabeceaba y se hundía en el agua peligrosamente haciendo pensar a algunos si zozobraríamos de seguir así. Mientras avanzábamos, las explicaciones del altavoz iban desvelándonos la historia de la ciudad de Santander y los monumentos, playas o accidentes geográficos más destacados, hasta que fuimos virando a la derecha dando la vuelta a la media hora de haber salido para volver y completar los sesenta minutos de recorrido programados. Mami y Abel se sintieron mareados, aunque -gracias a Dios- no llegaron a vomitar. Cuando arribamos a tierra firme ya estaba esperando otro turbión de turistas para coger y disfrutar de su viaje.
Mientras caminábamos por el paseo de Pereda pudimos ver las largas filas de personas que querían comerse un helado de Regma. Los íos pensaron que, aunque no era el momento, no nos podríamos ir de Santander sin tomarnos los famosos helados Regma. Por lo buenos que están había ya grandes colas para tomarlos…
La tía Elena y los íos cogieron un taxi para subir a casa, mientras nosotros dos y mami caminamos con Cay de la mano, dirigidos por Braulio, hasta recoger su coche y subirnos a casa.
Pronto llegó la ducha, la cena y el descanso que tomamos pasadas las diez de la noche. Cenamos en casa tan ricamente con lo que los íos compraron en Alimentación Guan y caímos en manos de Morfeo rápidamente. El día había sido agotador aunque nosotros, los niños, no nos hubiéramos dado cuenta de ello. ¡Qué dura es la vida del turista!, dicen los mayores…
CUARTO DÍA: ORUÑA
Llegó el domingo y la hora de levantarse. Ese día no había que madrugar. No obstante, mi hermano se levantó a las ocho con el afán de ver la tele. Yo lo hice más tarde, pues estaba más cansado y me incorporé a su actividad cotidiana.
Desayunamos e incluso leímos un rato cada uno, ya que mami se empeñó en ello. Sobre las doce llegó la prima Elena para que nos fuésemos tras su coche para llegar a la estación de autobuses donde venían dos amigos médicos jubilados, Elena y Eduardo, que tardarían un rato, por lo que decidimos meter las coches en el aparcamiento de la estación y tomarnos algo en la terraza de su bar.
Una vez que llegaron, nos saludamos y se montaron en el coche de Braulio. Eduardo puso su equipaje en el nuestro y marchamos en comandita, uno detrás de otro, hasta que llegamos a Oruña, a casa de Moncha y Luis, amigos de Elena y Braulio.
Nos recibieron muy amablemente a todos y así se mostraron hasta las siete de la tarde que fue cuando nos volvimos para nuestra casa. Nos presentaron a su familia: su hija Alba, su ex yerno alemán, que estaba allí también, padre de Nico, su nieto. También comprobamos que tenían tres perros, uno blanco, ya mayor, llamado Finley, y dos hermanas cachorras, Mina y Sua, de seis y nueve meses respectivamente. La primera estuvo perdida tres meses, conviviendo incluso con lobos. Alba quiere escribir un libro al respecto e ilustrarlo, pues tiene buenas cualidades pictóricas. Primeramente saludaron a Cay y luego emprendieron carreras y peleas continuadas casi toda la tarde…
El chalet era precioso y estaba muy bien cuidado. Hacía un fresquito bajo los árboles que gustaba un montón. Allí pasamos un día súper agradable, pues había el hijo de Alba, Nico, y un niño saharaui, Slut, que pasaba su veraneo con ellos. Ya lleva varios que así lo hace.
Nico nos fue enseñado su chalé doble, pues son dos casas adosadas en una y con mucho espacio de arbolado y zona verde, además de un huerto que lleva Alba solita y que tiene muchas flores que cultiva para venderlas o regalarlas, ranas y sapos…
Los niños hicimos vida casi independiente todo el día, pues jugábamos y nos divertíamos por nuestro lado mientras los mayores charlaban y se conocían mejor. Incluso comimos y merendamos aparte. De comida tomamos arroz con tomate o solo, hamburguesas y alitas de pollo con melón de postre. Estaba dulcísimo… Para merendar colacao, galletas, chocolate y helado.
La verdad es que nos lo pasamos muy bien. Y no nos importaría repetir más veces. Los mayores también se lo pasaron yupi, según contaron a la vuelta en el coche. Aunque por la mañana hacía fresquito, a la hora de la sobremesa el calorcito pedía un buen baño en su hermosa piscina, lo que hicimos los cuatro niños, bajo la atenta mirada y vigilancia de Alba y mami.
Luego nos asomamos al río Pas que pasa tranquilo por la vera de la finca teniendo su acceso vallado y cerrado con llave, porque es peligroso si a algún menor se le ocurre acercarse demasiado, ya que puede caerse al río y ahogarse. Nos contó Moncha que con una piragua se van a la playa más cercana y no tienen problema para aparcar… Se ve una mujer muy dulce y generosa que organiza veladas musicales en su chalé para amigos y gente guapa…
Los tres perros y Cay cuando se encontraron se saludaron y les dio mucha alegría, pero a lo largo de la jornada tuvieron conatos de persecución y peleas, algo parecido a lo que nos pasa a los cachorros humanos…
Los mayores comieron estupendamente. De primero, una ensaladilla rusa tuneada y complementada por Elena y Braulio. De segundo, ventresca salvaje a la parrilla cocinada por Luis, el anfitrión de la casa, y ensalada de lechuga con bonito traído por Elena, mientras Eduardo trajo una botella de buen vino. Y de postre un melón exquisito, hecho trozos ¡Ah! El pan de pueblo estaba para chillarle, según comentaron los mayores…
Hablaron de que el próximo sábado noche tendrían un concierto en el porche, en donde se juntarían una gran cantidad de amigos y que cada cual traería su cena para compartir con quien quisiera. ¡Qué pena no estar nosotros para vivirlo…! Según nos contaron se juntaron 40 personas y la noche fue inolvidable…
Total que llegó la tarde-noche casi sin darnos cuenta y hubimos de partir con gran dolor de nuestro corazón. La prima Elena y la ía fueron obsequiadas por sendos ramos de flores que lucirán en su casa como buen recordatorio del espléndido día que pasamos…
La vuelta la hicimos, como siempre, siguiendo al veloz coche de Braulio que se conoce Cantabria y sus carreteras como la palma de la mano. La cena la hicimos en casa y el descanso subsiguiente llegaron como anillo al dedo. Nos acostamos temprano, poco más de las diez, pues al día siguiente tendríamos que madrugar, ya que a las nueve y cuarto llegarían Elena y Braulio para hacer una inolvidable excursión a Cabárceno.
¡Qué ilusión teníamos mi hermano y yo para esa jornada! Y más porque íbamos a hacerla en buena compañía, con nuevos amigos que trajo Elena: Ionela y sus hijos Sofía y David, de once y seis años, respectivamente.
QUINTO DÍA: CABÁRCENO
Llegaron a la hora acordada y la ía se fue en el coche de los primos mientras que Sofía se montó en el nuestro. Se colocó entremedias de Abel y yo. Nos causó muy buena impresión a todos. Además de guapa y agradable, se le notaba una niña bien educada y prudente. Aunque al principio estábamos un poco cortados nosotros dos, pronto empezamos a tener confianza y a contarnos detalles o anécdotas personales que nos congratularon a todos.
El día amaneció cerrado y con ganas de llover el sirimiri tan característico de esta tierra, que a lo largo del día iría desapareciendo, tornándose en una tarde soleada y algo calurosa, especialmente en el sol, como les ocurrió a los que asistieron a las seis y media a la exhibición de aves rapaces, los que estuvieron en las gradas…
Llegamos temprano, recién abierto Cabárceno, y ya había bastantes coches, que irían en aumento a lo largo de la jornada. A lo largo de toda la mañana fuimos haciendo nuestra propia ruta en esta antigua mina que los romanos explotaron sacando hierro. Como nos dieron unos folletos con información e itinerarios, seguimos a nuestro sabio guía Braulio y fuimos observando muchas de las especies que aquí viven, sin poder ver a las más de 120 que aquí tienen su hábitat natural. Admiramos a los tigres, leones, elefantes, jirafas, avestruces, llamas, gorilas… La primera parte de la mañana hasta los animales, además de los visitantes humanos, aguantamos los chaparrones pacientemente defendiéndonos como pudimos con chubasqueros o paraguas hasta que se despejó el cielo y empezó el Lorenzo a calentar con gana.
Aprovechamos para montarnos en la telecabina o funicular. Lo hicimos en dos cabinas diferentes y contiguas, pues en una no cabíamos todos. No se pudieron subir Cay ni Braulio que es casi siempre el que se sacrifica para que el resto del grupo disfrutemos en totalidad de las interesantes visitas que hemos realizado.
Como anécdota: recordar que nos montamos en dos cabinas consecutivas para hacer el circuito triangular por las alturas viendo a los animales en miniatura en ciertos momentos. Hasta David, que nunca quería montarse en el ascensor, demostró su valentía.
El grupo en el que iba Elena, la ía, Ionela, David y Sofía se despistó y se bajó en una de las dos posibles paradas del triángulo que formaba su recorrido y luego en otra, por lo que tuvimos que esperarlos Abel, mami, el ío y yo durante un buen rato a que bajaran de las alturas, charlando alegremente con Braulio y jugando con Cay.
Como teníamos mucha hambre nos fuimos a comer a un Mesón del pueblo de Cabárceno, Casa Venero, hasta que nos pusimos morados. Los niños tomamos un menú infantil sabroso complementado -de postre- con un bombón de chocolate para cada uno que nos supo a gloria a los cuatro.
Los mayores también cargaron la badana, pues si algunos tomaron ensaladilla pasiega de primero, el segundo de cachopo era bestial de grande y voluminoso. Por eso ninguno de los tres mayores fueron capaces de acabarlo completamente. Como alguien, la ía creo, definió: era un San Jacobo a lo bestia…
Después volvimos andando al lugar donde habíamos dejado los coches aparcados, junto a donde salían y volvían las cabinas del funicular, con lo difícil que estaba por momentos aparcar. Echamos muchas fotos tanto a los animales como a nosotros o al grupo que formábamos y también a los paisajes tan verdes y espectaculares. Yo ya sé hacer las fotos muy bien, por lo que el ío me deja su móvil para hacerlas, aunque alguna vez hago alguna foto de cachondeo para que nos riamos todos, a pesar de que a veces no se me entienda.
Aunque me llevo bien con mi hermano, sin embargo algunas veces liamos unas trifulcas absurdas, nos dicen los mayores, que los enervan o cabrean. ¡Pero nunca llega la sangre al río…!
Cuando terminamos de ver el espectáculo de las aves rapaces en la sombra, pues hacía bastante calor, la tita Elena nos regaló a los cuatro infantes cuatro peluches que ya están bautizados con su nombres de batalla: a Sofía le tocó una pantera negra, a la que puso Nero; Abel, un búho llamado Buy; Saúl, un gorila llamado Gori Gori; y David, un avestruz al que puso Max. Todos estamos muy agradecimos y le dimos las gracias y besos por ello.
Todo contentos volvimos a casita en Santander charlando y comentando el fabuloso y entretenido día que habíamos echado pensando en descansar rápido, cenar en casa viendo nuestro programa favorito en la súper tele que tenemos en salón y ya pensando en el martes con la excursión a Potes y Fuente Dé que os cuento seguidamente.
SEXTO DÍA: PICOS DE EUROPA, FUENTE DÉ Y POTES
Ya era martes y el día amaneció espléndido. Ni por asomo nos llovería. Seguro que pasaríamos calor en el microclima de Fuente Dé y Potes, algo comparable con el calor del sur, pues, según le comentan los amigos del ío, allí la tierra arde. Algunos le han aconsejado que nos quedemos aquí, en esta bendita tierra cántabra hasta que amaine la calor…
Quedamos temprano, sobre las nueve y cuarto, con los titos para hacer el más largo viaje que habríamos de realizar en este periplo santanderino tan atrayente.
Sofía se volvió a sentar en nuestro coche de alquiler, que es automático, en medio de nosotros dos, para charlar de nuestras cosas y pasar un viaje divertido. Ella es una chica 10 en todo y muy responsable, acababa de terminar sexto de primaria con las máximas calificaciones, como ya tiene su móvil, nos fue enseñando el juego que practica en Internet moderadamente. También sabe echar buenas fotos y selfies ella sola. Es guapa pero seguro que aún ganará en belleza conforme crezca y se haga mujer. Toca el violín, va al conservatorio, baila flamenco y sabe su idioma de origen: rumano, además de español e inglés. Nos dijo que va a estudiar francés en la secundaria…
¡Ah! me he acordado que en el Museo Marítimo del Cantábrico la prima Elena nos regaló una raya de adorno para poner encima de nuestra cama y que es una maravilla. Siempre que la veamos nos recordará este maravilloso viaje de nuestra infancia con los titos Elena y Braulio.
Pues bien, el viaje lo hicimos por la autovía, la mitad del camino, y la otra mitad por zona montañosa, siguiendo el curso del río Deva, principalmente. Cuando salimos de la autovía paramos en una cafetería para tomar algo, pues Sofía y no sé si alguien más no había desayunado. Al final allí todos tomamos algo, incluso nosotros que ya habíamos desayunado en casa antes de salir. El colacao y los cruasanes con miel que nosotros dos tomamos es-taban deliciosos. Hasta los íos se tomaron una corbata cada uno que les supo a gloria. También sirvió para dar descanso a Cay que con tanta gente ahora tiene que viajar en el maletero y se pone más nerviosa. Abel y yo aprovechamos cualquier momento para estar con ella, bien llevándola cuando nos deja Braulio, bien enseñándole habilidades que ya domina como sentarse y dar la patita.
Braulio nos parece un hombre versado en todo que sabe amenizar las tertulias y reuniones con datos interesantes de todo tipo gracias a su prodigiosa memoria. Lo conoce todo y sabe mucho. Se ve que tiene mucha mundología… Durante el viaje le gusta gastarnos bromas, especialmente a mí, que soy el más travieso. Por lo que cuenta y actúa debió tener cierto parecido conmigo en su infancia. Es muy bromista y sabe de todo: cocina, historias de Cantabria, España y el mundo entero, etc. Con él no te aburres nunca…
Durante la segunda parte del viaje hubo momentos que mi hermano se sentía mareado y quería que parase el ío aunque al final no hizo falta. Y eso que el ío iba despacio siguiendo las indicaciones obligatorias de la carretera. Por eso y porque a Braulio le gusta conducir más velozmente, nos íbamos quedando atrás por momentos, aunque Braulio siempre nos esperaba o bien hablábamos por teléfono para comunicarnos las incidencias.
Llegamos al filo de las doce al inmenso aparcamiento del funicular de Fuente Dé. Como alguien se tenía que quedar con Cay se quedó voluntaria Ionela, pues le dan miedo las alturas, se apuntó la ía a quedarse con ella.
Fue una gozada subir a 850 metros de altura, creo, en cuatro minutos. Desde dentro, tanto al subir como al bajar, daba la impresión de que nuestra cabina iba despacio y lenta mientras que la que se cruzaba en sentido contrario iba velocísima, puro efecto óptico, dijeron los mayores. El cielo estaba totalmente despejado y hacía un aire fresco a pesar de que pegaba el sol con fuerza. Qué inmensidad más grandiosa. ¡Cómo vimos la mano de Dios en esta naturaleza tan sorprendente e inmensa!
Tanto a David, que tiene seis años, un año menos que yo, como a mí nos encantaron el montón de piedrecitas y guijarros más gordos que había para poder jugar y lanzarlos lejos. A mi hermano le encantó una piedra mediana que estaba hecha de tres o cuatro materiales diferentes y se la enseñó a la prima Elena que lo ilustró con su sobrada sabiduría, como otras veces hacía con los mayores. Su experiencia universitaria ha sido larga y fructífera…
Ella nos compró a cada uno de los cuatro niños un lápiz con animalitos en su cobertura. A Abel, una vaca; Saúl, un lobo; David, un perro pastor; y a Sofía, una cabra. Los cuatro les dimos las gracias efusivamente, especialmente Sofía que es un encanto de chica. También había vegetación en las alturas. Para comprobarlo David la tocó y se pinchó. Los demás lo comprobamos y era cierto.
Braulio se fue por libre a observar y echar sus fotos mientras los demás íbamos en comandita para no perdernos ninguno. Había bastante gente en el bar y la planicie echándose fotos y admirando el paisaje montañoso. Nos contaba Braulio que hay rutas para subir y bajar a esta grandiosa montaña pero que se tardan tres o cuatro horas en hacerlo en un solo sentido. Luego fuimos a ver una exposición y vídeo sobre la construcción de este gran invento humano: subir tan rica y rápidamente una montaña sin tener que escalarla. Era muy interesante y curiosa, luego fue cuando la prima nos compró los lápices.
Después de echarnos muchas fotos individuales o en grupo y a la propia montaña y naturaleza, cogimos el funicular de vuelta. Veíamos todo muy pequeño. Conforme íbamos descendiendo se percibía el inmenso aparcamiento donde habíamos dejado los coches que más parecía el nuestro de juguete como los que tenemos en casa de los íos en Sevilla. Cuando llegamos a tierra nos estaban esperado Cay, Ionela y la ía. Entonces marchamos en busca de una buena comida y nos paramos en el camping San Pelayo.
Cay aprovechó para darse un buen chapuzón en el río. Se quedó tan fresca. Nos fuimos hacia el restaurante del camping para comer allí. Nos quedamos fuera, bajo los toldos, pero hacía un calor insoportable. Teníamos 38 grados… La comida fue bien con la elección de cada cual de los platos que le interesaron. Los cuatro niños quisimos pizza. ¡Qué rica estaba! De postre, los niños y asimilados no perdonamos tarta de queso, natillas, arroz con leche y tres tartas caseras de chocolate para chuparse los dedos.
Después cogimos los dos coches, una vez aireados y refrescados en la sombra, para marchar a Potes y lo recorrimos a pie, tras aparcar en un aparcamiento del centro. Bebimos agua fresquita y bajamos al río donde quien más y mejor se bañó fue Cay. También se echaron, los íos y mami, la clásica foto que se hicieron -hace muchos años- junto a la carretera, encima del puente, en un viaje de estudios…
Después fuimos a la Ermita prerrománica de Santa María de Lebeña del siglo X, que ya otras veces que vinieron los íos y mamá a Cantabria tuvieron intención de visitar y no lo hicieron. Gracias a Braulio llegamos en un periquete y aparcamos a la sombra. Como había turistas dentro, esperamos en su pórtico o atrio para descansar y refrescarnos, hasta que pudimos entrar todos por un módico precio, menos Braulio y Cay.
La señorita que estaba a su cargo nos explicó de una manera sencilla y entretenida su historia de construcción, el robo de su principal imagen durante nueve años y los principales elementos arquitectónicos y artísticos de esta preciosa y recóndita ermita. Una vez echadas muchas fotos (en el exterior pues en el interior estaban prohibidas) que nos recordarán siempre este bello y tranquilo lugar, así como a las queridas personas con las que tu-vimos la suerte de visitarla. Ionela, sus hijos y el resto cogimos los dos coches de vuelta y nos volvimos a Santander tranquilamente. Primero fue Sofía, luego yo y finalmente mi hermano fuimos cayendo en un sueño profundo y soporífico durante mucho tiempo. Cuando se despertó Sofía decía, sincera y graciosamente, que había dormido mejor que en su cama.
Llegamos a Santander sin novedad, siempre bien guiados por Braulio, aunque habiendo cogido -a veces- una buena delantera porque su conocimiento de las carreteras y su impulso conductor así lo pedían…
Braulio y Elena dejaron a la ía a la puerta de nuestro apartamento y nosotros le dimos a Sofía para que se fueran todos a sus respectivas casas, incluidos su madre y hermano. Nos despedimos de ellos cariñosamente, especialmente de Ionela, Sofía y David, pues ya no los íbamos a ver más, ya que al día siguiente iríamos a Santillana del Mar sin ellos, pues Sofía ya la había visitado, creo que con su cole. Cenamos en casa de todo lo que habíamos comprado en Guan, el chino más cercano que tenemos.
Y después, a ver la tele, ducharnos y lavarnos los dientes hasta que llegó la hora de descansar. Al día siguiente no tendríamos que madrugar tanto pues habíamos quedado con la tita Elena que nos recogería a las once para ir a Santillana del Mar y visitar la Neocueva de Altamira…
SÉPTIMO DÍA: SANTILLANA DEL MAR
Llegó nuestro penúltimo día de vacaciones en Cantabria. Estábamos a miércoles. Eran las once cuando los titos Elena y Braulio llegaron por nosotros a casa para que la ía se fuera en su coche, junto a la inseparable Cay, y nos guiasen por la ruta más rápida y segura para llegar a Santillana del Mar y la Neocueva de Altamira.
Había mucho tráfico por el camino y más cuando cogimos la carretera comarcal. Mira por donde, en una rotonda, perdimos de vista el coche de Braulio que pretendía esquivar el excesivo tráfico y la mucha gente que pululaba a su entrada, por lo que nosotros sí caímos en la red y al ser avisados por teléfono por la ía rectificamos y volvimos a unirnos a Braulio para recorrer los dos coches el mismo último trayecto.
Llegamos al aparcamiento de la Neocueva de Altamira que estaba a reventar al igual que el pueblo de Santillana del Mar. Todo estaba petado y eso que no era fin de semana. Tuvimos que dar varias vueltas en redondo al aparcamiento gratuito de vehículos para poder encontrar alguno, pues no había manera de conseguirlo. Braulio también lo hizo después que nosotros, pues él siempre -como es tan amable- nos indicaba o dejaba si encontraba una plaza libre para nosotros. Cay y él, mientras nosotros esperábamos para entrar en el Museo, deambularon por los alrededores. La tita Elena tenía reservada una visita guiada muy chula, creo que a las una, pero por confusión no pudimos hacerla ya que era miércoles y había estado concertada para el domingo anterior. Las mismas guías nos dijeron que esto le ocurría a mucha gente…
Mas no nos arredramos y compramos nuevas entradas para todos, menos para Braulio, pues Cay no podía entrar, para las cinco de la tarde. Por eso, nos fuimos a comer al bar Puerto Calderón, del pueblecito de Oreña, porque Santillana del Mar estaba completo por todas partes. Antes nos llevó Braulio por un camino vecinal, campestre y sinuoso a lo alto de una montaña desde donde se veía magistralmente Puerto Calderón. Admiramos sus incomparables vistas, llegamos a conocer su historia por boca de los titos Elena y Braulio y aprovechamos para echarnos unas fotos que nos recuerden siempre que estuvimos en este bonito y característico rincón marítimo cántabro. Comimos tan frescos en el patio del bar Puerto Calderón a la sombra, mientras Cay estaba recostada bajo nuestra mesa. El menú fue bueno y abundante, como siempre, destacando una morcilla de arroz con cebolla caramelizada, además de una de gildas, media de croquetas para nosotros los niños y ensalada de tomate para los mayores. Lo mejor, como siempre, llegó en el postre con tres tartas de chocolate y dos helados cornetos, más los cafés solos de los titos, el de Braulio con hielo…
Ya más satisfechos, marchamos en coche nuevamente a Santillana del Mar para aparcarlos en un sitio estratégico que nos indicó Braulio. Después, nos dimos un buen paseo por las calles más típicas de esta bella localidad cántabra (que ni es santa, ni es llana, ni tiene mar, como Villanueva del Arzobispo de Jaén: que ni es villa, ni es nueva ni tiene arzobispo). Nos fotografiamos ante su colegiata y anduvimos tranquilamente por sus calles y plazas principales. A esa hora no había tanta gente como por la mañana…
Después nos acercamos al Museo de Altamira. Entonces sí que nos fue fácil aparcar. Se ve que el fragor turístico había bajado un tanto. Y penetramos en él, donde fuimos viendo vídeos y neocueva con delectación, aunque los mayores ya la habían visto otras veces. Siempre es impactante visitarla y darse cuenta de los muchos detalles que ella contiene, aunque a nosotros -por nuestra edad- nos canse o busquemos otros alicientes distintos. Luego proseguimos visionando un tanto rápidamente el resto de la exposición-museo que es larga y muy completa y aunque a nosotros los niños nos hacían sensación ciertos objetos o fotografías, no estábamos dispuestos a estar leyendo cartel por cartel, como le gustaría a mami, y que se nos hiciera de noche, como le hubiese gustado visitar a mamá que es una amante empedernida de los museos y como nos dice ella “es de lo que vivimos y come nuestra familia…”
Para acabar, nos metimos en la tienda del museo y la tita Elena nos compró a cada uno de nosotros un regalo. A Abel, con el conque de que había perdido su gorra jugando en el exterior al lanzarla a un lugar al que no podíamos entrar, le regaló una gorra muy bonita con el nombre de Altamira en la frente y a mí una camiseta muy chula de azul marino oscuro con dos bisontes y una cierva de Altamira impresos en la parte de delantera. Me da gusto ponérmela y fardar con ella, lo digo como lo siento. El ío nos compró un oso para los dos, y la ía le compró a mami un libro sobre los artículos que Emilia Pardo Bazán ha escrito sobre sus visitas a Cantabria y la ía se regaló unos pendientes plateados muy bonitos con el dibujo de una cierva de la Cueva de Altamira.
Cuando salimos Cay nos estaba esperando y estuvimos jugando y paseando un rato con ella hasta que nos marchamos de vuelta a Santander, en busca de nuestra casita, para allí asearnos y cenar en familia, sin dejar de ver la tele y caer rendidos en nuestras camas, ya que al día siguiente nos despediríamos de esta bella y acogedora tierra.
ÚLTIMO DÍA: SANTANDER Y VUELTA A TORRE DEL MAR
Nos levantamos y nos pusimos a ver la tele del salón, como siempre. Era jueves y el día en que volveríamos a nuestra tierra de vacaciones por excelencia: Torre del Mar. Hay nada menos que cuatro en nuestro piso. La que vemos y más nos gusta es la del salón porque es enorme…
Era nuestro último día de estancia en Santander. Habíamos quedado en vernos en el paseo de la playa del Sardinero o de la Concha para que nos recogiera Braulio y nos fuésemos a comer a un restaurante andaluz (El Rinconcito. Freiduría) que él había reservado. Por eso mamá y la ía recogieron todas las cosas y terminaron de hacer las maletas para que el ío dejase cargado el coche, que por suerte había aparcado al lado de casa la tarde anterior, no como el otro día que lo tuvo que hacer lejísimos. ¡Ah!, deberíamos dejar el apartamento antes de las doce y como a las once o así ya teníamos todo resuelto nos bajamos tranquilamente andando hasta el Sardinero. Hacía una mañana fresquita, de las que gustan a cualquiera del sur. Estuvimos paseando por él y por la playa de la Concha, incluso los íos pensaron en llegar andando a la Magdalena pero la vimos de lejos sin llegar a ella, como hizo Moisés con la Tierra Prometida, pues no nos iba a dar tiempo y los niños estábamos cansados para esas caminatas que no para otras en las que haya juego y diversión infantil…
No queríamos irnos de Santander sin tomar los famosos helados Regma y tuvimos que esperar a que abrieran cuando eran más de las doce. Mami no quiso tomar nada, pero sí los íos y nosotros dos. Abel y yo pedimos dos conos de chocolate con helado de tarta de queso y los íos dos vasos sencillos de chocolate. Todos tenían más helado del que podía soportar su base, por eso a mí, cuando se me iba a caer parte del helado, el ío aprovechó para coger un buen trozo y probarlo. Yo no hice lo mismo con el suyo. Al final los cuatro los probamos todos. Estaban riquísimos… ¡Qué pena no haber comido uno cada día…!
Pasadas las una y media llegó Braulio a la parada de autobús del Sardinero, la que está ante el Casino, y nos subió a Santander por un atajo hasta que llegamos al Restaurante El Rinconcito con porte andaluz en sus productos, pero también santanderino, que tenía una bolera característica de la tierra cántabra ante su fachada o bar. Allí nos encontramos con el hijo de Braulio, Álvaro, y su esposa, Pilar. Pasamos todos un rato muy agradable. Nosotros siempre que podíamos jugábamos o llevábamos a Cay a pasear por la bolera y nos lo pasamos pipa. La comida fue estupenda para todos, aunque yo siempre pido croquetas con patatas, pero los demás pidieron variedad de platos y raciones o medias con sabor marinero y cántabro-andaluz. Era gracioso cuando ibas al servicio que, en lugar de rotular señoras o caballeros, ponía sardinas o bocartes (boquerones, en nuestra tierra).
Luego, tras la sobremesa, nos fuimos camino del aeropuerto llegando antes a llenar el depósito de gasolina del coche de alquiler que teníamos antes de devolverlo, pues eso es lo último que teníamos que hacer con el coche automático de alquiler, además de mandarle una foto del lugar del aparcamiento del aeropuerto, donde lo dejamos, para que viniera a buscarlo la empresa que contrató mami desde Sevilla.
Como teníamos que estar dos horas antes en el aeropuerto, nos fuimos con tiempo para no ir con agobios, cosa que no le gusta ni a mami ni a los íos. Siempre nos acompañó Cay. Se la veía un tanto nerviosa y, como es tan inteligente, parecía que intuía que nos íbamos a ir y no nos veríamos hasta sabe Dios cuando. ¡Lo que saben estos animales…!
Nos abrazamos y besamos todos, no sin darles las gracias a los dos, a Elena y a Braulio, a Braulio y a Elena, que tanto monta…, por todo el buen servicio y favores que nos habían proporcionado en esta semana tan intensa que tan pronto se nos había ido entre las manos. Después, hicimos el check-in y nos metimos por la puerta 1 de embarque. Qué diferencia de este aeropuerto con el de Málaga, tan pequeñito y coqueto y no tan inmenso como el que íbamos a volver. Estaba chispeando levemente cuando salimos al aire libre para montarnos por las escaleras portátiles que tenían puestas junto a las dos puertas del avión. Nosotros, como teníamos la fila 25, nos fuimos por la de atrás y los íos, como tenían los asientos en la fila 12, se fueron por la de delante. Se ve que los cinco teníamos asignado los asientos de la fila doce, pero resulta que era donde se encuentran las dos puertas de emergencia, por si hiciese falta evacuar el avión y la ley dice que en esos asientos no pueden estar niños sino mayores, por eso nos asignaron a última hora la fila 25.
Finalmente salimos sobre las ocho de la noche, aunque era de día, y en hora y cuarto estábamos en Málaga, sin incidentes ni problemas. En este viaje no pudimos ver la tierra tan nítidamente como a la ida porque había demasiadas nubes y muchas veces volábamos por encima de ellas. Nos gustó a nosotros también este segundo viaje de avión y lo que más nos agradó fue que, a la salida, iban ofreciendo caramelos. Yo cogí dos o tres, pero mi hermano Abel cogió un montón, que se guardó en su bolsillo porque los mismos azafatos así se lo dijeron: que cogiera los caramelos que quisiese.
Ya en tierra fuimos en busca del autobús que nos llevara a la estación de autobuses de Málaga, cuando ya había anochecido y después intentaríamos coger otro que nos llevase a Torre del Mar, sanos y salvos, para caer como muertos en nuestras camitas. Tuvimos suerte porque cogimos un autobús que salió a las diez y media, aunque no era directo sino que iba parando por los distintos pueblos y paradas de la costa. Sobre las doce y media de la noche estábamos en la estación de Torre del Mar. Yo por el camino me dio sueño y quise que estuviese a mi lado mami en lugar de mi hermano. Cogimos nuestras cinco maletas, cada uno la suya, y llegamos a casita para beber agua, orinar y acostarnos rápidamente con la alegría y la tranquilidad de saber que ya de nuevo nos encontrábamos en casita. Muchas gracias a todos, a Dios también, porque todo se ha desarrollado bien y estemos de nuevo en Torre del Mar para seguir nuestras vacaciones hasta que mami nos lleve a Sevilla el próximo domingo a la tarde.
¡Hasta otra, amables lectores!
Santander y Torre del Mar, julio de 2026.
Fernando Sánchez Resa
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Maravillosas vacaciones en Cantabria