El Salvador de Úbeda

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Nunca me enseñaron tu Belleza
tardíamente aprendida,
lejos ya de tu constante presencia.

Sinfonía pétrea de figuras y símbolos,
equilibrio religioso y pagano
que invade fronteras desconocidas del alma.

Deslumbrante en tu sublime elegancia,
presides la plaza de nombre ajeno
y anuncias, también, un océano infinito
de verde esperanza.

Tu recuerdo lleva prendido
evocaciones de ensueños, quizás compartidos,
quizás olvidados en las oscuras cicatrices
de una ansiosa adolescencia.

No es que te entendiera,
es que unía tu recuerdo seductor
a mis más bellos recuerdos.
Así descubrí, tardíamente, tu Belleza
llena de fulgores juveniles,
de gráciles ecos diluidos
en la inflamante estética de tu fachada,
siempre sugerente, siempre subyugante
en su inmutable presencia.

No son tus vapores religiosos
(tampoco los paganos)
quienes me atan sedosamente
a tu piel de piedra cantora.
Tampoco tus redondas figuras
o tus armoniosos relieves,
plenos de historias verdaderas o inventadas,
o tus torres de fuerza y de vida
escoltando tu cuerpo dorado.

Hay algo más allá que imanta
mi memoria, sin saber,
sólo intuyendo y presintiendo
un universo de belleza perdida
en el tiempo, que se fue sin aprehenderla.

Cartagena, 28 de marzo de 2004.

Juan Antonio Fernández Arévalo.

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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