MIS ESCRITOS FAVORITOS.
10. Y VOLVÍ A ROMA

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La maldición de un cura romano[1] me había provocado una lesión fibrilar que me mantuvo disminuido casi dos meses, a pesar de los eficaces masajes de una experta (y guapa) fisioterapeuta.

Corría el año 2007 de “Nuestro Señor” y prometí volver a Roma, porque la dificultad de mis movimientos (tuve que emplear muletas) había restringido notablemente los desplazamientos por la ciudad eterna.

Volví, cinco años más tarde, al restaurante de Giulio y María Massa (junto al Vaticano) donde tuve aquella agria discusión con el cura maldecidor (Alberto, dice Giulio que se llama). En seguida nos reconoció aquel camarero (y dueño) de andares cadenciosos a lo Vittorio Gassman, algo o bastante más viejo que entonces: el paso inexorable del tiempo. Nos dio un par de besos: éramos de su familia. Esto es Italia y yo me encuentro feliz y confiado, como en mi propia casa. No sé si sus demostraciones de cariño son sinceras, pero si sé que son reconfortantes.

Habíamos llevado a nuestra hija María José, que respondió espléndidamente a las reiteradas visitas artísticas; largas horas de pie contemplando obras de arte. No las entendía (¿quién entiende?), pero disfrutaba con ellas. Eso es lo que sucede con las grandes creaciones, que son capaces de embriagar a los niños (y mi hija es una niña dócil y sensible, aunque cronológicamente esté lejos de la infancia).

El Templo de Vesta, Roma

Recorrimos el Foro y pronto parecíamos auténticos romanos de veinte siglos atrás. El Coliseo, los templos (sobre todo el de Vesta, de tan buenos recuerdos)[2], los arcos de Septimio Severo, Tito y  Constantino, el paseo de las estatuas de los emperadores…nos transportaban a tiempos pretéritos en los que, a falta de sensibilidad social, descubríamos una  sensibilidad estética. A veces, la estética conduce a la ética. La belleza parece entrar en contradicción con la tiranía, aunque no siempre. Muchos nazis convencidos eran grandes expertos en arte. Son los grandes interrogantes del género humano.

Tras el Foro volvimos a la Plaza Navona donde apreciamos la hermosura de sus fuentes. Bernini no es solo la plaza elíptica que abraza S. Pedro del Vaticano, es sobre todo sus esculturas. Todo un canto al movimiento, al escorzo, al volumen, a la composición abigarrada de sus personajes mitológicos: “La fuente de los cuatro ríos”, o la del misticismo del “Éxtasis de Santa Teresa”, que parece levitar (los misterios de la mística), lejos ya de la Plaza Navona, en Santa María de la Vitoria.

Y desde allí hacia “El Panteón de Agripa”. Nunca te cansas de contemplar su columnata y el interior de su inmensa cúpula, aunque lamentes su conversión en iglesia. ¿Cómo se puede criticar después que las iglesias se transformen en mezquitas si la religión católica ha usurpado edificios ajenos, construidos con otra fe: ¡Ay la fe! Cuántas barbaridades se han cometido en su nombre.

Y al lado de “El Panteón”, “La Sacrestía”, un pequeño restaurante donde trabaja un amigo nuestro de hace cinco años, Maurizio, que habla español perfectamente y nos indica siempre los mejores platos, las mejores pastas, las pizzas más crujientes, sus excelentes postres, con un buen vino blanco o tinto (hay que tener cuidado con el precio) y un limoncello para rematar.

La siguiente visita estaba prevista desde mucho tiempo atrás: los museos Capitolinos. En un extremo de la monumental plaza de Venecia, en donde el nacionalismo italiano se hace grandioso a través de la estatua a caballo de Víctor Manuel, el unificador de Italia, la historia de la escultura clásica tiene aquí su sede, con el imponente retrato ecuestre de Marco Aurelio en una sala plena e iluminada con su sola presencia (el de la plaza de acceso a los museos es una copia) y la Venus Capitolina, y el Galo moribundo y la Loba etrusca de la leyenda de Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, mamando de sus ubres, y un sinfín de esculturas de una belleza formal que saturan la capacidad del ser humano para absorber tanta obra bella en un periodo tan corto de tiempo.

Y de nuevo, una y mil veces que volviese a Roma, la visita al Vaticano, a los museos y a la basílica. La recreación del gran Rafael en sus mal iluminadas salas, como si fuese un filósofo-poeta (quiero decir pintor) de segunda fila, cuando es tan grande como el propio Miguel Ángel. Y la reflexión: ¿qué cimas hubiera alcanzado Rafael de haber vivido 88 años como Buonarroti? Si ya el manierismo le es deudor a pesar de sus 37 años de vida.

Y, por fin, la capilla Sixtina, con la bóveda ocupada por el auténtico dios de la estancia, Miguel Ángel, y su creación de Adán y los paisajes del Génesis, leyendas hermosas de una mitología cristiana, tan seductoras e irreales como las de Zeus o Afrodita. Y como un cíngulo de seda que rodea la bóveda los Ghirlandaio, Signorelli, Roselli, El Perugino y Boticelli que, por sí solos llenarían un museo, son meros acompañantes, de lujo, eso sí, del gran Miguel Ángel. Y en el frontal el Juicio Final, el terrorífico final del Apocalipsis, con los bienaventurados y los malditos contemplando con pavor el poderoso brazo y la mirada furibunda de un Dios justiciero que premia y castiga. No es un padre misericordioso, es un juez implacable que condena a sus pretendidos hijos con las más terribles penas. Una obra de arte, pero una locura teológica.

Como decía al principio del relato, de un salto llegamos al Restaurante Massa de mi amigo Giulio. Las mejores pastas, la mejor pizza romana, los mejores dulces, el mejor vino…para mis amigos españoles, ordenaba al camarero. Disfrutamos de la comida y de la constante presencia de Giulio y María confirmando que estuviésemos bien atendidos, que fuéramos felices. Y un show final a la italiana (como si de una escena neorrealista se tratase) aplaudiéndonos y aplaudiéndolos, en una especie de rúbrica de amistad, símbolo de la unión de dos pueblos que se quieren y se comprenden, sobre todo en estos momentos de crisis compartida.

Después, la Basílica con el Baldaquino y la cátedra de S. Pedro (Bernini en su máximo esplendor) y la tumba del Papa bueno, Juan XXIII, que tuvo la mala suerte (¿o fue otra la intención?) de ser acompañado en su beatitud por Pío Nono, cuyos merecimientos fueron el chantaje, el soborno, la extorsión, la amenaza y posiblemente algo más, hacia los asistentes al Concilio Vaticano I, con el objetivo, cumplido, de declarar como dogma la infalibilidad del Papa en determinadas circunstancias. Una barbaridad que contrasta con la bondad y el empeño de Juan XXIII por modernizar la Iglesia y hacerla más viva y más unida a la sociedad de la que depende. El Concilio Vaticano II está en las antípodas del I. No merecía el Papa Roncalli un acompañamiento tan turbio.

Fontana di Trevi

De nuevo visitamos la fontana di Trevi, con los recuerdos cinematográficos y la seducción de una fuente única en el mundo.

Iglesia de la Compañía de Jesús, el Gesú de Vignola

Tenía mucho interés en la Iglesia de la Compañía de Jesús, el Gesú de Vignola, y no me defraudó. Una iglesia de transición que, aún manteniendo la austeridad jesuítica, introduce elementos que anuncian la irrupción de un movimiento nuevo, más dinámico, más decorativo, más abierto a la imaginación y a la fantasía. Sería quizás la primera piedra que nos conduciría al Barroco.

Retrocedimos en el tiempo y nos acercamos a S. Giovanni Lateranense, la primera gran basílica cristiana, con sus monumentales esculturas de los apóstoles y su ábside de reminiscencias bizantinas que le dan un aire de sabores antiguos, de refugio de las viejas tradiciones eclesiásticas, no por ello de menor autenticidad y modernidad que las más recientes. Una paradoja bien evidente.

Pero seguía sin cumplir un compromiso conmigo mismo. Siempre vinculé terribilitá con Moisés. La expresividad máxima de Miguel Ángel, de imposible traducción, con la imponente figura de Moisés, al que parece que se dirigió el propio escultor conminándole a hablar. Tal era su veracidad, su autenticidad. Como en el David de la Academia de Florencia solo les falta hablar o, quizá, no necesitan hablar para expresar todo un conjunto de mensajes imposibles de construir en un discurso. Moisés, como David, son por sí solos un gran discurso, un trascendental discurso, como el de Lincoln o Gandhi o Luther King o Mandela. S. Pietro in Vincoli, una pequeña iglesia perdida en la floresta romana, aloja una de las esculturas con mayor fuerza expresiva de toda la Historia del arte: el Moisés de Miguel Ángel. Cuánto disfruté contemplándolo durante largos minutos.

Aún me quedaban algunas visitas y otras que pospondría para un próximo viaje. Siempre hay que dejar una puerta abierta hacia Roma, una excusa para volver porque, aunque volvamos a los mismos sitios, siempre hay alguna razón que falta en ese puzzle maravilloso y entrañable de una ciudad mágica, monumental y provinciana donde nos encontramos acogidos y queridos como en cualquiera de nuestras ciudades españolas.

 

Cartagena, primavera de 2013.

 

Juan Antonio Fernández Arévalo.

[1] En esta web se publicó hace cinco años “La maldición de un cura romano”, a la que me remito.

[2] Carretero, un buen pintor cartagenero, me regaló una tinta con predominio de verdes de donde emerge desafiante y luminoso el templo de Vesta, como flotando en el aire, con la elegancia de una auténtica diosa. En esta instantánea quise pactar con la memoria.

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

Un comentario en “MIS ESCRITOS FAVORITOS.
10. Y VOLVÍ A ROMA”

  1. Maravilloso artículo, Juan Antonio.
    Yo soy un enamorado de Italia, (la he visitado más de una treintena de veces) y en Roma me siento como un nativo, no como un turista, a pesar de que su monumentalidad te abruma. Aunque me habían avisado mis amigos napolitanos de que los romanos eran unos prepotentes insufribles (bueno, lo mismo dicen los franceses de los parisinos, y los españoles de los madrileños… aunque con más motivos, dada mi experiencia) yo siempre me sentí bien tratado, más aún cuando en mis esfuerzos de dialogar en italiano adivinaban mi origen español, momento en el cual se deshacían en halagos hacia España y los españoles.
    Tu descripción de los monumentos me sumerge en las sensaciones que me embargaban, y casi veo pasar ante mis ojos las maravillosas obras de arte descritas.
    Tú viajaste con tu hija. Yo llevé a quince promociones consecutivas de estudiantes, y aunque atravesar Italia de norte a sur con 60 ó 70 adolescentes no es cosa fácil, me compensaba abrirles los ojos a tantas maravillas.
    En febrero volveré a esas tierras, en concreto a Liguria y Cinqueterre, y en cuanto pueda, a pasar un mes en la Toscana, paraiso terrenal donde los haya.

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