(Velázquez, 1650)
Este rostro soberbio, desafiante
frente a los pinceles de su maestro,
morisco esclavo y discípulo diestro,
nos muestra su alma, orgulloso y arrogante.
Destacado alumno y leal servidor
consiguió la libertad de su dueño
y, preservando el sello velazqueño,
obtuvo los honores de pintor.
Velázquez se proyecta en la mirada
del liberto y en su rostro noble y altivo,
recio reflejo del joven cautivo
que prefirió el taller a la escapada.
Con un atuendo oscuro, gris verdoso,
lo lanza a la posteridad, gozoso.