Tras el paréntesis de dos semanas (Pasión y Pascua), retomamos -aquel 16 de abril de 2015- nuestro curso cinematográfico; pero, como con el adelanto de hora, el sol iluminaba nuestra sala de proyecciones -entrando por la ventana del oeste-, se pensó en atrasar la hora de comienzo para mayo y así tener más oscuridad.
Allí nos congregamos el reducido círculo de amantes del séptimo arte, porque sabíamos que las películas que vemos proyectadas en la sala de lectura son un regalo bajado del cielo y de la mano de los dos promotores del Cineclub “El Ambigú”: Andrés y Juan (que tanto monta), ya que no podríamos visionarlas en mejor y docta compañía.
Juan, con el cartel en la mano -pues antes no se había podido elaborar-, nos desveló las tres películas programadas para las mismas semanas que quedaban de aquel mes de abril: jueves 16, “Sundays and Cybele” (1962); miércoles 22, “Anónimo veneciano” (1970); y miércoles 29, “El campeón” (1931). Siempre adaptándose a lo que el ayuntamiento ubetense ofrece, pues otros eventos o actividades ocupan este solicitado espacio cinéfilo.
También nos relató el argumento de la primera, que era la que íbamos a visionar: “Sundays and Cybele” (1962), con otros títulos como “Les dimanches de Ville d’Avray” o “Sibila”, poniéndonos la miel en los labios; y, también, por qué no decirlo, prevenirnos de que, a pesar de lo prometido en sesiones anteriores, la película no iba a ser todo lo romántica y con final feliz que la mayoría anhelamos, sino más bien un retrato de la vida misma, con dos personajes principales: un antiguo aviador (llamado Pierre), que participó en un bombardeo en Indochina, que ha quedado traumatizado y tocado
mentalmente al padecer amnesia (pues no recuerda su pasado); y una niña que, aunque no es huérfana, la dejan en un internado de monjas, como si lo fuese. Y que, gracias a la casualidad, se conocen y entablan una tierna y amorosa amistad, asumiendo roles de padre e hija, representándolos ante los demás, proporcionándoles una terapia eficaz a ambos, produciéndose una simbiosis afectiva que no tendrá en cuenta la censurable moralidad de las gentes del entorno. Lo que sirve de excusa perfecta para disfrutar de unos diálogos estupendos, una fotografía muy digna de Henri Decae (B&W), precisamente en blanco y negro, con la laguna y el agua, y una música de Maurice Jarre que se repite en ciertas escenas del lago. Ni Juan nos contó el final, ni yo lo voy a hacer aquí; solamente adelantaré que el aplauso final, que siempre se suele brindar a la obra cinematográfica que visionamos, fue escaso y tibio, aun reconociendo
que era una obra maestra por la actuación de los tres actores principales: Hardy Krüger («Pierre»),que es el protagonista de la historia, y cuya interpretación es muy convincente, ya que refleja su intento por descubrir su ser y el vacío que expresa su vida; Nicole Courcel,que interpreta a una doctora enamorada de su peculiar paciente, tratándole con calidez y paciencia para apoyarlo moralmente;aunque la mejor del reparto es la fenomenal interpretación de Patricia Gozzi que, con 12 años, se muestra soberbia, maravillosa, tierna, espectacular, magistral… El resto de actores y actrices están bien interpretados y encajados en la historia que se cuenta, aunque vaya con un poso de tristeza y melancolía que tuvimos que aspirarlo irremisiblemente.
Como se prometió que se proyectaría en versión original -al ser francesa-, disfrutamos de los diálogos y expresiones en ese lenguaje tan nasal y melódico, mientras leíamos los subtítulos en español, creyéndonos -cándidamente algunos- que sabíamos francés con lo estudiado en nuestro antiguo bachillerato de dos reválidas en cuarto y sexto respectivamente, pues con el texto en español lo entendíamos de maravilla. Una ilusión más del cine que, en casi dos horas, nos hizo felices, aunque -finalmente- nos provocase bajar a la pura y triste realidad. ¡No podía ser de otro modo!
La dirección es de Serge Bourguignon y el guión de Serge Bourguignon, Bernard Eschassériaux y Antoine Tudal sobre la novela de Bernard Eschassériaux“Les Dimanches de Ville d’Avray”.
Hacía tiempo que una película no me había emocionado tanto. Quedé enamorado de esta cinta francesa, sencilla pero muy sólida en su argumento, y cuyas experiencias son imposibles de repetir. Pude apreciar que es una maravilla escondida y una joya inolvidable; un filme, en definitiva, que desprende calidez y ternura a partes iguales.
Y, como siempre, a su finalización, marchamos por grupos o afinidades de variado calibre o amistad, charlando sobre lo visto y oído y de las múltiples facetas que tiene la vida, en busca de esa cena ligera que nos entregase a nuestro amigo Morfeo para que nos proporcionase sueños bonitos, amorosos y agradables, ya que la peli de aquella semana no nos lo había
proporcionado completamente.
Úbeda y Sevilla, 24 de octubre de 2019.