Murillo

Por Fernando Sánchez Resa.

De Bartolomé Esteban Murillo, pintor barroco sevillano, solamente conocía una pequeña biografía y algunos de sus cuadros más afamados (especialmente sus Inmaculadas características, tan repetidas en calendarios, estampas, cajas de carne de membrillo…), cuando el que escribe cursaba Historia del Arte -en sexto de bachillerato- en los Salesianos de Úbeda, allá por el curso 1969-70.

¡Quién me iba a decir a mí que en el IV centenario de su nacimiento (1618-2018) me encontraría yo en su ciudad natal ejerciendo de abuelo jubilado para poder admirar y conocer -en profundidad- su inmensa y arquetípica obra, reflejada en su visión de la familia, la infancia o la femineidad!

Y así ha sido…

Las diferentes visitas -unas guiadas, otras teatralizadas, algunas particulares…- que he tenido la suerte de efectuar a lo largo de este aniversario, que pronto finalizará, por los distintos y variados espacios en donde Murillo dejó honda huella (Espacio Santa Clara, Hospital de la Caridad, Hospital de los Venerables, CICUS, Sala Atín Aya, Archivo de Indias, Museo de Bellas Artes de Sevilla…), han conformado una biografía y un mundo pictórico extenso que me será difícil olvidar. Todo ello, cual si fuese un puzle, en el que los distintos guías turísticos -con su variada formación y puntos de vista- y mis diferentes lecturas particulares me han permitido conocer al artista-personaje que vivió en el siglo XVII, remarcando el ineludible amor que siempre mostró a su querida Sevilla, dentro de la visión y el espíritu de la Reforma Católica, tratando de despertar -muchas veces- el fervor del creyente por la contemplación de escenas, a la vez divinas y humanas, siendo el único pintor sevillano del XVII que heredó el sentido de la medida y la ponderación expresiva de Montañés. Nunca comparable con el misticismo de Zurbarán, ni del agudo realismo de Valdés Leal. Ya llegaría otro sevillano universal a alterar su mundo pictórico: Diego Velázquez…

Queda claro que Murillo fue un hombre de fe que tuvo unas cualidades artísticas extraordinarias, aunque también hay quien lo tilda de interesado y oportunista de su época al tener buenas amistades en todos los ámbitos sociales y religiosos de su ciudad, para que así pudiesen hacerle muchos encargos los mecenas de la época. Es destacable su idealización de la realidad en sus cuadros, tras distanciarse del ascetismo y la mística del siglo anterior, ya que quería mostrar otra Sevilla diferente a  la azotada por la peste y la crisis económica. Quiso reflejar en sus lienzos belleza y estética nuevas, cual viento fresco, pues la sociedad sevillana ya estaba harta de tanto dolor, tanta muerte y enfermedad, mostradas machaconamente en los cuadros de sus predecesores. Luego llegarían detrás de él las vanguardias que barrerían su legado hasta que -tiempo después y, especialmente ahora, con motivo de su IV centenario- se haya puesto en valor su persona y obra, muchas veces sublimándolas y exagerándolas como suele hacer el alma sevillana actual, que no iba a ser diferente a la de épocas anteriores.

Este año ha sido un buen momento para aunar esfuerzos y traer muchos de sus cuadros de colecciones particulares, institucionales o de otros museos españoles y extranjeros, que por carambolas de la vida fueron robados por los franceses, cuando la invasión napoleónica, o expropiados…

Sabemos que Murillo nació cerca de la Plaza de la Magdalena. No tenemos conocimiento del día exacto, pero podemos acercarnos por cuando fue bautizado en La Magdalena el 1 de enero de 1618, donde se encuentra su partida de bautismo. Era costumbre en el siglo XVII bautizar pronto a los recién nacidos, bien el mismo día o al siguiente. Por lo que creemos que nacería el 30 o el 31 de diciembre de 1617.

Viene al mundo en una familia acomodada, en la que su padre era cirujano-barbero y con 14 hermanos, por lo que tuvo una vida desahogada, aunque pronto le llegó  su primer gran disgusto: con 9 años, en 1627, pierde a su padre y a su madre, siendo patrimonialmente criado por su hermana Ana y su cuñado, otro cirujano-barbero, Juan Agustín Lagares. No se conoce más de Murillo hasta 1630 que es cuando ingresa en el taller de Juan del Castillo…

Después, con su trabajo y bien hacer, se situaría en la sociedad del momento, entablando amistades duraderas (Miguel de Mañara, Justino de Neve, etc.), que le proporcionarían una vida de trabajo continuado. Le sobrevivieron tres hijos. Sabemos que era muy aficionado a vivir de alquiler, cerca o en el mismo lugar de trabajo, hasta que relativamente joven, con 64 años, cayó de un andamio y murió sin haber testado. También conocemos que quiso marchar a América bien joven, ocultando su verdadera edad -15 años-, pero no le fue posible. Gracias a ello, Sevilla y España no lo perdieron para siempre.

Muchas de sus obras han permanecido en conventos o lugares sevillanos que ahora, en su centenario, se han remozado o restaurado y que todos hemos tenido la oportunidad de admirar. Aunque me remito a uno de los guías turísticos que nos explicó la última exposición del Bellas Artes, cuando nos decía que no comprendía cómo tanto sevillano estaba haciendo colas inmensas para verla, cuando muchos de sus cuadros llevan aquí muchos años y seguirán estando. No así, El jubileo de la Porciúncula (1666), propiedad del Museo Wallraf-Richartz de Colonia, que permanecerá diez años en depósito (hasta 2026), mientras otros lienzos pronto serán devueltos a sus respectivos dueños o museos, cuando acabe este magno evento.

¡Ojalá que el espíritu que imprimió Murillo -a su vida y obra- permanezcan para siempre en la Ciudad de la Giralda y las Setas…!

Sevilla, 16 de marzo de 2019.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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