“Los pinares de la sierra”, 191

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2. Misión cumplida.

Mientras Fandiño contaba el dinero, Ezcurra lo observaba en silencio, y a Paco no le llegaba la camisa al cuerpo. Apenas faltaban quince minutos para llegar a tiempo a la discoteca en caso de que el tráfico no estuviera muy complicado en aquellas horas. A cada instante, miraba el reloj y pensaba que Gálvez esperaría impaciente, para asegurarse de que todo estaba en orden, antes de ir al notario. Lo imaginó con una irritante sonrisa, paladeando una copa de coñac o abusando de alguna infeliz de las que se ofrecían como gogós, en aquel asqueroso sofá que tenía en el rincón de su despacho.

―Esto ya está ―dijo Fandiño―. Señor Barroso, ¿quiere contarlo usted ahora?

―No, por favor; estamos entre caballeros.

Fandiño sacó una bolsa de deportes, que previsoramente llevaba consigo, depositó en ella los fajos de billetes, con mucho cuidado, y se la entregó a Ezcurra. Cuando, por fin, cerró la cremallera, Portela no pudo evitar un suspiro de alivio. Volvió a mirar el reloj y le dijo a Barroso.

―Únicamente falta extender el talón y habremos terminado. Lo digo porque aún tenemos que recoger al propietario del solar para acompañarle al notario, y no me gustaría hacerle esperar. Cuestión de profesionalidad, ¿sabe? Nos lo ha pedido y no cuesta nada complacer a los clientes.

―No hay problema, señores. Vengan conmigo.

Salieron de la bodega y regresaron al salón. Barroso cogió un talonario del escritorio, preguntó de nuevo el nombre del destinatario, y lo firmó por el importe acordado. Después de examinarlo, Portela se lo devolvió con una advertencia.

―Muy bien. Todo en orden, aunque antes de presentarle a la parte vendedora, debo hacerle una confidencia. Cuando pensamos construir el hotel, los técnicos dijeron que, por sus especiales características geomorfológicas, esos terrenos que usted va a comprar reunían todos los requisitos para levantar un bloque de varias plantas. Como en principio era un asunto reservado a socios y autoridades, la empresa le hizo una oferta de recompra al señor Gálvez ―sin más explicaciones―, y él aceptó. Pero si alguien le filtrara el destino real que se dará a los terrenos, o no vendería a ningún precio, o elevaría el importe de las parcelas. ¿Lo entiende? De ahí las prisas por escriturar lo antes posible.

Barroso miró a Portela, y luego a Fandiño, con recelo, como si le costara creer en su lealtad.

―Pero, ¿no dijo que este señor era muy amigo del propietario?

―Le aseguro que es una persona de toda confianza ―respondió Paco para acabar con las dudas del desconfiado charcutero—.

―Puede usted estar tranquilo ―ratificó el gallego, bajando la cabeza―. Yo lo que quiero es marcharme a Lugo, cuanto antes, y abrir el mesón. ¿No se acuerda que le pedí su teléfono en la finca, y usted me dio una tarjeta de visita, señor Barroso?

―Ya ve que no hay razones para preocuparse ―dijo Portela―. O sea, que si no nos manda nada más, deberíamos marcharnos.

roan82@gmail.com

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