“Los pinares de la sierra”, 47

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Una preocupante revelación.

No tuvo tiempo de explicármelo, porque en ese momento nos anunciaron que los señores Recasens acababan de llegar.

―Salga a saludarlos. Acomódelos en la sala y venga a verme para darme su opinión. ¿De acuerdo?

―Sí, señor.

Estaban en la salita de cristales, de pie, mirando con toda su atención aquellos idílicos pósteres de la Costa Brava en los que las ramas de los pinos acariciaban con suavidad la blanca espuma de las olas que rompían contra las rocas de la playa. El señor Recasens me miró muy serio y me dijo fríamente:

―Tenemos que hablar.

―Sí, señor. Acompáñenme a la salita y enseguida vendrá el señor Bueno.

―No; nosotros solo queremos hablar con usted.

En el poco tiempo que había estado con ellos, me había dado cuenta de cómo las gastaba el señor Recasens. Con su aire correcto y distante, era capaz de levantarse de la mesa, marcharse y dejarme plantado. Los acompañé a la salita, le invité a sentarse, me dirigió una sonrisa muy amable y me dijo:

―Señor Aguilar, me parece usted una buena persona, y quisiera decirle que debería dejar este trabajo cuanto antes.

Me quedé sin sangre en las venas. Sacó unos documentos de la cartera de mano y me los entregó. Yo no sabía por dónde empezar a leer y tuvo que ser él quién aclarara el contenido de aquellas notas.

―Señor Aguilar, como usted sabe, estábamos muy contentos con las dos parcelas que elegimos en la mañana de ayer. Pues bien, hoy mi esposa ha recabado alguna información elemental sobre la finca: la propiedad, permisos, licencias…, etc. Y ¿sabe lo que ha descubierto?

Hubiera querido sincerarme en aquel momento, y explicarle mi vida con detalle, pero el señor Recasens se me quedó mirando con una expresión tan fría que me quedé sin habla. Tragué saliva varias veces y, en un tono más conciliador, se puso a darme consejos con la mayor cordialidad.

―Señor Aguilar, la finca está inscrita a nombre de un tal Jorge Triquell, que tiene su residencia en Belice, ¿sabe por qué?

―No, señor.

―Pues porque Belice es un paraíso fiscal. ¿Se da cuenta de que Edén es sinónimo de paraíso? Una curiosa coincidencia, ¿no le parece?

Yo estaba confuso, hundido, avergonzado. Si lo que dice es cierto ―pensé para mí―, aquí puede acabar en la cárcel más de uno. A todo esto, la señora no abría la boca.

―Señor Recasens, como le dije, yo solo soy un administrativo de la empresa y no tengo datos suficientes para responder a sus preguntas. Si le parece, aviso al jefe de ventas y le dice a él lo que crea conveniente.

―De acuerdo. Y dígale que no olvide devolvernos el talón de las cincuenta mil pesetas que le entregamos, aunque en el fondo eso poco importa: he dado orden de que no lo paguen.

roan82@gmail.com

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