La rebelión de los necios, ¿un nuevo fascismo?, 01

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Iñaki Gabilondo, en su comentario sobre la elección de Donald Trump como presidente electo de los Estados Unidos de América, toma el título orteguiano de “Rebelión de las masas” para explicar el triunfo electoral de este personaje. Creo, sin embargo, que ese título es demasiado generoso por su parte. Yo lo sustituiría por el que figura en el encabezamiento del artículo.

No es que tenga ánimo de insultar a nadie, que no ha sido nunca mi estilo, pero es difícil justificar de forma distinta este último episodio de la historia de nuestro tiempo. Las redes sociales marcan la pauta de los nuevos derroteros de la opinión pública que, quiérase o no, van estableciendo tendencias que, poco a poco, van ocultando o minimizando las reflexiones sesudas, argumentadas, basadas en el conocimiento de la materia. Me aterroriza leer los comentarios sobre cualquier asunto, de la índole de que se trate, en los que el odio y la descalificación son la esencia del razonamiento. Y todo ello sazonado con un deplorable empleo de la sintaxis e incluso de la ortografía. La ligereza, el insulto, cuando no la injuria, presiden la peroratas de un sinfín de energúmenos, incapaces de enlazar más de dos palabras con un mínimo sentido crítico. Hasta tal punto ha llegado esta situación, que he desistido de formar parte de cualquiera de los nuevos medios de comunicación digital. La racionalidad, la tolerancia, la comprensión y la complejidad de los temas han sido sustituidas por “slogans”, frases contundentes y vacías que demuestran, aparte de desconocimiento y desinformación, una amargura y un rencor de difícil reconversión.

No se puede entender desde la lógica de una sociedad democrática, como es la de los Estados Unidos, que se haya podido otorgar la mitad de los votos electorales a un personaje xenófobo, racista y machista; y todos esos adjetivos en grado superlativo. Me ahorraré las “perlas” que han salido de la boca de este enloquecido personaje jactancioso, violento, desafiante, amenazador, lleno de odio; inexplicable, por otra parte, en un multimillonario, evasor fiscal, al que la vida le ha sido netamente favorable.

Algunos ilustres politólogos, sociólogos y demás adivinadores de los hechos o fenómenos, cuando ya se han producido, intentan explicarnos racionalmente lo que no tiene racionalidad. Nos suelen decir que la “gente” (no encuentro la definición adecuada) está cansada y hastiada del establishment, y puede haber una parte de verdad, no la niego: cierta acomodación, en exceso, provoca rechazo cuando no se solucionan, o siguen sin solucionarse, importantes problemas cotidianos de capital importancia para una buena parte de la población. Pero esta evidencia no nos puede llevar a la destrucción de todo el sistema, sobre todo porque no existe, que yo sepa, una alternativa fiable y viable que conforme un nuevo sistema capaz de eliminar las deficiencias (ni siquiera las adherencias) del anterior. La estructura del sistema existente (recordemos a Churchill) ha permitido el mayor bienestar de la historia en Europa occidental, en los Estados Unidos de América y en todos los países desarrollados del mundo. Y, a pesar de los escalofriantes datos que se nos muestran a diario (soy socio de “Médicos sin frontera”), las desigualdades no son mayores que hace un siglo, aunque estemos indignados (y lo estoy) de muchas situaciones. Reformemos, pues, el sistema, con la profundidad que se requiera, pero no creo que lo más adecuado sea destruirlo.

Cartagena, 10 de noviembre de 2016.

jafarevalo@gmail.com

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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