Reflexiones de una maestra

Por Margarita Latorre García.

Me llamo Margarita y vengo de una familia en la que ya había maestros: mi padre y varios tíos; por eso, como crecí en ese ambiente, estudié magisterio.

Una de las personas que más influyó ha sido mi padre, don José Latorre Salmerón, que fue un gran maestro. Siempre recordaré que, cuando el inspector visitaba su colegio de la Safa de Úbeda, el director lo llevaba a su clase, porque sabía que de allí saldría muy contento. Como yo he ejercido en el mismo pueblo que él (en Úbeda, principalmente), se me ha dado varias veces el caso de tener alumnos que eran hijos de los que habían sido de mi padre.

En cuanto a anécdotas, puedo contar alguna graciosa como llamarme mamá en vez de “seño”, o la de uno de mis pequeños alumnos de primero, que entró al colegio de Rus sin haber pasado por el parvulario (hoy infantil). No había manera de que recordara las vocales. Un día, ya después de varios repasos a la hoja de la cartilla, con nulo resultado, le dije:

—¿Qué voy a hacer contigo? —y él me contestó candorosamente—.

—Pues, mátame.

Le seguí la corriente y le pregunté:

—¿Y después, qué?

—Pues haz chorizos conmigo —me contestó con mucha gracia—.

La verdad es que me descolocó totalmente y nos reímos mucho; al final, aprendió a leer.

Otro de mis alumnos, al leer el libro Mis cuentos, que yo había escrito, me dijo:

—“Seño”, ¿a ti, te han dado el premio Nobel?

Yo le contesté que para eso había que escribir muchos más cuentos. Todavía me río cuando lo recuerdo.

Hay otras anécdotas no tan buenas y que, en cierto modo, enturbiaron mis últimos años en la docencia; pero procuro quedarme con lo mejor e ir dejando, en el olvido, las cosas negativas.

También podría hacer, al igual que muchos de mis compañeros, una antología del disparate con las contestaciones que, a veces, daban mis alumnos; por ejemplo:

—Los movimientos del corazón son tic y tac.

—Las fases de la Luna son: cuarto mangante, cuarto y mitad y luna de miel.

—Las características del románico son: que empapelaban las iglesias para que estuvieran más bonitas.

O una de las últimas. Al preguntarle a una alumna qué nombre recibía la cría de conejos, en vez de poner “cunicultura”, me puso “al ajillo”.

Ahora todo esto me da risa; pero, entonces, me producía pena al ver el poco interés que había por parte de algunos alumnos. Esto no quiere decir que todo fuera malo; hubo momentos y alumnos muy reconfortantes.

Por lo que se refiere a mis estudios de magisterio, tengo que decir, en general, que la teoría no me sirvió de mucho; nadie me dijo cómo enseñar a sumar, a restar…, o a hacer las letras; sí fue mucho más provechoso el tercer curso de nuestro Plan 67, que era todo de prácticas y en el que tomábamos conciencia de lo que era una clase.

En los 40 años que ha durado mi paso por la escuela primaria, las cosas han cambiado bastante; al menos, por fuera, han habido muchas reformas, mucha programación y demasiada teoría; en resumen, muchísimo papeleo; pero lo cierto es que tenías que compaginar todo esto con que el niño aprendiera lo que pedía el currículum. Siempre recordaré a un compañero que, cuando tocábamos el tema de programar y otras cosas por el estilo, decía:

—Pero la leyenda y la escribienda (refiriéndose a leer y escribir), ¿para cuándo…?

En cuanto a las relaciones con los padres, ha habido de todo. Muchos, la gran mayoría, han sido correctos y de gran apoyo y ayuda en la labor de la educación y enseñanza de sus hijos; otros, no tanto; sólo iban a “demostrarte” que sus hijos tenían razón y que tú estabas equivocada (no estándolo) y cosas aún peores; afortunadamente han sido los menos.

Lo peor que me ha pasado fue la muerte de un alumno de 10 años en unas vacaciones de Navidad. Fue muy fuerte cuando, al volver de las mismas, me informaron del caso y ver su asiento vacío para siempre.

De los deberes, que ahora están en entredicho, opino que son necesarios, siempre como refuerzo de lo explicado y aprendido; y con cierta medida, o sea, sin pasarse.

Igual opino de la memoria. Por ejemplo, hay que razonar y explicar de dónde viene la multiplicación, pero también hay que saberse las tablas de multiplicar; y así con otras muchas cosas.

Úbeda, 29 de octubre de 2016.

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