Viajantes, y 04

Por Jesús Ferrer Criado.

Yo lo escuchaba atento y alarmado por sus palabras, pero no me atrevía a intervenir. Era evidente que la culpa no era toda de la chica, sino más bien de él; pero, tal como estábamos, lo prudente era callarse. Él continuó:

—Me obsesioné. Me pasaba el día y la noche maquinando la forma de matarla. Tuve planes completos para deshacerme de ella, impunemente pensaba yo. Yo, que ya había abandonado Málaga, volvía apenas podía, la espiaba, la seguía y perfeccionaba el plan. Saqué permiso de armas y me compré una escopeta. Estuve mucho tiempo dándole vueltas a mi crimen, con coartada y todo, por si alguien sospechaba. No es que me importara que me cogieran, pero quería vivir lo bastante para reírme en su entierro; para escupir en su tumba. Meses me tiré obsesionado con acabar con ella y, cuando ya estaba todo planeado y decidido ‑¡lo que son las cosas!‑, alguien hizo el trabajo por mí.

Hizo una pausa y una sonrisa amarga se le dibujó fugazmente en la cara, mientras se servía otro generoso trago de whisky.

—¿Qué quieres decir? —pregunté intrigado.

—Mira, joven amigo: las mujeres pueden ser lo mejor del mundo y lo peor. Esa muchacha, tan bonita y tan coqueta, empezó el mismo juego en otro instituto. Empezó a tontear con el director, casado y con tres hijos, y lo llevaba a maltraer como a mí. El pobre hombre estaba enchochado y tenía a su familia casi abandonada. Un fin de semana, volviendo la parejita desde Ronda a San Pedro de Alcántara, en su Seiscientos, se cayeron por uno de los barrancos espantosos que hay en esa carretera y ella murió en el acto. El director se salvó de milagro, pero se quedó en una silla de ruedas. ¿Y sabes lo mejor?

—No sé, tú dirás —respondí yo por decir algo.

—Tuve las santas narices de darles el pésame a sus padres: una pareja ya mayor, de aspecto humilde, que no se merecían ni aquella desgracia ni mi fingido pésame. Una crueldad innecesaria, lo sé.

—Mira, José Manuel, te veo muy afectado. Yo no soy quién, pero creo que deberías de pasar página, olvidarlo todo y mirar para adelante.

—¿Mirar adelante? Ya hace tres años de su muerte. Durante este tiempo, he reflexionado muchísimo. He tenido conversaciones íntimas con amigos sacerdotes. Me he confesado. Me he arrepentido. Me he emborrachado una y otra vez, y termino siempre llorando. Me he preguntado qué hubiera pasado si yo hubiera llevado a cabo mis planes. Entre la muchacha y yo, la providencia me eligió a mí. Aquel accidente solucionó mi drama y evitó mi casi segura perdición. Matándola a ella en aquel barranco, me salvó a mí. Pero no se me ha borrado que ya lo tenía todo preparado para matarla; que mi decisión era firme y mi plan minucioso. En mi interior, me convertí en un frío y calculador asesino. No se trataba de un arrebato colérico, en caliente; que eso es comprensible y nos puede pasar a cualquiera. No, claro que no. Durante meses fui un asesino, esperando fríamente su momento; y ahora, sigo teniendo miedo de mí mismo. Fui culpable y mi castigo es esta soledad, este piso vacío, esos bares donde viven mis únicos amigos.

Hizo una pausa y continuó:

—¿Mirar adelante? Muchacho, ¿es que no me ves? ¿No te parece ridícula mi situación? ¿Recorrer esas carreteras con trajes de comunión, con inmaculados trajes de comunión, siendo como soy un asesino?

Difícilmente se me olvidará el sufrimiento que mostraba mi reciente y desgraciado amigo. Sospecho que veladas como la que acababa de vivir, en solitario seguramente, eran más frecuentes de lo soportable; y que su remordimiento era demasiado profundo para que yo intentara consuelo alguno. Levantó la cabeza que sostenía entre sus manos y, mirándome abatido, insistió:

—Porque entiéndelo, mi joven y fugaz amigo: yo soy un asesino. Un asesino que llegó tarde.

jmferc43@gmail.com

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