A la memoria de Juanito Vargas


Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Parafraseando a Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé, he recibido, con amargura, la noticia de que: «En Linares, su pueblo y el mío, se me ha muerto, como del rayo, Juanito Vargas, con quien tantos momentos compartí».

Siempre me viene a la memoria esta elegía cuando pierdo ‑perdemos todos los que convivimos estrechamente con él‑ a una persona tan querida como Juanito, “Juanini”, Vargas, “Varguillas”, que de todas esas formas le llamábamos.

Llegamos al colegio en octubre del 54 y terminamos en junio del 63. Nueve cursos intensos, duros, cargados de emociones, con momentos de alegría y también de tristeza, compartidos día a día, a todas horas, como hermanos más que como compañeros. Es difícil desde fuera ponerse en la piel de estos niños, adolescentes y jóvenes en un internado con las exigencias del nuestro. Y nosotros salimos, con muchas cicatrices, posiblemente, pero con la personalidad cincelada, tras tantos años de convivencia fraternal.


Los dos Juanes están juntos, a la izquierda; uno con el pelo blanco y el otro con el pelo negro.

Era Juanito un muchacho tímido, introvertido, amable y con un gran sentido del humor. Vivía siempre en la realidad y se adaptaba a ella sin chistar, con el empeño compartido de forjarse un futuro mejor. Y fuera de los estudios, en los que fue brillante, siempre estuvo encargado del control y buen estado de los escasos juegos que poseíamos. Era un auténtico “tribuno de juegos” (una de las dignidades de los colegios de jesuitas), pero su principal dedicación la destinaba al fútbol: cuidaba, inflaba y tenía siempre a punto los balones de fútbol, algunos prehistóricos, para el disfrute de los futboleros. Él era un buen conocedor de este deporte por la vinculación de su familia y de él mismo con el Club Deportivo Linares.

Quizás él no se acordase de que los primeros cigarrillos que fumé en mi vida fueron unos “jirafas” largos que me regaló. Era un día del Corpus (lo sé porque comimos jamón) y me produjeron una notable borrachera, sin beber ni una gota de alcohol.

Otra anécdota, un tanto curiosa, me sucedió acompañándolo en una salida al campo. No se puede decir que fuera una cacería en toda regla (Juanito era un gran aficionado a la caza), pero se llevaron las escopetas por si salía algún conejo. A mí, para entretenerme, me dieron una escopeta de plomos, de esas de la feria. La casualidad fue que mientras ellos (Juanito y algunos cazadores más) no se tropezaron con ninguna posible pieza, a mí (el novato) me salió un conejo a menos de dos metros. Ellos me decían: «Tírale, tírale»; pero yo no sabía si apretar el gatillo, que tenía lejos de la mano, o simplemente tirarle la escopeta: tal era el lío en que me había metido el inoportuno animal. El caso es que, como era natural, cuando quise reaccionar, el conejo se había metido entre las matas y había desparecido de nuestra vista. Fue mi primera y única tentativa de caza.

Tras la terminación de los estudios en Úbeda, fuimos perdiendo contacto, aunque estaba al tanto, por mi primo, de su actividad como influyente árbitro de ajedrez, en los momentos en que Linares se convirtió en la ciudad de referencia mundial en este juego‑deporte. El hotel Aníbal es testigo de su gran contribución a la fama y al conocimiento internacional de una pequeña ciudad como Linares.


De izquierda a derecha y de arriba a abajo, Arévalo, Vargas, Hinojosa y Lara.

Pasaron decenas de años para que coincidiésemos en Úbeda, en una Asamblea de la SAFA, donde celebramos el cincuentenario de nuestra promoción. Era mayo de 2013 y me encontré con un señor de tez y cabello blanquísimos, que le daban un aire de distinción y una magnífica presencia física. Retomamos las conversaciones aplazadas durante cincuenta años, como si el tiempo se hubiese detenido, y enseguida nos conjuramos muchos para no dejar pasar ese hermoso tren del encuentro, citándonos para el año próximo en Suiza. Y allí estuvimos unos cuantos con nuestras respectivas parejas (ahora recuerdo a Ana, la esposa de Juanito Vargas, tan dispuesta siempre a hacernos grata la estancia). Fue una semana intensa en la que los recuerdos y las anécdotas se agolpaban en nuestra memoria. Mis circunstancias personales y familiares me impidieron seguir manteniendo viva la convivencia, aunque era conocedor de los encuentros de algunos de mis compañeros en la Costa del Sol, tan querida para Juan. La imagen que me queda de Juanito Vargas está ligada, pues, a aquella semana tan especial en Suiza.

Permitidme que termine esta necrológica con una frase de un artículo que dediqué a mis compañeros de la promoción del 63. Resaltaba la fraternidad que nos unía a todos en aquellos años tan duros: «Fuimos hermanos, quizás más que hermanos, en los difíciles años en que convivimos, con las estrecheces que lo hicimos, compartiendo lo poco que teníamos…».

Por eso hoy, paisano, amigo, compañero, hermano Juanito Vargas, junto al mazazo que ha supuesto para mí tu muerte inesperada, te envío el homenaje de mi recuerdo emocionado y lleno de dolor.

Cartagena, 14 de septiembre de 2016.

jafarevalo@gmail.com

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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