La fuente del cuerno

Por Fernando Sánchez Resa y su padre.

Con la firme y poética voluntad de rescatar nuestro añorado y particular pasado de nuestra amada ciudad de nacimiento (Úbeda), mi padre, Fernando Sánchez Cortés (q.e.p.d.) y yo pretendemos refrescar, mediante una serie de sencillos artículos, la frágil memoria de nuestros amables lectores, aportando estampas del ayer ubetense que, como pequeños trozos de añorado cielo, tratarán de endulzar y rememorar unos tiempos que ya nunca volverán…

Ambos, padre e hijo, hemos sido testigos de la gran transformación que nuestro pueblo ha experimentado en bastantes lugares, calles, negocios, recónditas plazoletas, etc., a lo largo de nuestras existencias. Por eso, hoy queremos referirnos al lugar en donde se encuentra ubicado el afamado Carrefour, cuyo terreno –antaño‑ era tierra calma o campo de labranza, pero que con el devenir del tiempo se convertiría en campo de fútbol e hípica, en donde tanta gente jugó, disfrutó y padeció por las andanzas de nuestro equipo local; siendo también, durante un poco tiempo, habilitado para mercadillo de los viernes…

Pero antes de que ocurriera todo esto que estamos contando, junto a ese lugar, con vistas al medio día, había una famosa huerta conocida por “La fuente del cuerno”, y también un lavadero público, pues tenía una fuente con abundante agua que surtía fraternalmente tanto a la huerta como al lavadero, ya que en aquellos tiempos no había agua corriente en las casas, ni secadora, ni tanto electrodoméstico como hoy inundan las cocinas y pisos de cualquier vecino corriente.

Estábamos, por aquel entonces, en mitad de la tercera década del pasado siglo, mientras que un sufrido hortelano trabajaba en esa huerta, que era de su propiedad. Vivía en un pequeña casilla próxima, juntamente con su esposa y una preciosa hija, que ensayaba, por entonces, sus primeros pasos.

Lucía un espléndido día de verano, mientras que varias mujeres estaban haciendo su colada habitual en la alberca, cuando, de pronto, el cielo se oscureció y negros nubarrones presagiaban tormenta… Pronto empezaron a caer gruesas gotazas de lluvia, mientras las mujeres se guarecían en la pequeña casilla mencionada; concretamente, en el portal‑cocina, en unión de la humilde familia formada por el hortelano, su joven esposa y su encantadora niña.

La nube adquirió proporciones alarmantes, pues los relámpagos y truenos eran incesantes, por lo que las mujeres lloraban, se santiguaban y rezaban a Santa Bárbara, pidiendo que no ocurriera una desgracia como las muchas que habían oído contar en boca de sus madres, abuelas y antepasados.

En ese momento, se iluminó vivamente la pequeña estancia, en la que todas imploraban que no ocurriese la desgracia de que un rayo provocase la muerte de algún ser humano…; y una centella penetró por la chimenea del lugar, atravesó el portal‑cocina y escapó por la entreabierta puerta, sin que, milagrosamente, a nadie afectara. Las mujeres asociaron esa escena a un hecho milagroso, atribuyéndoselo a la niña: «¡Este ángel ha sido nuestra salvación…»!, exclamaron todas al unísono, a la vez que la colmaban de besos y abrazos…

Por eso, aunque esa fuente y esa huerta ya hayan pasado a ser historia y solamente estén en el recuerdo, hoy nosotros hemos querido recordarlas, pues pensamos que todos los días del año ocurren milagros ignorados que vienen a demostrar que la propia vida de cada cual es un auténtico suceso extraordinario y maravilloso que siempre debemos agradecer a Dios…

Úbeda, 3 de septiembre de 2016.

Fernando Sánchez Cortés y Fernando Sánchez Resa.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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