“La caza”

Por Fernando Sánchez Resa.

En la noche del 12 de marzo de 2015, a los impertérritos cinéfilos, nos aguardaba La caza (1966), del afamado director Carlos Saura, siendo él mismo quien nos la presentó, mediante dos cortos vídeos, en lugar de hacerlo Andrés. La película duraba solamente 93 minutos y disponíamos de tiempo más que suficiente para visionarla tranquilamente.

Y, entonces, este gran cineasta hizo de spoiler (‘desvelador de partes importante de la peli’), adelantándonos parte del argumento y casi el final, ¡menudo final!; pues, incluso en su monólogo, nos fue mostrando imágenes diversas, por lo que todos los asistentes terminamos sabiendo lo que iba a ocurrir…

De lo mucho que dijo, entresaco lo más reseñable:

1. Costó hacerla dos millones de pesetas (de las de antes).

2. La coprodujo con Elías Querejeta, poniendo un millón cada uno.

3. El guión, que escribió al alimón con Angelino Fons, no lo quería realizar ninguna productora; por eso, se pusieron manos a la obra ellos dos solitos (Querejeta y Saura).

4. Al principio, impactó; pero no tuvo mucha difusión, hasta que en 1966 le concedieron el Oso de Plata a la mejor dirección en la Berlinale de 1966, que lo catapultó al circuito cinematográfico y al público en general, siendo muy demandada y obteniendo mucho éxito.

5. Con 40 conejos, se apañaron para hacer la película; aunque un importante personaje cinéfilo le aclaró que si lo hubieran hecho con conejos electrónicos simulados, hubiese sido más ecológico.

6. Este filme lo grabaron en pocas jornadas; y al ver Saura cómo cada personaje del guión iba tomando su propia dimensión real, como buen director, los dejó crecer para que tomaran vida propia.

Así que todos nos dispusimos a ver este drama de caza y falsa amistad, con su magnífica visión metafórica cainita, en la España profunda del momento, en el que tres amigos van de caza, acompañados por un jovencísimo Emilio Gutiérrez Cava, en un caluroso día de agosto. La acción se desarrolla entre un pueblo rural (Esquivias) y el coto de caza privado de uno de los protagonistas (Seseña), situado en el mismo lugar donde hubo una batalla de la guerra civil española. Allí practicarán lo que más les gusta, especialmente al jefe de la expedición y propietario de la finca, que tiene a su cargo al tullido, su joven sobrina con la que Gutiérrez Cava tiene más contacto y cierta atracción, y la madre del cojo.

La desesperación de José, el egoísmo de Paco y la indiferencia de Luis son actitudes que no combinan bien con una jornada cinegética en la que, una lentitud pasmosa y una excelente música de Luis de Pablo, sirven de acompañamiento perfecto a las frenéticas escenas de la cacería, que se van alternando con éxitos de la música popular de los sesenta. Así se va recreando el escenario apropiado, donde Carlos Saura va contando el trasfondo de una falsa relación amistosa, que no tiene la empatía suficiente, y en la que van aflorando odios, aversiones reconcentradas, necesidades económicas, miserias…; hasta que lentamente y, llegado el final, todo se transmutará en una lucha sin cuartel…

“La caza del conejo” fue su título original; pero la censura franquista lo prohibió, por tener alusiones de tipo sexual; aunque, en realidad, no descubrió el verdadero mensaje de Saura: analizar la decadencia de la clase alta, ejemplificada en un grupo de franquistas acérrimos, que sacan a relucir sus odios, frustraciones y rencores en un día de cacería, y que, realmente, es una metáfora de nuestra guerra civil, donde la proliferación de símbolos fácilmente asociables a las dos Españas y a la dictadura son palpables.

Es un drama en blanco y negro, donde el mismo calor que en realidad hacía en Toledo, en el mismo verano en que se rodó, es el que refleja la película en su ambiente, con unos diálogos y pensamientos en voz alta, mordaces y despiadados; donde la intriga, la maledicencia y/o la comunicación de chismes ocultos, de la vida privada de ellos mismos (como el que el protagonista principal está con una muchacha joven, porque lo ha dejado su esposa…), son el caldo de cultivo explosivo para romper definitivamente sus relaciones, pues llevan demasiado tiempo juntos para que la amistad no se haya corrompido.

No obstante, Saura logra un filme destacable, empleando un lenguaje cinematográfico moderno, mostrando primerísimos planos, zooms, monólogo interior y parlamentos inquietantes frente a la cámara.

Es tan crudo y dramático su final, que no voy a desvelarlo; aunque ustedes, amables lectores, se lo supondrán, si no han visionado esta peli. Solamente diré que el aplauso final, que siempre se produce a la finalización de cada sesión cinematográfica, no fue seguido por todos los espectadores, puesto que bastantes habían quedado desazonados y maltrechos en su estado anímico.

Por eso, alguien del público transmitió en voz alta su persistente pensamiento: «Se podrían proyectar otras películas del oeste menos duras (aunque La caza no sea exactamente un wéstern, si bien lo parece) y más bonitas, en donde la historia fuese más redonda y acabase bien, incluso contradiciendo a la dura realidad que nos alumbra».

Algunos de los asistentes, a su término, como era temprano y estaba abierta la sala Pintor Elbo del Hospital de Santiago, se acercaron para visitar la Exposición Conmemorativa del Décimo Aniversario del Descendimiento de Cristo, de la Cofradía de la Virgen de las Angustias, como homenaje y recuerdo al inconmensurable artista Marcelo Góngora Ramos, ante su temprano e inoportuno fallecimiento.

Todos quedamos gratamente impresionados, al comprobar cómo este artista ubetense ha dejado magistrales obras pictóricas y escultóricas, cual legado imperecedero a la ciudad que tanto quiso y le vio nacer…

Úbeda, 30 de agosto de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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