“Roma, ciudad abierta”

Por Fernando Sánchez Resa.

Un jueves más (20 de noviembre de 2014) nos congregábamos los cinéfilos ubetenses en el Hospital de Santiago, con el fin de visionar una película de altura: Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945), de Roberto Rossellini, mientras se veía deambular abundante población emigrante por nuestras calles en busca de un puesto de trabajo en la recogida de aceituna, ya que ese año, en lugar de empezar en el puente de la Inmaculada, lo había hecho antes de lo habitual.

Andrés nos regaló unas cuantas pinceladas de este afamado filme, para abrir boca, sin desvelarnos nada importante, aclarando que Roma, ciudad abierta no es fácil de encontrar, como no sea en determinadas tiendas o puestos de vídeo. Nos comentó que esta película es tan importante como lo fue en su día El ladrón de bicicletas, dirigida por Vittorio de Sica en 1948; y que, según entendidos y críticos del séptimo arte, supuso una inflexión en la manera de contar y explicar cinematográficamente la vida o la ficción, constituyéndose en un antes y un después en la historia del cine. Rossellini planteó una película profundamente moral, humanista y comprometida que exalta la dignidad, su valor histórico y su trascendencia en la evolución del cine. Comenzó a rodarla cuando la guerra todavía no había terminado y con escasísimos medios, obteniendo un enorme éxito desde su estreno, apenas pasados unos meses tras el fin de la guerra, tanto en Italia como en Estados Unidos. Los dos actores principales, Aldo Fabrizi y Anna Magnani, bordan sus respectivos papeles, aunque hay quien dice que, más que interpretarlos, los viven…

Con toda esta urdimbre proporcionada por Andrés, nos sentimos más deseosos de visionar esta gran película en blanco y negro, con subtítulos en español, que volaban por la pantalla (pues iban a un ritmo trepidante) y las retinas de los espectadores no daban abasto para leerlos, tanto las frases en italiano como algunas en alemán. No obstante, todos apreciamos que es un gran filme en el que se trata el tema de la guerra y la invasión de una potencia extranjera (Alemania) a un país latino (Italia). Pudimos descubrir las más bellas y dolorosas vistas naturales de la “ciudad eterna”, adelantando de esta forma la Nouvelle Vague (Nueva Ola) y demás vanguardias.

La acción dramática tiene lugar en Roma durante la ocupación nazi de la ciudad, entre el 8 de noviembre de 1943 y el 4 de junio de 1944, a pesar de ser declarada ciudad abierta y desmilitarizada, pues fue ocupada por las fuerzas del ejército nazi hasta su liberación. Es la historia de un dirigente comunista, el ingeniero Manfredi (Marcello Pagliero), líder del Comité Nacional de Liberación, que se opone a la invasión alemana y es ayudado por sus incondicionales, entre los que se encuentran el cura de la parroquia, don Pietro (Aldo Fabrizi) y Francesco (Francesco Grandjacquet), un camarada tipógrafo, que quiere casarse con su novia Pina (Anna Magnani), viuda con un hijo. Todos demuestran dotes de valentía y pundonor cuando el argumento lo pide, como la vida misma.

El verdadero protagonista del relato es el pueblo romano, representado por la galería de personajes que Rossellini muestra: Pina, Giorgio, don Pietro, Francesco, Marcello, el sacristán, el brigada, los vecinos de Vía Casilina, los niños… Tiene escenas muy crudas en las que se sufre de veras, pues se palpa la injusticia y la inhumanidad del ejército invasor al que no le importa masacrar todo cuanto encuentra a su paso, con tal de imponer su ideología nazi porque, según ella, existen dos razas en el mundo: la aria, que es superior, y el resto; siendo la primera la que debe dominar el mundo; aunque hay momentos en los que, hasta dentro del ejército alemán, se notan dejos de cansancio y abandono, pues van dándose cuenta, desde que empezaron a perder la guerra, que lo único que van sembrando, por todos los sitios por los que pasan y arrasan, es odio en una población opositora que les pagará con la misma moneda: expulsándolos de su territorio. También aquí Rossellini se atreve a considerar temas tabú para aquella época: la drogadicción y la homosexualidad, mientras el cine clásico americano iba por otros rumbos…

Es una película completa en todos sus aspectos: dirección, guión, actores, escenarios… La fotografía se centra en contar la historia lo más cercana posible, alejándose de todo tipo de florituras. A pesar de lo que dice la leyenda del principio de la película («Cualquier semejanza entre los personajes y hechos acontecidos en esta película y la realidad es pura coincidencia») y de que sabemos que algunos de los personajes son imaginarios, sin embargo, los principales están inspirados en la realidad: Teresa Gullace, que estando embarazada murió a manos de los nazis; la figura del jefe partisano, Celeste Negarvile; el cura Luigi Morosini, torturado y asesinado por los nazis por colaborar con la resistencia… El objetivo de la música es no edulcorar el relato, por lo que se presenta (en ocasiones) sin apenas fuerza expresiva, como un mero elemento ambiental. El relato es veraz, sincero y auténtico, rompiendo convenciones narrativas e imponiendo cambios relevantes a la hora de narrar, explicar y mirar. Participan actores profesionales y no profesionales, como vecinos, niños, etc.

La noche transcurrió un tanto oscura y tétrica, con nervios y malas premoniciones para los sufridos italianos, cuyo sanguíneo comportamiento latino sabe mostrar tan sabiamente Rossellini en la pantalla; y aunque, finalmente, sonaron los aplausos al término de esta gran película, se mascaba en el ambiente la dureza de lo que allí se había mostrado, pues la almendra de su argumento es la lucha partisana de la resistencia italiana hacia el invasor alemán, cantando y loando su valentía, su solidaridad, su compañerismo, el secreto (bien guardado) de la cédula que mueve a la gente a luchar contra el invasor con las pocas armas que tienen en sus manos; como lo demuestra hasta el mismo grupo de niños de un barrio, que delata un patriotismo auténtico, valiente y orgulloso al ver amenazado su país.

En definitiva, todos sacamos el mismo corolario: no se deben repetir las guerras, sean del tipo que sean (civiles, entre países, tribales, étnicas…), puesto que lo que se produce en esos paréntesis sociales es la ausencia de la sana y/o pacífica convivencia, exacerbándose los odios, las envidias, los malos instintos…, sin que, a cambio, se llegue a nada bueno; pero parece ser (como se viene demostrando desde los albores de la prehistoria) que la naturaleza humana está más dotada para dar rienda suelta a su lado negro, estando siempre dispuesta a pelearse y matar, en lugar de ceder al lado positivo, entendiéndose y/o buscando puntos de unión o encuentro con el prójimo. ¡Si así lo hiciésemos, todos saldríamos ganando…!

Úbeda, 2 de agosto de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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