“La noche americana”

Por Fernando Sánchez Resa.

Aún resonaban en mis oídos los sones de la procesión mañanera de san Isidro Labrador, por las principales calles de nuestra ciudad, cuando me encontraba en el Hospital de Santiago para visionar un nuevo filme del ciclo Cine dentro del cine: La noche americana (La nuit américaine, 1973), de François Truffaut, en versión española. Era un jueves especial (15 de mayo de 2014), en el que los agricultores ubetenses habían programado diversas actividades lúdicas y festivas, mientras la tarde, más que veraniega, trataba de seducir a los cinéfilos mediante sus múltiples tentaciones callejeras; mas La noche americana ganó la partida, debido a su imantado poder y a la atractiva presentación que hicieron, al alimón, nuestros promotores y organizadores del Club “El Ambigú”.

Juan comenzó resumiendo su argumento. El realizador Ferrand (François Truffaut) rueda un film titulado Je vous présent Pamela (Os presento a Pamela), en colaboración con una empresa norteamericana. Los protagonistas son la joven actriz americana Julie Baker (Jacqueline Bisset), el actor americano en decadencia Alexander (Jean-Pierre Aumont), la veterana actriz francesa Joëlle (Nathalie Baye) y un joven galán francés muy cinéfilo (Jean-Pierre Léaud). En ella, se va mostrando la historia del rodaje y los problemas y vicisitudes que surgen entre los miembros del equipo cinematográfico. También enumeró los diversos premios que obtuvo La noche americana en los años 1973 y 1974: Óscar al mejor filme de habla no inglesa y diversos galardones a François Truffaut, como mejor director, y a Valentina Cortese, como mejor actriz secundaria.

Gracias a Andrés, supimos que el tema central de la obra es el amor, el amor humano en todas sus formas y manifestaciones; y entendimos lo que significa realmente “la noche americana”: expresión técnica que consiste en filmar escenas a plena luz del día, pero con un filtro en la cámara, que hace creer a los espectadores que es de noche; lo que nos da una idea del permanente artificio que es el cine.

Al comenzar el visionado, ya empezamos a divertirnos al comprobar cómo se producía una patente disonancia entre lo que se decía en pantalla y los subtítulos en español que se mostraban, pues sonido y texto no coincidían; y durante casi dos horas, nos sumergimos en ese loco mundo del cine, mostrándonos una intensa radiografía, tanto a los personajes que en ella intervienen (directa o indirectamente), como a situaciones y momentos, cual si fuese una épica de la vida en la que finalmente caen todos sus intervinientes, confundiendo y entremezclando sus historias personales con las de los personajes que interpretan; siendo, muchas veces, esclavos de esa vida de farándula y desenfreno que ellos mismos protagonizan, sobrepasando el guión asignado en la gran pantalla…

En esta película, desfilan los personajes como en un gran teatro del mundo (¡ay, cuánta razón llevaba nuestro querido Calderón de la Barca!), en el que se enamoran, se ponen los cuernos, se hermanan y/o solidarizan cuando ocurre un fatal suceso a cualquiera de integrantes del elenco cinematográfico. A su vez, nos nuestra algunos de los engaños y artificios que el mundo del cine utiliza para simular situaciones atmosféricas, sociales, personales, ambientales…, que dan el pego total.

El guión fue escrito por F. Truffaut, Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman y se rodó en escenarios reales de Niza y de la región de los Alpes Marítimos (Francia), y en platós de los Studios de la Victorine (Niza). El filme muestra los entresijos, los problemas, el ajetreo y el frenesí del rodaje de una película convencional y construye un retrato realista, acertado y sincero, del proceso de rodaje y de la atmósfera que lo rodea, señalando las incidencias de la vida cotidiana de actores y actrices y del personal técnico y pasando revista a los elementos de la filmación: guión, dirección, interpretación, iluminación, sonido, etc.

Comprobamos también lo cansada que debe ser la vida de cualquier actor/actriz y demás componentes de la tribu cinematográfica, con esa continuada grabación de escenas para que, luego, montador y director escojan la toma más adecuada para presentar el resultado completo de la película. Este mundo es tan inmenso y complejo que da vértigo comprobarlo (como nos lo demostró este filme), ya que los amores e infortunios de todos los actores e intervinientes forman un submundo que, a su vez, es prisionero de los mismos vectores psicológicos y sociológicos de cualquier persona, en cualquier grupo social del mundo real.

El ritmo de la película es ejemplar, mostrando un vaivén de situaciones que se solucionan con gente corriendo de un lado para otro, mientras el espectador se encariña con todos los actores: Truffaut, Léaud, Aumont, Valentina Cortese y, muy especialmente, para Jacqueline Bisset, quien realiza un formidable trabajo y que nos hipnotiza seductoramente con sus ojos. Es preciso no olvidar la bonita banda sonora que acompaña constantemente, sin protagonizar, y la grandiosa dirección, tanto fuera como dentro del filme, guión, ritmo…, pues consigue captar la atención del espectador sin dejar de entretener en un solo momento.

Ya en 1973, Truffaut supo mostrarnos lo que hoy sabemos gracias a los paparazzi: cómo se ruedan las escenas arriesgadas o los efectos especiales; y lo que nos filtra la prensa rosa: interioridades amorosas, flirteos y otras hierbas que se cuecen en ese mundo de bambalinas y candilejas. François Truffaut realizó su mayor y más indisimulado homenaje al cine y a los espectadores mediante una secuencia memorable y onírica que lo resume todo: cuando Truffaut era niño, sueña que roba por las noches los carteles de un cine, donde se proyecta “Ciudadano Kane”. ¡Qué mejor alegoría a la fantasía de cualquier cinéfilo…!

De todo ello, se pueden sacar muchas conclusiones, entre las que apunto: lo difícil que es sacar a flote una producción cinematográfica; lo complicado que es elegir una atrayente historia a contar; la dificultosa elección de los personajes que intervendrán en todos los campos cinematográficos; la azarosa distribución de la película en las diferentes salas nacionales e internacionales…, teniendo en cuenta que nos puede ocurrir como le pasaba al director de esta película: que, además de ser chico para todo, no tenía un momento libre para disfrutar y pensar en otras cosas, pues, hasta cuando dormía, sus sueños eran siempre repetitivos y cinéfilos. Toda una lección para todos aquellos que infravaloran la profesión del cineasta o que desconocen las mezquindades que se esconden entre los entresijos de esta industria y que ignoran lo difícil que es rodar una película, siendo un milagro de organización, paciencia, orden, inmensa ilusión y de bastante suerte.


Eran casi las diez de la noche cuando el aplauso generalizado y el comentario de la película visionada se dieron la mano, mientras los asistentes salían al exterior y comprobaban que la vida real seguía latiendo por las calles ubetenses; aunque, seguramente, todos caeríamos (esa noche) en el recurrente sueño (con pesadillas incluidas) del maravilloso y fantástico mundo del cine, llegando a la misma conclusión: la vida, el ensueño, la ilusión, la utopía personal y social, el divertimento…, desde que se inventó el séptimo arte, ha provocado tal terremoto existencial que, sin su contribución, nuestro mundo actual sería mucho más zafio, anodino y aburrido; constituyéndose (el mundo del celuloide), desde entonces, en el quijotesco bálsamo de Fierabrás (poción mágica capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano, según las leyendas del ciclo carolingio); especialmente, si se entrevera del imprescindible y clásico o picante enamoramiento de los personajes intervinientes que, como en toda buena historia, nunca debe omitirse…

Úbeda, 13 de julio de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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