Novedad razonable

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

La noticia se da como muy novedosa; que la ciudad de Londres tiene, por primera vez en su historia, un alcalde de confesión islámica. En nuestra España, muchas ciudades y poblaciones tuvieron alcaldes musulmanes ‑claro que lo fue‑, porque nuestro país estuvo ocupado por elementos de esa confesión durante ocho siglos.

Lo que choca es que, precisamente ahora, con los tiempos que corremos, en Londres no hayan tenido inconveniente en votar por un laborista musulmán. Y claro que tiene su explicación y justificación, aparte del tinte político. Se entiende (y ese señor lo debe entender también) que la creencia religiosa no debe interferir en la vida pública de una democracia occidental consolidada. Ahí está la clave.

¿Lo entendemos todos así…? Creo, para mi desconsuelo, que no. En España, desde luego que no (y en otros sitios, como USA, donde se alardea, precisamente y como valor estimable, el tener pedigrí de buen creyente de la secta correspondiente). Nosotros, los españoles, arrastramos siglos y siglos de maridaje indisoluble entre la religión ‑católica‑ y el poder, tal que es muy difícil ir despegando el uno de la otra. Aunque se pasó por los siglos de la Ilustración y de las revoluciones modernas, que al final conformaron una clara separación entre lo que debe ser el ejercicio de la ciudadanía y el ejercicio de la fe religiosa, esto que en las democracias europeas occidentales parece ser quedaba claro; sin embargo, en la nuestra siguió siendo de brumosa visión. Y ahí seguimos.

Todas las religiones de más difusión parten de la adhesión inquebrantable ‑«Quien no está conmigo, está contra mí»‑, mediante el vínculo de la fe. La fe no es razón, por mucho que se quiera pretender, pues exige acatamiento ‑no razonamiento‑ de unas supuestas verdades que lo son por la autoridad de quienes las proclaman; fe en las verdades y fe en la autoridad. A partir de ahí, cada religión ‑y sobre lo que su doctrina diga‑ deriva en un desarrollo normal por su mismo poder de convicción o un desarrollo expansivo y veloz por su imposición a la fuerza. Si la adhesión se fusiona a la inclusión/exclusión de los demás por la violencia, la religión se convierte en una máquina de eliminar disidencias o divergencias; en una máquina de sojuzgar, esclavizar y matar.

La historia nos da demasiados ejemplos de estas convulsiones religiosas, con resultados nefastos para los pueblos. Las guerras de religión han sido constantes y, si es verdad que la religión cristiana ha ‑casi‑ superado esta tendencia (por los matices que a la interpretación doctrinal le han dado sus autoridades), es bien notorio que en el islamismo hay una virulenta tendencia a ir a la radicalización del discurso y de la acción contra los diferentes o no creyentes. Y a la supremacía de la ley religiosa sobre la civil (incluso la disolución de esta en aquella).

Es, pues, ese discurso de sus autoridades el que está ahora marcando el enfrentamiento entre el islamismo y los demás (y en especial lo representado por Occidente). Siempre, la interpretación, la base de la doctrina, de los textos primigenios, es la que da lugar al desarrollo de unas u otras tendencias, tolerantes o intransigentes. Curiosamente, los fundadores de religiones apenas o nunca aportaron escritos propios que fundamentasen sus enseñanzas; y fueron luego sus seguidores (o discípulos) quienes procuraron crear un cuerpo de fe perdurable y, por tanto, escrito; pero o la ambigüedad calculada de los mismos, o las contradicciones en que caen, o las versiones a que dan lugar, según los intereses de sus grupos de poder, hacen que luego surjan quienes se arroguen la exclusiva de su interpretación, aduciendo sin duda su autoridad. Este es el marco actual. Y, por lo tanto, las consecuencias.

El islam proporcionó, en su etapa de esplendor, sabios eminentes, tanto en las ciencias como en las humanidades. Porque había quienes encontraban sabiduría, no solo en sus escritos doctrinales, sino también en los conocimientos que iban descubriendo en las culturas que ocupaban o en las que les antecedieron en los tiempos. Quedarse en lo estricto del islam les suponía renunciar a muchos otros campos fecundos del conocimiento humano. Cierto que algunos de los que pretendieron ‑y lograron‑ ir más allá, lo pagaron, tal y como en el cristianismo lo pagaron otros. ‑Y, sin embargo, se mueve‑.

Mas el islam, por reacción o por necedad, se fue reconcentrando sobre sí mismo, se fue cerrando ante las novedades y reformas, se fue quedando en algo estéril para la ciencia, para el humanismo y para el desarrollo de una sociedad abierta, progresista, dinámica… Comparando, meramente, al pueblo árabe con el judío y sus correspondientes aportaciones al desarrollo de la humanidad, comparando sus logros y avances, los hechos de sus científicos, filósofos, escritores, artistas de todo género, economistas y, en fin, en todos los campos actuales de la actividad humana, encontraremos que la aplicación de un islamismo radical ha cercenado absolutamente su capacidad de evolución fecunda. Al contrario que los israelitas (si exceptuamos, y no siempre, a sus movimientos más ortodoxos).

El islam acabó cercándose a sí mismo en un muro de odio e intransigencia hacia lo demás. Y, si apenas blandió durante siglos la “espada del Profeta”, fue porque había perdido esa capacidad de acción. Ahora hay movimientos que sí que están muy dispuestos a desenterrarla y blandirla con todas sus consecuencias. La civilización, no occidental sino mundial, debe defenderse de esta amenaza que la llevaría a una regresión absurda. Nuestra sociedad debe responder con las mejores armas que tiene, que son la libertad y el derecho a ejercerla (mediante las leyes civiles necesarias), la igualdad y reciprocidad de trato sobre los derechos de las personas y las naciones, la convivencia respetuosa de credos e ideas, y la no injerencia de la sociedad religiosa en la sociedad civil.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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