Semanas Santas

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Encontramos, en lo que decimos que es Semana Mayor en muchos lugares patrios, sentida como especial y particular ‑y en Úbeda no íbamos a ser menos‑, y única.

Me admiro. La Semana Santa es la Semana de Pasión; el cristianismo recuerda y recrea en diversos sitios los días en que su fundador pasó de la aclamación por las turbas al escarnio, traición, tormento y muerte, sin que esas mismas turbas hiciesen sino reclamar su sangre. Curiosa la veleidad del populacho, que un día te adora y otro te asesina. También es curioso cómo este recordatorio de hechos narrados y admitidos como ciertos es tan variado y diferente entre los pueblos y zonas del planeta. Y, en particular, entre los pueblos y zonas de España. Porque hay maneras y modos de entender, recrear e interpretar esos sucesos. Hay una secuencia lógica y dramática poco alterada, es verdad.

Triunfo popular; celebración ritual de la Pascua judía; prendimiento e inicio del procedimiento acusatorio; juicio religioso; entrega a la autoridad romana; castigo y muerte para evitar incidentes o motines religiosos; colofón, bien definido por desarrollos doctrinales posteriores, de resurrección del mártir.

Todo ello culmina un desarrollo teológico de vida‑muerte‑resurrección de las religiones antiguas.

Esto, así, es común ahora; sin embargo, lo que ya varía, como escribo, es su presente pasado por su elaboración anterior. Del teatro medieval quedan las representacionesdramatizadas, al aire libre o en recintos cerrados, hechas por gentes del pueblo. Estampas animadas más o menos fieles y, en ciertos lugares, con claras reminiscencias de sus antiquísimos orígenes. Luego vino el Barroco y su herencia tremendista en el pueblo español, tan sometido durante años a la influencia de la Contrarreforma y de la Inquisición, también con raíces medievales; las imágenes, los capirotes, las procesiones, la ocupación de espacios urbanos, sus calles y plazas… La liturgia canónica y oficial de la Iglesia Católica, los llamados “Oficios”, quedan realmente muy ocultos y relegados a los recintos sagrados, en favor del espectáculo.

Y en esto consiste lo fundamental y más evidente de nuestra Semana Santa, en una sucesión de imágenes, colores, olores, sonidos y músicas, de gentes arracimadas para la contemplación del evento, sean salidas, llegadas, estaciones o paradas, encuentros entre cofradías e imágenes, subidas o bajadas de cuestas y callejas. O, si los hay, los cantos de quienes entonan saetas.

En cada pueblo, en cada ciudad, en cada zona peninsular, se considera que sus procesiones son únicas, su santo o santa ‑imágenes del Cristo en Cruz, o llevándola, abandonado al látigo y las espinas, sobre burro o burra (según quien interpreta), la Madre Virgen detrás o sosteniéndolo en sus brazos‑, son lo mejor, lo más milagrero, lo más artístico…

La parafernalia acompañante es variadísima y chocante, a veces anacrónica y poco acorde a lo narrado, como esas procesiones del Levante que van repartiendo caramelos como si fuesen los Reyes Magos; importancia más de los lujos de tronos, joyas y coronas, pendones o uniformes, valoración casi esperpéntica de forofos ante los toques y tamborradas, de las bandas que preceden o acompañan a los pasos. Rivalidades absurdas que no cuadran con la narración histórica o doctrinal asentada, pero admitidas y consolidadas, se ve, como inevitables y ya de muy difícil erradicación (salvo la labor del tiempo).

Curiosamente, también por nuestros pagos se tiende con voluntad acelerada a cierta uniformidad, a cierta unificación de estos retablos bajo el modelo sevillano o malagueño, modelos fastuosos, presumidos, de mucho brillo y relumbre, y plumeros y cimeras soldadescas. Palios y costales o largas filas de horquilleros muy finos, señoritos adictos a la manzanilla o al rebujito, postureo de ellos y ellas, con sus mantillas que no velan formas apretadas y voluptuosas. Sagrados inciensos que no tapan en algunos el olor de la marihuana, material incienso. Abundan ya por nuestros pagos.

Mundos complejos que son puzles difíciles de encajar y comprender. Ahí hay sentimientos encontrados, algunos falsos u oportunistas, muy falsos; pero otros lo son verdaderos, porque solo los mueve la fe. Fe que es ciega, porque abrir los ojos al espectáculo, los ojos de la razón y de la evidencia lo invalidaría. Así que es mejor pensar y decidir que «mi procesión es la mejor», que «mi semana santa» es la más bonita, que «nuestra virgen» es la más guapa ‑¡casi todas clónicas!, que la banda donde sale mi hijo es la que mejor suena y con diferencia (¡y qué porte tiene con ese uniforme!).

Sí; este es el tiempo del año en que estamos Y es primavera.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *