“Barcos de papel” – Capítulo 27 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Mi mejor amigo.

—Qué pasa, Mosquito… ¿No me das un cigarro?

Saqué el paquete del bolsillo y se lo di.

—Fuego…

Encendió el cigarrillo y se me quedó mirando fijamente.

—Mosquito, últimamente te noto preocupado. ¿Te pasa algo?

—¿Qué quieres decir…?

—Pues que tú eres el mejor amigo que tengo. ¿Me entiendes? El mejor. Que tienes mucho talento y que no me gustaría que una niñata arruinara tu futuro. ¿Vale? ¿Qué te crees, que no me había dado cuenta? Si lo llevas escrito en la cara… ¡coño!

—Vamos a ver, Emilio, ¿tú por qué eres tan charlatán y tan indiscreto? ¿Por qué no te preocupas más de ti, y dejas en paz a los demás?

—Por qué va a ser… Te lo acabo de decir, porque eres mi mejor amigo. ¿Es tan difícil entenderlo?

—Y, ¿no podías hacer otra cosa mejor? ¿En vez de meterte conmigo, por qué no te esfuerzas un poquito? ¿Eh? ¿Por qué en vez de meterte en lo que no te importa no te dedicas a estudiar o a hacer algo serio en la vida? ¿Piensas que vas a llegar a alguna parte con esos negocios tan disparatados que se te ocurren? Empieza a tomarte la vida en serio… que ya tienes edad. ¡Coño!

—¿Por qué me hablas así? Te conozco desde que eras un crío, y yo te garantizo que andas metido en algún lío del que no sabes cómo salir. Siempre me has contado tus problemas, pero si ahora no quieres, no pasa nada. ¿Vale?

—Bueno, ya está…, ya te los contaré más adelante. Cuando esté seguro de lo que voy a hacer. ¿Vale? Todavía no tengo muy claro si podré hacer lo que estoy pensando.

No me dejó seguir. Me llevó a su habitación, sacó del cajón de la mesita su cartilla de ahorro y me la ofreció.

—Si el problema es de dinero, no te preocupes. Ahí tienes mis ahorros. No llegan a veinte mil pesetas, pero dispón de ellos como si fueran tuyos.

—¿Se puede saber a qué viene eso ahora?

—Yo no sé qué planes tienes, pero que si con eso te puedes arreglar, no tienes más que decirlo.

—Anda, anda, no digas tonterías y guarda la cartilla.

—Oye, que no lo digo por decir. ¿Vale? Que yo esto lo hago de corazón.

—Y, ¿por qué?

—¿Qué por qué? Porque tú y yo es como si fuéramos hermanos. Yo cuento contigo para cualquier cosa y me gustaría que tú hicieras lo mismo conmigo. O sea, que deberías decirme qué es lo que te pasa y por qué hace unos días que estás como estás.

Por nada del mundo hubiera aceptado ni una peseta suya. Bastante había hecho ya por mí; pero cuando empezó a hablar de aquella manera, me emocionó. No hay, en el mundo, corazón más generoso que el corazón de los pobres. Agradecí su nobleza y le dije que mis preocupaciones no se resolvían con dinero.

—Emilio, cuando más difícil nos parece saltar es cuando debemos abandonar el barco si no queremos perder la vida y naufragar.

—Mosquito, ¿estás seguro de lo que vas a hacer?

—Sí.

—Dilo más alto, coño, que te noto inseguro.

Nos abrazamos y no quise seguir hablando. Era evidente que empezaba a perder la cabeza: pasaba los días esperando que me llamara por teléfono, y que llegara la tarde para estar con ella. A su lado, recuperaba la alegría; pero, al quedarme solo, volvían los celos, los pensamientos envenados y los demonios de la duda. La sangre hubiera dado, por tenerla conmigo el resto de mi vida. Quien no haya amado alguna vez así, no conoce la esencia del amor.

roan82@gmail.com

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