“Barcos de papel” – Capítulo 26 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Promesas inconsistentes.

Abrió el cajón de la mesita, sacó una caja de pastillas, se puso dos en la palma de la mano y se las llevó la boca; luego cogió la petaca que llevaba en el bolso y siguió bebiendo. Fuera de mí le arrebaté la petaca, vacié su contenido en el lavabo y la abracé. Ella se echó en mis brazos, haciendo esfuerzos para contenerse.

—Crees que estoy loca —dijo con voz temblorosa, y rompió a llorar—.

—No estás loca. Anda, ven, échate en la cama y descansa. Estás pasando un mal momento, pero lo vas a superar. Ya verás como sí.

—¿De verdad? ¿Y cuál es el secreto que me querías contar?

Me quedé pensando, le di un beso en la frente y le dije:

—Pero antes tienes que prometerme una cosa.

—De acuerdo.

—Prométeme que dejarás el alcohol y las pastillas.

—Lo prometo: no lo volveré a hacer. Pero cuéntame el secreto.

Aunque no sabía cómo empezar, pretendía que supiera el terreno que pisaba.

—Hace unos quince días me llamó Santamaría, muy enfadado. Dijo que apenas le hablabas. ¿Es verdad? Me insultó y hasta llegó a amenazarme. Tú no vives, no duermes. Te estás consumiendo como una pavesa, y así no puedes seguir.

Su respuesta me dejó de piedra.

—Berto, es espantoso, pero lo he hecho: le dije que pensaba dejar el trabajo, y se puso como una fiera. Tendrías que haberlo visto. Luego me suplicó que lo pensara y me hizo muchas promesas, pero no cedí. Le dije que tuviera preparada la liquidación al final de mes. ¿Te das cuenta? Estoy hecha polvo, pero se acabó. Dentro de unos días no tendré adónde ir.

Me costaba creerla. La conocía lo suficiente para saber que le fascinaba la ostentosa vida que le brindaba Santamaría, y se sentía atraída por sus promesas de forma irresistible. Era como el calamar que busca la luz incitante del señuelo, sin saber que tras aquella luz está la muerte. ¡Cómo se debería sentir para dejarlo! Yo sabía que un día u otro tenía que ocurrir así, pero no esperaba que fuera precisamente ahora. La vi tan afectada que comprendí que necesitaba mi consuelo como nunca.

—Olga, no te preocupes y no me preocupes a mí. Saldremos adelante, ya lo verás. Yo nunca me alejaré de ti. Mereces ser amada, y yo te amaré siempre. Dios quiera que algún día tú también me quieras. Eres preciosa, preciosa…

—¡Ay Señor! No digas eso, por favor.

Apoyó la cabeza contra mi pecho y se puso a llorar.

—Te guste o no, es la verdad. Sí, te quiero. Te quiero mucho y no tienes que preocuparte por nada. Buscaré dinero y te lo daré para que nunca te falte de nada.

—¿Lo dices en serio? ¿Cómo puedes quererme después de lo que te hago sufrir? Probablemente no podré se madre y nunca tendré un hijo entre mis brazos. ¿Sabes lo que eso significa? Tengo el corazón destrozado. Una mujer que no puede ser madre no es una mujer, es otra cosa: seguramente algo espantoso. Ya no me queda nada: he perdido mi vida y no quisiera perderte a ti, que eres lo único que me queda.

—No digas esas cosas, por favor.

—No sé qué hacer. Estoy perdida. Mari Luz dice que puedo instalarme en su casa y después ya veré cómo me las arreglo. ¿Te das cuenta por qué no dejo de beber? Anda, dame la petaca y bebe tú también.

Me dedicó una sonrisa muy triste, me cogió la cara entre sus manos y me besó.

—Berto, estamos locos.

—Eso creo yo también, pero es una bendición que nos queramos.

—Señor, Señor, ten piedad de nosotros —murmuró—.

roan82@gmail.com

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