“Barcos de papel” – Capítulo 24 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Voy a dejar a Santamaría.

Mientras conducía de vuelta a la pensión, mis reflexiones se trocaron en una constante desazón. Hacía más de tres años que vivía en aquel cuarto cochambroso que olía a sopicaldos de hospital, con una ventana por donde me llegaban todos los ruidos de la calle. Yo había venido a estudiar una carrera y a triunfar. Olga me gustaba, de acuerdo; pero no estaba seguro de que fuera capaz de renunciar a Santamaría. Con Olga estaba condenado a vivir en la pobreza, y yo detestaba la pobreza porque la conocía. Un niño pobre y triste no es un niño, es otra cosa: quizás un viejo prematuro, como quizás fui yo. Por eso siempre me han conmovido los versos de Neruda:

Junto a cada pobre,
me encontrarás cantando,
bajo cada sábana de hospital, imposible,
encontrarás mi canto.

Al llegar, le pregunté a Catalina que cómo se encontraba Olga y qué tal había pasado el día. Me dijo que se había levantado a media mañana, que se arregló un poco y dio unos paseos por la pensión, hasta después de comer que se encerró en su cuarto y estuvo oyendo música toda la tarde. Subí a su habitación, abrí la puerta sin hacer ruido y la encontré muy tranquila; parecía dormida. De pronto, se me pasó una idea por la cabeza: tuve miedo de que hubiera vuelto a la bebida y, con la excusa de poner un poco de orden en la estancia, abrí el armario, recogí unos discos tirados por el suelo, los coloqué sobre la mesita, miré detrás de las cortinas y hasta debajo de la cama; busqué por los rincones y, al no encontrar ninguna botella, respiré aliviado.

El hámster, como si fuera capaz de captar la gravedad del momento, dejó de mover la rueda de la jaula, adoptó una prudente compostura y me miró con ojos de honda y sentida gratitud.

Abrí la ventana para ventilar la habitación; chirriaron levemente las bisagras, Olga se despertó y, tras unos instantes en silencio, abrió los ojos.

—Olga, ¿estás mejor? ¿Quieres que eche la luz?

—No, por favor. Berto, ¿sabes qué estoy pensando?

—Dímelo tú.

—Voy a dejar a Santamaría. En serio. Buscaré otro trabajo y lo abandonaré de una puta vez. Paso de ese cabronazo. Lo tengo muy claro.

—¿Estás segura de lo que dices? ¿Tienes idea de adónde irás?

—No; pero así no puedo seguir. ¿No ves cómo me trata? No ha venido a verme. Ni siquiera sabe qué me ha pasado.

—Ya conoces mi opinión: a mí ese tío nunca me ha parecido trigo limpio. Te diré más; la gente, como él, es peligrosa.

Se quedó pensativa, suspiró profundamente, y siguió hablando.

—Aún no sé cómo hacerlo, pero lo tengo decidido: abandonaré a ese hijo de puta de una vez para siempre. Siempre ha tenido celos de ti y me ha preguntado muchas veces que si me acuesto contigo. ¿Te das cuenta? Nunca me ha querido. Me insulta; cuando pierde el control, me llama puta.

—¿De verdad?

—Luego se presenta con algún regalo; le digo que no podemos seguir así, y me invita cenar, me pide perdón y yo, como una tonta, lo perdono.

—¿En serio has decidido cortar con él?

—Sí, Berto, para siempre. No me quiere; es un egoísta sin corazón. Lo veo muy claro: a base de mentiras y promesas se ha aprovechado de mí y me ha convertido en su fulana. ¿No me ves? Estoy hecha una mierda. No me abandona porque soy joven; pero si encontrara otra como yo, me dejaría. Lo odio. No sabes cómo lo odio.

Sus ojos expresaban una profunda sensación de amargura. Me acerqué a ella y la besé en la frente.

roan82@gmail.com

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