“Barcos de papel” – Capítulo 24 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.-Un patinazo imperdonable.

Entonces, Roser hizo algo que nunca olvidaré: se levantó y se puso a mis espaldas, me cogió la cabeza con las dos manos, la estrechó contra su pecho y me llenó de besos. Sus manos olían al delicioso aroma de hierbas con el que le gustaba humedecerse las yemas de los dedos al salir de casa. Pero lo que me dejó helado es lo que me susurró al oído, a continuación.

—Alberto, ¿qué te pasa? ¿Cuánto tiempo llevas sin dormir? He visto que no paras de darle vueltas a la cabeza. Antes no eras así. ¿Qué te preocupa?

Traté de quitarle importancia a la pregunta. Improvisé una respuesta como pude y empecé a explicarle los hechos de forma indirecta, aunque con todo lujo de detalles. En una conversación, no hay mayor placer que contarle a la esposa los secretos de tu amante: los que lo habéis vivido sabéis que tengo toda la razón. Sentía una enorme sensación de peligro, a la vez que una extraordinaria complacencia al mencionar a Olga. Hablar del amor prohibido es un placer maravilloso, una locura en la que todos incurrimos alguna vez. Vilanova me había comprometido con Roser, pero yo no podía apartar a Olga de mi pensamiento.

—No es nada. Pensaba en una compañera de pensión. Hace cosa de un mes, me dijo, llorando, que tenía un terrible secreto que no lo podía contar a nadie. Creo que toma pastillas y ha empezado a beber. Una pena. Tuvo una fuerte hemorragia, el médico le dijo que estaba embarazada y la infeliz no sabía qué hacer. No me lo puedo quitar de la cabeza. Pobrecilla, por ese camino no llegará muy lejos.

—¿Quién es el padre?

—No estoy seguro, pero creo que su jefe. ¿No es tremendo?

—Me parece una locura. Yo no podría vivir en su situación. Creo que le cogería aversión al sexo y odiaría al hijo que llevara dentro de mí. No sé qué decirte.

—Por favor, Roser, no te lo tomes así. A veces, las cosas no son como parecen. Te asombraría ver cómo cambian las personas. Cuando las desgracias les ocurren a los demás, las vemos de manera diferente. Créeme.

—No sé qué decirte. Mi padre nunca me perdonaría una cosa así.

—No lo creas, Olga.

—¿Cómo me has llamado?

Me corrió un calambre por la espalda. ¿Cómo había podido cometer aquel error? Sentí miedo y pensé que empezaba a perder la cabeza.

—Perdona, Roser, es el nombre de esa pobre muchacha de la pensión. Iba a decirte que tu padre se pondría muy serio al principio y, durante unos días, le amargaría la vida a tu madre, poniéndote como hoja de perejil. Pero, al poco tiempo, pensaría en la boda, en el bebé, se le pasarían las preocupaciones y se le caería la baba cuando le llamara abuelito. Los hombres, como él, gritan mucho y parece que son capaces de llevarse a cualquiera por delante; pero, a la hora de la verdad, se ponen como flanes y se echan a llorar. Te lo digo, porque que yo también soy así: un emotivo y un sentimental sin solución. Los niños son una bendición del cielo que Dios nos manda por el medio que cree más oportuno.

—¿Tú lo crees así?

—Pues claro. Ya está bien de estrecheces y de represiones. Lo importante no son los procedimientos, sino el amor sincero y generoso. ¿No te parece? ¿No te parece mucho más hermoso este amor del que acabo de hablarte que el de esas parejas que pasaban la tarde del domingo aburridos, recorriendo la calle Mayor o sentados en un banco del parque sin saber de qué hablar…? La juventud debe ser rompedora para cumplir sus sueños e ilusiones. Tiempo tendremos de volvernos conservadores, de pasar tardes soporíferas aburridos frente al televisor, intuyendo amenazas y dificultades.

—¿Como mis padres?

—Como tus padres y como la mayoría de las familias. ¿Sabes una cosa? Mis abuelos tuvieron trece hijos y, según mi abuela, nunca permitió que mi abuelo la besara. Decía que eso eran cochinadas. ¿Lo ves? Seguramente, el cura de mi pueblo creía que tener muchos hijos era una cosa santa y buena; pero besarse y acariciarse era una indecencia. La mayoría de gente carece de criterio; todo depende de la moral en la que fueron educados.

Poco antes de las diez pagué la nota y la acompañé a casa. Me dio un beso y volvió a preguntarme si la quería. Detuve el coche en la esquina y le hice una vaga disertación sobre el amor, para arreglar mi desliz anterior.

—Roser, yo creo que los hilos del amor se enredan a veces como los hilos de una madeja. Piénsalo: no hay dos amores iguales. Unos nacen del afecto, otros de la pasión, del egoísmo, de la misericordia… Hasta hay amores que brotan del dolor y el sufrimiento. Esos son los más fuertes, pienso yo.

—Y el nuestro, ¿qué clase de amor es?

—Vaya pregunta. El amor no es un camino que sabes dónde empieza y dónde acaba. En el amor, nunca se está seguro de llegar al final del recorrido. Es algo difícil de entender.

—¿Qué quieres decir? Ahora me he perdido.

 —Quiero decir que cuanto más orden procuramos infundir a nuestros sentimientos más se complican. Eso no es bueno. Llevada al extremo, la reflexión excesiva puede llevarnos a la enajenación. Lo mejor es vivir. Vivir y amar.

Odiaba aquel juego tan hipócrita. Me hubiera gustado hablarle claro y decir la verdad, pero estaba seguro de que la haría sufrir. Tampoco soportaba la idea de perderla, y prefería dejar que fuera el tiempo quien pusiera las cosas en su sitio.

roan82@gmail.com

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