La carta – y 2

Por Jesús Ferrer Criado.

Nos dimos la mano otra vez y de pronto pareció que éramos familia. Él estaba realmente contento de haber encontrado una conexión con su pasado, un ancla después de haber perdido la brújula y alguien con quien conversar.

A partir de ese momento, su cara, antes seria y distante, se animó y todo fueron preguntas sobre personas de su época, gentes de Almería, la mayoría desaparecidas ya y desconocidas para mí.

—¡Ah, cómo ha cambiado la fisonomía de estos pueblos! Cuando yo marché de acá, era casi imposible ver un coche. Y las carreteras, para qué contarle.

Mientras él desgranaba sus recuerdos, yo intentaba localizar, en los míos, quién podría ser Gabriel Pardeza. Ese apellido no me sonaba de nada.

Él no paraba de hablar. Su mirada iba de la ventanilla hacia mí y de mí a la ventanilla, como si pensara en voz alta. Se le veían las ganas de explayarse, de soltar un enorme contenido de emociones que llevaba encerrado mucho tiempo.

—Marché de acá con veinte años, dejándolo todo. Primero a Madrid, luego a Londres, luego a Buenos Aires. Mi padre, que era un importante asentador de frutas, colega de su abuelo por cierto, se empeñó en alejarme por mi seguridad. Fue en la primavera del treinta y seis, una semana después de proclamarse la república, y la situación política estaba ya muy caldeada. Yo me había significado en algunas algaradas y mi padre me urgió a poner tierra por medio. Fue una verdadera espantada. No le importó que dejara a mi novia, mis amigos, mis estudios, mi propia familia… Él estaba pensando sólo en salvar mi vida. Para cuando terminó la guerra, yo estaba ya en Buenos Aires, donde unos contactos comerciales de mi padre me facilitaron abrirme camino. Y no me fue mal. Me acostumbré a aquello y, como las noticias de España eran tan negativas, allá me quedé. Me casé y enviudé. Ya le he dicho que mis familiares directos murieron casi todos, unos en la guerra, otros después, por la edad, enfermedades… Mi esposa y yo no tuvimos descendencia y una mañana, a poco de enviudar, me dije: «Gabriel, ¿qué haces ya acá? Toma un avión y vuelve». Fui cobarde por no haber vuelto antes, pero en el pecado llevé la penitencia.

Yo me estaba sintiendo incómodo ante las confidencias de una persona mayor que podría ser mi padre y ante el que no sabía qué decir. Le escuchaba con atención y totalmente serio. No se me ocurría otra cosa.

—Lo que más lamento es lo de mi novia. Pobre muchacha; ¡qué habrá sido de ella! Menudo golpe irse el novio, sin despedirse, de la noche a la mañana. Entonces, en el pueblo, no teníamos teléfono ni las facilidades de ahora y ¡éramos tan jóvenes! Cuando yo quería decirle algo, recurría a una chica que teníamos en casa ‑Adela se llamaba‑, que dejaba la carta o lo que fuera en un agujero del monte, que mi novia y yo conocíamos bien, pues nuestras fincas eran colindantes. Adela era nuestro cartero. Mi partida fue urgentísima y sólo pude enviarle una última nota desde la misma estación, con el tren en marcha. Después le escribí en varias ocasiones, pero tal como se puso la situación ni siquiera sé si le llegaron las cartas. Yo no recibí nunca noticias de ella y pensé que ni me había perdonado ni me perdonaría nunca. Me resigné con mi culpa y decidí guardar silencio y no interferir más en una vida que ya había destrozado. La guerra, la preguerra y la postguerra lo rompieron todo.

Conforme él iba añadiendo detalles, se me iba haciendo un nudo en la garganta no sólo por el asunto en sí y por el sufrimiento que veía en mi interlocutor, que se emocionaba por momentos, sino por algo que me estaba sonando a personal. Y yo seguía buscando afanosamente en mis adentros, Gabriel, Gabriel, Gabriel…

El resto del viaje fue un monólogo suyo, mezclando añoranzas, desilusiones y experiencias antiguas de un sitio y otro.

—No puede imaginarse usted cómo era la vida entonces —concluyó con una sonrisa triste—.

La ausencia de otras personas en el departamento propiciaba un ambiente confidencial, casi íntimo. Estábamos en abril y conforme nos acercábamos a la capital, mientras atravesábamos las vegas de Santa Fe, Gádor, Benahadux, el aroma dulzón del azahar invadía el departamento a través de la ventanilla abierta, dándonos una bienvenida especial.

—También en Argentina hay naranjos; pero éstos me huelen mejor —exclamó con fruición—.

Llegamos a Almería a media tarde; él se fue a un hotel ya reservado y yo, intrigado y excitado por el encuentro, me dirigí a mi casa. Antes de despedirnos, le entregué mi tarjeta, me ofrecí a todo lo que necesitara y quedamos en tomar café al día siguiente, en la cafetería de su hotel. Nos despedimos con un cálido apretón de manos. En tan poco tiempo, le había tomado aprecio.

Cuando llegué a mi casa, me fui derecho al trastero donde guardaba todavía libros de la escuela y recuerdos de infancia. Abrí la vieja lata de carne de membrillo, la de mis secretos, y leí de nuevo el descolorido papel. Me daba el corazón que se trataba de la nota de despedida que Gabriel Pardeza había escrito a su novia y que por algún motivo no la habían recogido. Se me ocurrió que podría ser una grata sorpresa, para él, recuperarla ahora. Tal vez me enterara por fin de quién era la misteriosa señorita “…sa”. O quizás me estaba adelantando a los acontecimientos y se tratara sólo de una falsa alarma. Pronto lo sabría.

Me recibió con una enorme sonrisa. Se le veía contento de encontrarse en su tierra, «para quedarse del todo», como había dicho. Seguramente quiso decir: «vengo a morir aquí». Me senté junto a él, llamó al camarero, nos sirvió y, después de algunos comentarios ligeros sobre los cambios que se apreciaban en la ciudad, le entregué, sin más, la carta.

—Tengo algo para usted, señor Pardeza. Tome y léalo.

Al decirle esas palabras, me dispuse a observar la cara del anciano, escudriñando su gesto más insignificante. En realidad, yo no podía saber a ciencia cierta si el Gabriel de la nota era o no era él; pero podría averiguarlo en unos instantes. Mis sentimientos eran una mezcla de satisfacción detectivesca por haber encontrado (?), al cabo de casi cincuenta años, al autor de la carta; y, por otro lado, cierta culpabilidad por someter a un anciano a una prueba que podría ser muy cruel.

Su cara, al leer la nota, pasó en segundos del estupor a la mayor tristeza y mientras se sujetaba la cabeza entre las manos y se deshacía en llanto, exclamaba desconsoladamente:

—¡No la leyó!¡Ni siquiera la leyó!¡Pobre Marisa!

Cuando pronunció ese nombre quien se quedó sin habla fui yo.

—¡Pero si…! —atiné a balbucear—.

Me contuve, me callé en el acto y dejé que el pobre hombre se desahogara mientras miraba una y otra vez el casi ilegible papel.

Le di una explicación convencional de cómo había encontrado la nota, haciendo hincapié en la casualidad del hallazgo y ocultando cualquier relación personal con la finca donde la había encontrado.

Marisa, María Isabel Orellana, tardó mucho tiempo en recuperarse de aquel abandono injusto que nunca comprendió. Incluso ingresó un tiempo en un convento de Granada. Se exclaustró y dos años más tarde conoció a mi padre. Se casaron terminada la guerra y tuvieron dos hijos: mi hermano Gonzalo y yo.

Mi abuela materna me había contado, con medias palabras, hablando de los horrores de la guerra y saltándose nombres y detalles, que mi madre sufrió mucho porque perdió a su novio en el frente. Me confesó que, desde entonces, mi madre, que sólo tenía dieciséis años, ya no fue la misma. Mi abuela terminaba siempre:

—Las guerras civiles son las peores. Se matan los propios hermanos entre sí. Y todo por la maldita política. Entre los que murieron en la guerra, los que mataron y los que huyeron, rara es la familia que quedó entera.

Ni a mi madre, ni a mi padre les escuché nunca comentario alguno sobre ese asunto. Mi madre murió hace ahora tres años y, al poco, le siguió mi padre. Por mi parte, ni entonces ni nunca, a pesar de que seguí frecuentando su amistad hasta que murió, le dije yo al señor Pardeza que la novia abandonada había sido precisamente mi madre. ¿Para qué?

EPÍLOGO

Mi amigo Matías no cuenta, seguramente por modestia, ciertos detalles que sus amigos conocemos y sin los cuales la historia estaría incompleta.

Don Gabriel Pardeza Sánchez, a los pocos días de llegar a Almería, dejó el hotel y alquiló un pequeño apartamento en el Paseo Marítimo, donde vivió hasta su muerte. Matías le buscó una señora para que tuviera el apartamento en orden y atendiera a don Gabriel en las cosas corrientes, comidas, ropa, etc.

Cada mañana, mientras la salud se lo permitió, nuestro hombre salía de paseo con su peculiar indumentaria de indiano y un bastoncito de bambú que acentuaba su aspecto extranjero, y subía hasta el café Colón, donde pasaba media mañana entretenido con el periódico y viendo a la gente pasar. Luego regresaba, paseando despacio, al apartamento a comer, echar la siesta y escribir una especie de memorias desordenadas que Matías recogió en su momento y que todavía hoy guarda celosamente.

Don Gabriel murió sin saber que su cuenta corriente se había acabado mucho tiempo antes y que era Matías quien corría con los gastos. También fue él quien se encargó de todo en los tristes momentos finales. En realidad, mi amigo trató al indiano como si fuera su padre: le acompañó, escuchó sus interminables historias, fue su ayuda de cámara, su enfermero, su guía, su paño de lágrimas y, en definitiva, su amigo.

Me contó Matías, muy emocionado, que la primera vez que visitó a don Gabriel en el apartamento le llamó la atención una foto antigua, muy descolorida ya, que había sobre la mesita de noche en un pequeño marco de plata. Era una joven, casi una niña, muy sonriente y tenía una dedicatoria que decía: Tuya para siempre. Como Matías se quedó mirándola e incluso la cogió para verla más de cerca, don Gabriel le aclaró:

—Es mi Marisa. Siempre he llevado esa foto en la cartera.

jmferc43@gmail.com

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