Finales de curso

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Me vienen recuerdos comparativos al ver una película en la que la profesora de música programa actos para fechas destacadas en los que muestra los adelantos habidos por sus alumnos en esa materia.

Declaro haber sido un alumno repelente (y encima con gafas), de esos que los demás compañeros no premiaban con sus simpatías, porque además no tenía las habilidades requeridas para ser verdaderamente un compañero; bueno, tal vez no sea esto del todo verdad; que tuve buenos compañeros que todavía me reconocen. Pero, que fui algo repelente, no voy a negarlo.

Venía parte de esa repelencia en que, en cuanto había algún acto institucional en la escuela, iba el director (por aquellos años, don José Antonio Fernández Pastor, hombre‑león) y echaba mano a mi facilidad para memorizar y recitar poesías, o en leer textos (con tono repelente, no lo olvidemos) previamente redactados por el referido. Esto era cosa normal por aquellos tiempos; y no era solo yo el utilizado; que se disponía de una verdadera “cuadra” de chicos para cubrir estos eventos.

Eran ocasiones que el colegio aprovechaba bien, para mostrar las habilidades que sus alumnos habían adquirido. También para premiarlos. La principal convocatoria, la de final de curso. No fallaba.

El final de curso era como un baremo de lo alcanzado, como un inventario, como el balance de cuentas. Y un estupendo escaparate propagandístico. Todo un acontecimiento, así entendido por todas las partes implicadas, incluidos padres y madres que acudían a la cita en perfecto estado de revista, como sus hijos.

Para el final del curso, estaba todo el pescado vendido; ya se sabía quiénes quedaban en un verano libre de recuperaciones o repasos y los que se chuparían (aparte de los pescozones del padre) un verano calentito, recibiendo clase, para no volver a cagarla en septiembre. Aún así, a la cita del fin de curso había que acudir. El acto culminante contenía varias fases: el discurso del director, fuese cura o no (o del repelente de turno, niño interpuesto); la entrega de premios al alumnado más aventajado (bandas, medallas, diplomas…); y varias actuaciones, como muestra del logro obtenido, de la eficacia educativa del centro. Eran actuaciones estrictamente académicas, recitados poéticos, representaciones más o menos largas y tediosas, cantos corales o conciertos instrumentales (rondallas, flautas…), algún baile clásico o regional (en los colegios de niñas) que los presentes aguantaban estoicamente y en actitud educada (que se tenía por desaire el levantarse a mitad del acto).

Lo anterior se completaba con otras muestras también interesantes. En los campos deportivos, podía presentarse una tabla de exhibición gimnástica (vaya aquí mi recuerdo de las que preparaba don Isaac Melgosa, monumentales), torneos y campeonatos diversos. En algún salón se exponían trabajos realizados (¡los trabajos manuales!) con esmero, dibujos y pinturas, maquetas, montajes… Todo era visitado y visto por el sector paterno, con el orgullo en los rostros, cuando alguna cosita llevaba debajo el nombre del hijo…

En apariencia, por esos días había armonía entre todos los componentes de la familia educativa.

Ahora y desde hace años, todo lo que ahí escribo parecería cursi, antipedagógico, generador de diferencias y afrentas, ademocrático y demás descalificaciones. Los nuevos vientos habidos y sufridos en el sistema educativo (y en la sociedad), ablentados y alimentados por talibanes de la equidad (hacia abajo) y por los políticos ansiosos de votos, han llevado a una degeneración casi total de los actuales fines de curso (al menos en los centros públicos); también colabora en esto la desmotivación del profesorado.

El plato fuerte suele ser la exhibición de los grupos de pequeñajos, que ‑hagan lo que hagan‑ siempre son graciosos y resultones, y los que atraen a padres, abuelos y demás familiares, que se pelean por ocupar los sitios más cercanos; en cuanto terminan los peques, se inicia la desbandada… Que alguien intente largar algún discurso y verá lo que le pasa (recuerdo a un presidente del AMPA, él tan en su papel y con su papel, que nadie le hacía ni puñetero caso). Y los demás cursos, casi siempre, obligan al profesorado a aceptar exhibiciones de bailes modernos; y, si se puede, que sean lo más sexis posibles; hasta sucede que algunos progenitores se prestan a ser ellos, a su vez, protagonistas en estos. Ni hablar, ni pensarlo, el que los escolares acepten otras cosas, un buen recitado, un entremés gracioso y bien conseguido, la muestra de sus conocimientos musicales…

¿A qué se reducen, pues, estos actos de fin de curso? A nada que no sea el puro alcance de las ansias adolescentes o al mero babeo de los abuelos, cuando ven a sus nietecillos. Luego, barra libre del AMPA, si por allí no campan los puritanos y legalistas (que nunca, y menos ahora, faltan). Y a esperar el siguiente curso.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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