Charanga y pandereta

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Por Mariano Valcárcel González.

Las tradiciones… ¡Ah…, las tradiciones!

Eso que se dicen tradiciones, cosas únicas y verdaderas, cosas establecidas e instauradas, cosas intocables si puede ser y, por ello, cosas que se necesitan defender para que nadie las altere, las contamine o, decididamente, intente acabar con las mismas. Lo cual es ya de por sí un sinsentido.

Que una tradición no se puede tocar y, menos aún, trastocar o eliminar así y como así. ¿Pero en qué estaremos pensando? ¿Hemos decidido acabar con lo más sacrosanto, con lo que afirma y confirma nuestra idiosincrasia, nuestro sentir y ser? ¿Hemos decidido acabarnos nosotros a nosotros mismos, o sea, suicidarnos así por las buenas y a la brava? ¿Hemos caído en tal decadencia…?

Las tradiciones. Cosas queridas, que tienen vida por sí mismas, sólo hay que regarlas periódicamente para que no se sequen y perezcan en el más absoluto anonimato, en el más absoluto olvido. Ese es y ha sido, a veces, el verdadero final de las tradiciones, la desidia de quienes debieron mantenerlas, siempre en alto y bien vigorosas. Las tradiciones no perecen, sino por la misma acción absentista de los hombres. Muere una tradición, porque ya nadie la mantiene. Y es que ‑algo que se nos olvida‑ la tradición tiene un principio y tendrá un final, como todo en este mundo.

¡Oiga, pues no sería esa una tradición verdadera! Puede que sí, puede que no. Lo cierto es que no era una tradición adecuada, ni vigorosa, ni arraigada; vamos, que tal vez, y desde luego, no era una tradición como Dios manda. ¿Puede haber tradiciones que no sean tales?

Pues, en verdad que pueden. Y más verdad es que, la mayor parte de lo que definimos como tradición, ni lo es ni se le parece. Muchas son inventos ocasionales de unos cuantos que, un día o fecha bien concreta, deciden hacer alguna gansada, pajolería o presencia muy evidente (o sea, ruidosa o procesional) de su presencia ante los demás de la localidad o comarca y ahí van; y, en repitiéndolo algunos años más, logran que los más crédulos, seguidistas o papanatas, les den venia de cosa ya establecida y, como tal, digna de ser calificada como tradición y, como tal, obtener todas las ventajas de esa condición.

Que sabemos que muchas han surgido por accidente o por mera pereza de quienes prefieren no complicarse la vida y siguen con lo que ya hicieron; que así va la cosa rodada. Entonces, ¿a qué largar esos gritos histéricos, cuando se intentan cambiar, alterar, mudar o suprimir ciertas conocidas tradiciones? ¿Tan de importancia fueron y son como para interpretar que, en su cambio o supresión, nos va la vida; que se nos hunde el mundo…?

Del cuento de la tradición, viven muchos. Se acomodan y la parasitan; que, realmente, la tradición les renta. Unos, por mantener una doctrina o regla que perpetúe su identidad, su estatus social, su posición; otros, porque la tradición les da de mamar en sus ubres, siendo como son administradores de la misma. La tradición es inmovilismo por su misma esencia genética. Por eso, es tan grata a todo lo que signifique perpetuación (y, da lo mismo, de quienes venga esa inmovilidad).

Que la tradición es historia viva, puede ser un argumento sorprendente. Efectivamente, todo evento tradicional, todo pensamiento tradicional, todo esquema tradicional es un continuo revivir algo pasado; al revivirlo, lo recordamos; mas no puede pretenderse que, al recordarlo, lo resucitemos, le demos nueva vida verdadera; a lo sumo, sería como la imagen del espejo. A los historiadores, las tradiciones les sirven de instrumentos para sus averiguaciones, para sus conjeturas y para sus tesis; a veces ‑también‑, para establecer la evidencia de hechos ya pasados, costumbres que se perdieron, situaciones sociales. Este aspecto de la tradición es muy interesante y válido.

Por otra parte, mantener ciertas tradiciones populares (o culturales, o sociales) nos puede hacer más humanos, porque así comprendemos a los que nos antecedieron y tratamos de empatizar con ellos. No es malo ‑siempre y cuando‑ mantener ciertas tradiciones que no choquen con los tiempos que se viven, que no nos vuelvan a las cavernas; eso no es tradición, sino barbarie. Así que, tildar algo de tradicional y que no se puede dejar de hacer, por el mero hecho de decirlo colectivamente, es necedad y engaño.

Para catalogar algo como tradicional ‑verdaderamente tradicional‑, hace falta algo más que una declaración colectiva; hacen falta años de persistencia y de autenticidad; hacen falta, a la vez, años de decantación y de estilización, de abstracción, si se quiere dejar indemne lo esencial, originario de lo espúreo; hacen falta sostenes que lo mantengan, sin altibajos o interrupciones significativas. Y ‑yo creo‑, sobre todo, hace falta que esa tradición tenga sentido (individual y colectivo). Lo demás será, pues… charanga y pandereta.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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