Herencia literaria

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

Un exceso de “amor por lo propio” no conviene confundirlo con el “amor propio”; pasional y detestable es el primero, y loable lo segundo. Siempre se ha dicho que todos los excesos son malos, como muy bien podemos observar en el caso que nos expone Ramón Quesada en el presente artículo. Se trata de un “amigo” ‑al que ni siquiera se digna nombrarlo‑, que amaba más los libros que coleccionaba que a su propia familia. Pero como todo tiene un final, el tiempo puso las cosas en su sitio y le dio un valor equitativo tanto a las obras materiales como a los sentimientos. Lástima que, a veces, sea tarde para rectificar.

Algunos escritores, antes de morir, ya han redactado su testamento literario y donado sus obras a personas, instituciones o aparecen en museos y bibliotecas como es el caso del carmelita y poeta San Juan de la Cruz. Que yo recuerde, la escritora franciscana María Jesús Agreda las donó al Convento de Concepcionistas de Madrid; Frank Kafka, escritor checoslovaco, a la Universidad de Filosofía y Derecho y al Instituto Alemán; el novelista Eduardo Acevedo Díaz, al Partido Blanco (Liberal) de México; Rabindranath Tagore, poeta dramaturgo, al Grupo de Poetas ingleses de Londres; y el clérigo y político Diego Fajardo Saavedra, a la Universidad de Salamanca. Decisión de estos intelectuales que siempre contaron con mi aplauso porque así los testamentarios de sus obras ya sabían para la paz de su alma, el destino de sus libros y, con ello, un posible freno a los intereses ajenos.

En cuanto a su aportación literaria, escrita durante muchos años, en su mayoría, está dedicada a mi ciudad que me apasiona. Por lo que no debe extrañar que mi legado literario, siguiendo la decisión de los autores que cito, irá a parar a mis hijos y que ellos lo utilicen o lo donen a Úbeda, pues pienso que este es un buen paso para que nada se pierda o caiga en manos impropias. Ya que mis hijos, oralmente, en mi sano juicio y en concilio familiar, así lo han entendido. Por lo tanto, y antes de que vuelva al polvo del que fui hecho, mi conciencia quedará satisfecha. Sabré, antes de mi ida, que todo lo mío no saldrá de la casa de mis hijos y de mis nietos. Y viene este tema a colación, porque he sido testigo sin querer de la disputa familiar de un amigo por una herencia de sus libros que, incluso, terminó con lesión de alguien por querer apropiarse, no sólo de los libros, sino del dinero que creían entre las hojas, porque jamás creyó en la garantía bancaria, ni en nadie que no fuese él mismo. Ahora hace tres años que falleció mi amigo, bibliófilo de afición y bancario de profesión. Se lo llevó Dios, sin esperarlo y sin haber querido nunca prestar ni un solo libro para leerlo ni a sus propios hijos. Bueno, pues, miren ustedes por donde, sus descendientes han dicho que no querían ni a su padre ni a sus libros, porque no tenían sitio ni en el corazón ni en los anaqueles. Sí que hoy uno, mañana dos, y todos después, los libros fueron a la basura sin respeto a su padre, autores y títulos, ya que esperaban que entre las hojas estuviese el dinero que ya el finado había entregado a un convento de las religiosas para que no le faltaran a su alma oraciones y misas, y así, gozar de la paz eterna en el cielo. Algo más que es imposible, porque no quiso ganarlo en vida con su acusadísima apostasía. Ese mismo tiempo hace que no veo a los hijos, porque era viudo, y sé de alguien dedicado al oficio de la basura, que se regala al recoger los libros útiles del contenedor más próximo a la casa de mi amigo el avaro, deplorable que, si no estoy en lo contrario, me parece que no leyó ni uno siquiera, ni le limpió el polvo a su librería por temor a echar alguno de menos en su recuento. Y gracias que no se han podrido en el muladar común, porque entonces sí que Úbeda hubiese perdido cantidad de libros de autores selectos y, entre estos, algún premio Nobel. Seguro.

(23‑07‑2005)

almagromanuel@gmail.com

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