Por Mariano Valcárcel González.
Hace unos días, la escritora Almudena Grandes, en su parcelita radiada de los viernes, leyó un texto que dijo no ser suyo, pero que se entendía como una descripción crítica a la situación política que se padece en la actualidad en España. Como fue radiado no lo pude copiar (y me hubiese interesado mucho, por lo que ahora escribiré).
En ese escrito leído, se venía a hacer una radiografía de la monarquía conservadora y su esclerotizado inmovilismo, que no podría sino llevar al país a una situación que podía terminar “en sangre”… De los movimientos emergentes, tipo revolucionario, tampoco esperaba mucho el escritor, confesando no ser muy confiado en sus resultados. Pintaba una situación agónica en la que hacían falta fuerzas con poder y sentido, para capearla y darle otra salida que no fuese la nefastamente prevista. Leído así el texto, sonaba de lo más moderno y actual… La baza sorpresuda se la guardaba Grandes porque, al terminarlo, aclaraba que era un texto ¡del año 1912, escrito por el gran Benito Pérez Galdós!
Y uno se pregunta cómo fuera la intencionalidad de la escritora actual, al ponerle delante tal documento. ¿Es así que estamos tal?, ¿se pueden extrapolar y aceptar para hoy las palabras de Galdós, de hace un siglo?, ¿tan poco, poquísimo, hemos avanzado, que más que avanzar supone un retroceso?, ¿somos tan gárrulos, cerriles y torpes que no hemos aprendido nada de nada, en tanto tiempo, los españoles?, ¿o esas fuerzas inmóviles, ancladas a pasados de los godos y a los autos de fe, pesan tanto como la losa del Valle de los Caídos…?
Me rondaba hace tiempo la comparativa entre la Restauración Borbónica de final del XIX y la Restauración Borbónica del último cuarto del XX. Porque, como tales restauraciones impusieron sistemas de Estado (Monarquía constitucional) y de Gobierno (alternancia de partidos) demasiado semejantes, como para considerarlo meras coincidencias históricas. Y aclaro que, desde luego, ni son iguales ni las circunstancias y las características reales de la actualidad son las mismas que en el periodo de la Primera Restauración; mas…
¿Qué se encontraba Galdós…?, pues un país bastante atrasado (en todo), en el que descaradamente las fuerzas conservadoras (que eran los partidos constitucionales apoyados en los monárquicos acérrimos y privilegiados, el ejército a su lado y con muchas ganas de que no se cuestionasen sus evidentes derrotas, una iglesia española católica ‑todo menos católica, o sea, universal‑ y una burguesía nacionalista y de negocios más interesada en sus monopolios y en sus cortijos regionales que en el desarrollo real del país) se oponían a todo lo que mermase sus privilegios o significase cambio alguno en esa situación, amén de no dejar e impedir a toda costa el acceso a cierto poder e influencia de la clase trabajadora. Para ello, se inventó un sistema de alternancia de poder que o salía o salía; o sea, que siempre se debía contar con que alguno de los partidos constitucionales estuviese en el gobierno; fíjense que no escribo Partido Conservador y Partido Liberal, o sus variantes, pues eran en realidad la misma cosa. Al sistema se le adjetivó “caciquismo” (palabra y concepto ya arraigados para nuestro mal). Los pucherazos (término también asumido) o la compra de votos estaban a la orden del día. Llevar a las circunscripciones a cuneros (otra palabreja al día) o a los parientes más o menos cercanos, era cosa común. Había un artículo constitucional que permitía incluso que, a candidatura única, fuese su nombramiento automático; así que pensarse que con el cacique en la puerta y sus matones al lado no sería nada raro que saliese el designado.
Maura, nombrado primer ministro, intentaría reformas que nunca se le aceptaron (¡ah, aquí el todopoderoso sable!, y la cruz en alto). Así que los emergentes, ese partido socialista, los anarquistas, los republicanos que no habían escarmentado del primer fracaso, lo tenían bastante difícil para hacerse valer. O sea que, si no querían ser revolucionarios, deberían utilizar el sistema constitucional legal y, si intentaban utilizar todos los accesos, les eran o negados o controlados.
En cuanto a lo social y laboral, ¿qué había…? Pues una situación insostenible. Y cuando se podía haber aprovechado la coyuntura histórica del enfrentamiento bélico mundial, exportando alimentos y equipo, en todos los órdenes, al capitalismo sólo le interesaban sus beneficios rápidos; ni cierto reparto de beneficios entre todas las capas productoras, ni modernización inmediata de las estructuras para afianzarse en el mercado internacional.
¿Les parece a ustedes que lo anterior fue y existió y se disolvió como neblina en lontananza?, ¿no les suena nada de ello para la actualidad?, ¿fue un maldito sueño; peor, una pesadilla ya superada? ¿Alguien sabe cómo terminó aquella ceguera institucional y social si es que se terminó? Algunos lo recuerdan, para mal, porque no sólo lo recuerdan sino que lo añoran. Y si no, véanse declaraciones de derechonas y derechones que ya profetizan la vuelta de la barbarie (y ellos salvándonos, pues).
Estamos a cuarenta años de la Segunda Restauración Borbónica. Mucha cabalgata para tan flaco rocín. Y al pobre, ni se le ha cambiado de pienso.