“Barcos de papel” – Capítulo 17 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Noche de fiesta en Bocaccio.

Barcelona ardía. Era una de esas noches en las que se despierta nuestro espíritu aventurero y vivimos sin pensar en las consecuencias de nuestros actos; una de esas noches en las que creemos que somos especiales y nuestra vida puede cambiar para bien, definitivamente. Era una delicia ver las calles tan animadas con Olga a mi lado, tras la ventanilla del Mercedes. Como íbamos en el asiento de atrás, le cogí la mano con disimulo y ella se me acercó. Percibía aquel fresco olor a mujer joven, que encendía mis sueños y despertaba mis fantasías sexuales.

Bocaccio te va a encantar —dijo Santamaría, volviendo la cabeza y dirigiéndose a mí—. ¿Sabes lo que tiene de bueno en mi opinión? Que allí te sientes de manera especial. Ya lo verás. Cuando quieras oír buena música y estar muy a gusto con alguna persona, llévala a Bocaccio.

—Debe de ser muy agradable —contesté—. Si me gusta, el próximo fin de semana llevaré a mi novia.

—¿Qué dices? ¿Tienes novia? —preguntó Olga, dando un respingo—. Mira la mosquita muerta qué callado se lo tenía. No habías dicho nada.

—Bueno, es que llevamos saliendo poco tiempo y tampoco he tenido ocasión de decírtelo. Es la compañera de facultad de que te hablé —contesté incómodo y nervioso—.

—Todos los hombres tienen sus secretos —intervino el doctor—, ¿verdad cariño?

La pregunta, además de una chulería intolerable, era una cruel provocación. Durante unos minutos se hizo el silencio. La esposa de Santamaría no respondió y, a los pocos minutos, el Mercedes se detuvo frente al número 505 de la calle Muntaner. Aunque aún no eran las doce de la noche, la acera estaba muy concurrida por un público numeroso y selecto que se trataba entre sí con familiaridad.

Hoy día, cuando paso por la puerta, no puedo evitar acordarme de aquella noche. Del local de moda, de la sala más célebre de una época irrepetible, solo queda un edificio de apartamentos en el que no hay rastro de aquel recinto maravilloso,hoguera de sueños, y refugio de pasiones clandestinas. Tenía dos plantas y se bailaba en las dos. En la de arriba, el volumen de la música se reducía considerablemente, la gente se sentaba a tomar una copa con tranquilidad, saludaba a los que llegaban y participaba en tertulias y corrillos. Mientras bajábamos a la segunda, Santamaría comentó que él estaba allí la noche que apareció Françoise Hardy acompañada de Salvador Dalí y su secretario, el capitán Moore.

La atmósfera era impresionante: espejos ahumados; puertas abatibles, como las del oeste; lámparas Tiffany’s, que expandían una luz acogedora sobre las mesas; moqueta de un color granate oscuro; humo de cigarrillos; camareros con bandejas repletas de vasos y botellas; sillones de piel acolchados de color rojo fuerte; tapicería en tonos dorados y rubí; brillo de copas con el logotipo de la sala y el ruido fascinante de los cubitos de hielo al quebrarse en las copas de whisky.

La gente parecía vivir una continua fiesta, charlaba, salía a la pista y regresaba a la mesa para seguir bebiendo. El ambiente era alegre y desenvuelto, las señoras exhibían el arranque de los pechos con una sonrisa estudiada, casi profesional; las jovencitas lucían unas minúsculas minifaldas, enseñaban las piernas sin el menor recato, fumaban, bebían y se divertían de lo lindo. Era gente sin problemas, jóvenes de familias acomodadas, que gastaban el dinero con esa tranquilidad del que sabe que no le va a faltar el día de mañana.

Otros estaban pendientes de los recién llegados, saludaban con falsa alegría y buscaban a algún incauto que pagara su consumición. Presumían con aburrida naturalidad, de lo que no eran: periodistas ‑aunque nunca habían escrito ni un mal soneto‑, actores y modelos sin contrato. Fantasmas y cantamañanas que vivían del cuento gracias a los amigos, a la espera de una oportunidad que no llegaba. Sus temas de conversación preferidos siempre eran los mismos: el odio al Régimen y a los curas. Se autoproclamaban de izquierdas y republicanos, ponían como hoja de perejil a la censura y soñaban con el día que España se liberara de aquella lacra. Entonces florecería de nuevo la educación, la creatividad, la literatura, el cine, la filosofía…

Santamaría levantó la mano, vino el camarero, pedimos las consumiciones y, al momento, volvió con nuestras copas. El doctor juntó las palmas de las manos y dijo como en un ruego:

—El mío con mucho hielo, por favor.

Olga apuró su gin‑tonic en un santiamén y se fue a la pista. Santamaría le pidió a su esposa que la acompañara y ella aceptó con desgana evidente. Al quedarnos solos, me rogó que me sentara a su lado para reanudar la conversación que habíamos interrumpido en el restaurante.

—Alberto, ¿ves cómo llevo razón cuando digo que no es bueno que haya mucha gente con dinero? Si cualquiera pudiera cenar en Reno y venir después aquí, Bocaccio no sería lo que es. No nos encontraríamos tan a gusto.

—Pero la doctrina social de la Iglesia —solté la frase con cierta petulancia— dice que los que más tienen deben ser solidarios y ayudar a los que menos tienen.

—Eso no son más que pamplinas y frases bonitas. Los problemas no se resuelven con oraciones; hay que trabajar y disfrutar con el trabajo. Problemas todos tenemos, pero cada uno debe resolver los suyos.

—Entonces, ¿usted no cree en la filosofía de los valores, en la ética, en la moral, en la caridad cristiana…?

—Todo eso está muy bien, pero las grandes lecciones no se aprenden en la Universidad, sino en la vida. Afortunadamente hay más personas buenas que malas y más pobres que ricos. Si no fuera así no podríamos vivir. Sé que está de moda defender al proletariado de los abusos de las minorías privilegiadas; pero todo el que tiene trabajo es un privilegiado si es emprendedor y competente. Si ningún escritor dice las cosas así de claras, es por una razón: nadie compraría sus libros. Créeme.

Saqué un cigarrillo del bolsillo del pantalón vaquero y él me dio fuego con un Dupont negro de laca china, con sus iniciales grabadas en oro. No era cuestión de ponerme a discutir sobre explotadores y explotados. Tenía que mantener las apariencias, si no quería ser descortés.

—¿Te apetece otra copa?

—De acuerdo.

roan82@gmail.com

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