Llegar a las periferias

Por Pedro Pablo Vico Robles.

«Salvar a los descartados»

El Papa Francisco usa esta expresión para referirse a los desfavorecidos, los descartados y afectados por la indiferencia. En la escuela, en la educación, también se da este fenómeno.

El Papa se refiere a los alumnos difíciles, que no obedecen, problemáticos… que, pasados los años, pueden encaminarse hacia actitudes y formas de vivir negativas, de exclusión…, y aconseja que los rodeemos con el manto de la benevolencia y la comprensión.

Coincido y valoro mucho lo expresado por Francisco recientemente en una audiencia a los profesores católicos de Italia. En la escuela, en los grupos‑clase, además de producirse la trasmisión de los contenidos de aprendizaje, existen unas relaciones interpersonales, bien hacia el grupo de alumnos, hacia una persona concreta o entre los miembros del grupo. Y, en el conjunto de relaciones en grupo o personalmente, existen actitudes, opiniones, formas de comunicarse que producen efectos positivos o negativos a los escolares, a los educandos.

Nunca se puede separar lo que es propiamente aprendizaje (transmisión de los elementos científicos y culturales de una sociedad) y la educación. Las actitudes hacia los alumnos, el modo de contemplarlos, de valorarlos, de comunicarse con ellos, de tenerlos en cuenta, producen efectos importantes en su persona.

Hace muy poco, me presentan a un niño (etiquetado de problemático, difícil ‑con medicación‑, irascible…) y me dice el profesor que tiene mal día y no quiere hacer una hoja de cálculo. Bien, lo saludo, le digo que se ponga junto a mí. Observo que tiene la hoja con multiplicaciones, pero no hace nada. Está tenso. Pienso que está en situación de conflicto. No es feliz .Digamos que tiene que hacer algo “a la fuerza”. Lo miro y le pregunto:

—¿Sabes hacerlas? Si no sabes, te ayudo.

Contesta que sí. A otro niño del grupito de refuerzo, le digo que le ponga una positiva (un pequeño incentivo positivo), porque está callado y comienza a hacer la primera operación. Esto le agrada. Un mensaje positivo para su persona. Pero, de ahí no pasa, sigue en conflicto. Al poco, los otros dos o tres niños a los que ayudo, marchan a clase y él se queda solo. Lo llamo y le digo:

—¿Alguien te ha dicho a ti que eres muy importante?

Y contesta:

—No.

Le digo:

—Pues para mí eres de los más importantes. Si hacemos un taller de plástica, tú serías mi primer encargado, porque sé que eres listo. ¿Te ayudo en las multiplicaciones…?

No hizo falta; las sabía hacer mejor que yo. Y las hizo demostrando que no era tonto.

¿Qué había ocurrido? Quizás que yo contemplé a su persona y la persona es algo muy, muy importante. Así de fácil.

Da pena cuando vemos a estos niños, con cierta inmadurez (sin culpa de ellos); más bien consecuencia de circunstancias familiares o de otro tipo… (de ciertas carencias). Pienso que en el fondo ellos se enfadan al ver a su persona no tenida en cuenta. A veces no pueden ‑literalmente‑ seguir el ritmo del grupo; se desfasan. No entienden ciertos conceptos; no siguen, pues, el ritmo de la clase y, lógicamente, se aburren o se sienten en ridículo .Y entonces, como la clase no tiene mucho sentido para su persona y no se sienten bien, hablan, ríen, se mueven, molestan…

Ya hemos comentados otras veces la importancia de que el tutor entienda lo que ocurre y les manifieste su apoyo, su predilección, su cariño .Y que sea benévolo con ellos. Y, sobre todo, que no caiga en la deplorable tentación de condenarlos, de descartarlos, tenerles manía, desafecto, etc.

En primaria, estos niños han de ser “los más importantes” para el tutor. Son los desfavorecidos, sin culpa, desprotegidos… Son niños, por lo general, con una cierta o, a veces, acusada inmadurez afectiva y pueden tener algún retraso en el desarrollo de la motricidad, sobretodo la fina, de lectura, cálculo, a veces asociado a déficit de atención, concentración; niños inquietos, algo nerviosos, que les cuesta bastante permanecer quietos, tranquilos… de tal forma que a ellos ‑solos‑ les resulta difícil o muy difícil seguir el ritmo normal del grupo.

Sólo el tomar conciencia de ello por parte del maestro y cubrirlo con el manto del apoyo, la ayuda, el refuerzo, la comprensión y, sobretodo, la personalización… (valorar, por encima de todo, a su persona), puede hacer que no entren en la vieja y negativa espiral de acción negativa ‑respuesta negativa (la clásica y negativa acción‑reacción)‑, que es, entre otras cosas, nada inteligente…, más bien primaria, poco equilibrada e inmoral.

Si nos fijamos, solo con los medios meramente humanos de la pedagogía y psicología tradicional, pienso que es difícil arreglar, resolver, subsanar los problemas y dificultades de estos niños, pre‑adolescentes… etc.

¿Cómo gestionar el sumatorio de dificultades citado por encima anteriormente? Además de los problemas y carencias expuestas, también hay que contemplar las que provienen del ambiente familiar (ausencia paterna, materna, falta de tranquilidad afectiva en el hogar ‑falta de paz‑, actitudes autoritarias, falta de límites, de normas…, etc.).

Creo que olvidamos algo de suma importancia. Si el educador utiliza solo estrategias puramente humanas como el diálogo, la reprensión, la sanción, el apoyo psicológico, el refuerzo… puede que no logre normalizar, “salvar”, resolver la problemática de estos niños, chicos…

Existe otros elementos, otra dimensión, otra fuerza más importante que las citadas: son los valores. Sin estos, no lograremos ser persona. Pero hay uno, que citaba Einstein en una carta a su hija: el amor. Es el valor más elevado, importante y valioso de todos. Decía Einstein que Dios es amor…

Es con este enorme valor, el amor, con el que tenemos que actuar y ayudar… a estos niños.

Se trata de “regalarles amor”, a su persona: mirarlos con amor, con comprensión, conociendo sus circunstancias. Darle importancia a su persona. Ver lo positivo que tiene (todos tienen dones, aspectos positivos…). Se trata de mirarlos con misericordia, con compasión, pensando  ‑con la inteligencia‑ que no son “malos o negativos” por si y nada más, sino que son el producto de muchos factores personales, familiares, etc., que los sobrepasan y de los que, en gran parte, no tienen culpa.

Se trata de mirarlos no con manía, desafecto, indiferencia. No. Mirar positivamente a esa persona. Mirarla con amor, para, así, ayudar a “salvarla”.

Es lo que hacía Jesús de Nazaret con los pecadores, mala gente. Con Zaqueo, Mateo, que no eran buenos, ni justos; eran ladrones, inmorales… Pero Él los miraba con amor, con compasión, con misericordia. Amaba a su persona, no lo que hacían.

Sin esta nueva perspectiva hacia los problemáticos, los “descartados”, los no queridos, será muy difícil sacarlos del rol en el que muchos ya han entrado y del que ellos solos no podrán salir.

Y es que el maestro, el profesor, ha de ser también, en primer lugar, educador y, como tal, ha de ser una persona formada, con valores, además de sana, madura y equilibrada.

Los valores, harán que sean personas positivas, que miran y actúan en positivo.

Con esta nueva perspectiva, con esta nueva visión, será mucho más fácil avanzar en la normalización y mejora de ellos, de su conducta y de sus resultados en el trabajo, en el aprendizaje…

Estos alumnos deberán ser la prioridad de los profesores. Habrá que darles una opción preferencial en su actuación como educadores. No podemos “descartarlos”, pasar de ellos, sino apoyarlos, valorar su persona y sus aptitudes positivas, pues solos, sin nuestro apoyo y el del resto de la comunidad escolar, difícilmente podrán normalizar su conducta, sus actitudes y su resultado de trabajo.

Los niños o chicos que han sido tratados así por buenos maestros, por buenos profesores, no se olvidan jamás de lo que hicieron por ellos: fundamentalmente, respetar a dicha persona y regalarle amor.

pedrovico24@hotmail.com

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