“El rayo que no cesa”

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Permítanme que con este título una a dos de los más grandes poetas contemporáneos, que nos arrebataron cuando estaban en condiciones de ofrecernos lo mejor de su obra. Me refiero, claro está, a Miguel Hernández, autor de “El rayo que no cesa”, que ‑después de recorrer varias cárceles‑ murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante. Fue una muerte lenta e inhumana que en poco se distingue de un verdadero asesinato. El otro poeta fue Federico García Lorca. “Pasado por las armas”, según la declaración oficial, por orden de las autoridades franquistas en los primeros momentos de la rebelión militar que llevó a la Guerra Civil.

Efectivamente, el asesinato de García Lorca es un rayo que no cesa en el corazón desalmado del franquismo. Es un rayo que rompe cualquier intento por disipar la autoría de tan execrable crimen.

La Cadena SER ha publicado el Informe de las autoridades policiales de Granada el día 9 de julio de 1965, en donde se aportan las razones que llevaron a las autoridades (políticas, militares, policiales) de Granada, encabezadas por el gobernador civil de la ciudad, el comandante Manuel Valdés Guzmán, personaje muy activo y determinante en la ejecución del poeta. Este consultaría con el caudillo militar de la rebelión en Andalucía, el general Queipo de Llano, quien confirmaría que se le diera café, mucho café, al detenido. El Informe está relacionado con el interés mostrado por la investigadora francesa Marcelle Auclair. Movilizados los ministerios de Asuntos Exteriores (José María Castiella) y de la Gobernación (Camilo Alonso Vega) por la petición de la autora francesa, se realizó el Informe policial reseñado, aunque con la obligación, impuesta por el amigo íntimo de Franco, Camilo Alonso Vega, de no hacerlo público. Hace unos días, finalmente, ha sido dado a la luz, desvelando lo que ya se conocía por otras fuentes. El Informe esgrime (o exhibe) tres “delitos” cometidos por el poeta que “justifican” su ejecución: era masón, era socialista y cometía actos de homosexualismo; aunque, según el informe, nunca se pudiera probar esta actividad.

Dentro de la masonería, el poeta respondía al nombre de Homero. Un timbre de gloria para cualquier poeta o escritor tener como punto de referencia el del poeta y novelista griego, autor de la Ilíada y la Odisea, cuando la historia empezaba a dar sus primeros pasos hacia la civilización.

Era discípulo del socialista Fernando de los Ríos, catedrático de la Universidad de Granada y ministro de Justicia y Educación con la República. Uno de los dirigentes socialistas más íntegros de la II República, defensor de un socialismo humanista. Aquel que, con motivo de su viaje a la Unión Soviética, preguntó a Lenin que ¿para cuándo la libertad? Y éste le respondiera: «Libertad, ¿para qué?». Estaba ligado a la Institución Libre de Enseñanza a través de su tío Francisco Giner de los Ríos, otro referente ético de la Historia de España. Era un intelectual comprometido con los más débiles, hasta el punto de ser bautizado por las clases populares como “el nuevo Cristo redivivo”, que viene a redimir a los pobres. Un modelo de ética en los principios y en el comportamiento. Este fue el maestro de Federico. Un gran delito, sin duda.

Y su homosexualidad era bien conocida por todos. Pero, en esa pretendida sociedad de machos alfa (los discursos de Queipo de Llano son bien elocuentes), no cabía un homosexual como García Lorca que, además, era masón, socialista y poeta.

Sigue diciendo el Informe que habiendo “confesado” el poeta (ya sabemos cómo obtenía las confesiones la policía franquista de entonces y de siempre) y confirmándose los tres delitos de que se le acusaba, fue dada la orden de «ser pasado por las armas» junto a otra persona, siendo enterrados ambos en el término de Víznar, a 2 km de la Fuente Grande, en un lugar de difícil localización. Aunque no dice quién, en concreto, dio la orden del fusilamiento, queda claro que fueron las autoridades sublevadas y no el resultado de una reyerta entre homosexuales (diré la palabra más fina).

Aunque hay algunos elementos del Informe que se prestan a controversia y que, quizás, no recojan exactamente la verdad de lo que sucedió, es indudable que desvela con claridad las claves fundamentales del proceso. Ser masón, poeta, socialista y homosexual era firmar una condena a muerte.

En opinión de Ian Gibson, uno de los mayores conocedores de la obra de Federico García Lorca, cuando el poeta se atrevió a decir que la burguesía de Granada era la peor de España, se estaba condenando, porque su críticas atizaron el odio de las clases pudientes de la ciudad. Ni siquiera sus íntimos amigos, los hermanos Rosales, falangistas de la primera hora, pudieron hacer nada por evitar su muerte. Posiblemente, era una cuestión del nuevo estado, un principio eterno (el «viva la muerte» legionario de Millán Astray y Franco) de esa España nueva que empezaba a amanecer.

Me contaba un viejo amigo que en los cines de Granada, cuando se cantaba el Cara al sol después del NO‑DO, entre los cánticos patrióticos, se mezclaban voces que decían: «Nos habéis matado un premio Nobel».

Sea o no cierta la anécdota, no cabe duda de que la luminosidad de sus versos, la belleza y elegancia de sus imágenes poéticas, su desbordante imaginación, hacen que, sin desmerecer su teatro, García Lorca sea el elegido entre los principales poetas españoles de todos los tiempos. Por eso, no hay ninguna duda de que García Lorca hubiera acompañado a Juan Ramón Jiménez y a Vicente Aleixandre en el cielo poético de los Premios Nobel.

Cartagena, 1 de mayo de 2015.

jafarevalo@gmail.com

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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