“Barcos de papel” – Capítulo 15 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Juguetes del viento

Una historia que pudo ser la tuya.

1.- Olga.

Serían las doce de la noche cuando se presentó en mi cuarto sin llamar, como era su costumbre. Traía en la mano un racimo de uva y, cuando abrí los ojos, sin pronunciar palabra, me puso un grano en la boca con la punta de los dedos. Tenía muy buen aspecto y se la veía muy alegre, con apariencia de haber descansado. Llevaba unos pantalones vaqueros bastante anchos, un jersey azul de cuello vuelto, y mocasines.

—Acabo de dejar la maleta y aquí me tienes. ¡No te quejarás!

—Estás guapísima —fue lo primero que dije, con los ojos medio cerrados—. ¿Dónde has estado?

—En Tarragona, en un congreso de médicos con mi jefe.

Me cogió la mano, me besó, y me preguntó cómo había pasado las Navidades. Si me había divertido y si me había acordado de ella. Le dije que había estado muy bien y ‑para provocar su curiosidad‑ que había conocido a muchas chicas.

—¿A alguna en especial?

¡Había dado en la diana! Aunque algunas veces pensaba que sus halagos no eran más que una pasión vacía, en aquel momento creí que su pregunta era una prueba de amor incuestionable. Por eso, para demostrarle que ya no estaba solo y averiguar su interés por mí, estimé que era el momento adecuado para hablarle de Roser.

—Bueno, en realidad es una compañera de facultad, con la que tengo una relación muy interesante.

—¿Cómo se llama?

—Roser.

—¿Te gusta mucho?

—Creo que sí.

—Pero nosotros seguiremos siendo amigos, ¿verdad?

Se sentó en la cama, se acurrucó entre mis brazos y se apretó contra mí como buscando refugio y consuelo. Puso en mi boca otro grano de uva y me dijo:

—Tenía ganas de verte. Soy muy feliz cuando estoy contigo.

—Yo también.

—¿De verdad? Quiero pedirte un favor; pero dime primero que no te negarás.

¿Qué se le habría ocurrido? Seguro que intentaba jugar conmigo ‑vergüenza me da decirlo‑, porque no conocía a nadie más ingenuo que yo. Era como esos gatos malcriados que aparentan una felicidad dulzona cuando los acaricias; pero, al poco rato, te miran con desdén y se alejan de ti. De todas formas, intenté no ceder.

—Depende de lo que sea. Si no me lo dices, no puedo prometerte nada.

—No, Berto, por favor. Tienes que asegurarme que lo harás. ¿No dijiste que serías capaz de hacer cualquier cosa por mí? No puedes negarte. Tienes que jurarme que harás lo que te pida, sea lo que sea. ¿Vale? ¿Lo prometes? ¿Lo juras?

—Dime de qué se trata.

—Verás, tengo una amiga que dice que mi jefe nunca dejará a su mujer ni a su hijo. Que sólo quiere utilizarme y reírse de mí. ¿A ti qué te parece?

—Ni siquiera lo conozco. ¿Qué te puedo decir?

—Bueno, en realidad… tampoco es lo que aparenta. A veces puede ser muy cariñoso. Es… un tío fabuloso. Seguro que te caerá bien cuando lo conozcas.

—No tengo ningún interés en conocerlo.

—No digas eso. ¿Sabes? Le he hablado de ti. Dice que tendría que salir con gente de mi edad, y tener amigos como tú. ¿No te gustaría conocerlo? Podrías venir algún día a tomar una copa con nosotros. ¿Sabes? Tú eres un tío. Los tíos tenéis más vista para estas cosas, y podrías decirme si crees que dejará a su mujer.

—¿Dejar a su mujer? Tú estás loca.

—Me lo ha jurado. De verdad, tienes que conocerlo. ¿Vale?

—No sé; tendrías que avisarme con tiempo. Estoy muy atareado con los exámenes y, además, tengo mucho trabajo.

—Sería fantástico si vinieras. Tú me dirías si me está engañando. Anda, hazlo por mí. Necesito que lo hagas. No sé si le puedo creer.

Conocer a un miserable como Santamaría no era una fiesta. Cuando Olga me hablaba de él me ardía la sangre de indignación y, a duras penas, podía dominar el odio que sentía. Intenté negarme o, al menos, darle largas para eludir el compromiso, porque sabía que Olga estaba jugando conmigo; pero era incapaz de negarle nada.

—No me gusta el asunto; pero déjame que lo piense.

—Gracias, Berto: siempre dices que puedo contar contigo. No sé qué haría sin ti.

 

roan82@gmail.com

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