Videntes, vivos y vivales

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

En este artículo, nos conduce Ramón Quesada al eterno dilema de las apariciones marianas. Se refiere a la visión de la Inmaculada en la cueva del Contadero, en Los Villares (Jaén), que se inician en el año 1987, el día 9 de cada mes, siendo la única vidente Flora Ruiz, a quien ha ido apareciéndosele, ininterrumpidamente, en su visita mensual, hasta nuestros días. No olvida nuestro querido Ramón la picaresca que acompaña a ciertas, supuestas, revelaciones de esta naturaleza.

A Pepe Quesada Torres.

Cuando cogí el teléfono, oí una voz harto conocida que me hablaba de la presteza del que se propone acabar pronto; y creo que, por motivos obvios, Telefónica sabe. Era mi buen amigo maese Gumer que, lacónicamente, me preguntaba:

—¿Te acuerdas de la “Calicha”, aquella sibila que todo lo adivinaba? Pues, ha muerto —me dio “memorias” para mi familia y me cortó—.

Carmen, que así se llamaba la apodada “Calicha”, fue una no mal intencionada mujer con carácter entre meloso y sargentil, viuda y con varias hijas entre los dieciocho y los diez, a las que tuvo que alimentar como pudo a raíz de la guerra. Y fue “adivinando” dónde estaban los difuntos de su “clientela” y, “hablando” con estos, como se ganaba el pan de cada día. Inclusive el pueblo, sabio y serio, reveló que veía a la Virgen.

La verdad es que nunca ha sido fácil a estos “elegidos” hacer que las gentes los crean; menos la Iglesia, claro.

Poniéndome en plan circunspecto, cuando el labrador Juan Martínez descubriera la imagen de la Virgen de Guadalupe de Úbeda, tuvo que andar la Ceca y la Meca para que su pueblo y el estado clerical le creyeran. Otra Virgen, como es la patrona de México, también a Juan Diego se le cuestionó su aparición, y así una serie de sucesos mariológicos sin salir siquiera de Jaén. Entre las apariciones más recientes, siempre dentro de la provincia, tenemos un caso en la tierra del legendario patriota Pedro del Alcalde, o sea en Los Villares, donde cada día nueve, llueva o rabie, se repiten los hechos. Allí, en la cueva del Contadero, Flora Ruiz, célibe ella, con los ojos cerrados para ver sólo el mundo de Dios y no el de los humanos, en presencia de creyentes que llegan de diversos villorrios, aldeas y grandes urbes, sube hasta la cueva para tener contacto espiritual con aquesta otra Señora que hasta ahora sólo ella dice ver. Las gentes la creen a pies juntillas y no les preocupa demasiado que María de la Cueva se les aparezca o no como a Flora. Y es que lo importante para estas buenas criaturas está en los principios de la fe, como es creer sin ver, y seguir, en esta cuestión, las indicaciones y obedecer sin una duda las palabras de la médium, que, según dice, son las propias de la madre de Dios. «Por tu pureza, María, salva a España, Madre mía», parece que es la exhortación que repetir para que la Virgen se pose sobre la roca y hable con la afortunada villariega. Se comentan los milagros y, por la creencia que Flora ha inculcado en quienes la siguen, son muchos los enfermos e inválidos que en su cuerpo han experimentado los favores divinos.

«Fui arrebatado en espíritu el día del Señor y oí tras de mí una voz fuerte, como de trompetas, que decía: lo que vieres, escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias». (Apocalipsis. San Juan. Capítulo I.10‑11).

Por lo pronto, lo que ocurre en Los Villares habrá que escribirlo. Y si no en el libro de los santos, sí en el de la historia de esta villa. Y que Flora se aclare de una vez por todas y nos dé una explicación más exhaustiva, más persuasiva.

La misma Teresa de Jesús, en todas sus visiones, se preguntaba: «¿Podré ahora persuadir a los incrédulos?». Y es que el pueblo, después de las visiones entrañables de la cara de Cristo, comenzaba a pedirle detalles. Por eso, que a Flora sea justo pedirle esa puntualización, pues los indecisos de sus percepciones están, como el pueblo de Santa Teresa, necesitados de un mayor fortalecimiento para admitir los acaecimientos de los que es protagonista.

La vida privada de esta vidente es digna de encomio. En su casa, cerca de un altar dedicado a la Virgen, repleto de flores y de plegarias, Flora Ruiz, joven aún, hace vida normal con su madre ciega, caracterizándose por ser una persona muy recogida que le ha gustado siempre la paz y la intimidad de su hogar.

Desgraciadamente, hay también videntes distintos a las generosas aportaciones de fe de esta ciudadana de Los Villares. Al lado opuesto que digamos; la otra cara, como es la de un vidente ya mayor que embauca a badulaques y mastuerzos con sus “genialidades”, anunciando en la prensa sus favores. Pero como el demonio anda suelto, fue detenido en Madrid, en agosto, como autor de un presunto delito de estafa, al cobrar más de un millón de pesetas por “curar” a una clienta, a quien diagnosticó estar poseída por espíritus malignos. O aquel otro, denunciado por una joven que, recibida en casa de este que decía estar diplomado, después de echarle las cartas y decirle que tenía el diablo en el cuerpo, quiso cobrarse metiendo mano en las intimidades de la moza. El tortazo le llegó a la conciencia; de los que siguen picando hasta detrás de los barrotes, que es donde mora el “gachó”.

Yo, en estos casos, soy de los prudentes. Y hasta puede que un tanto incrédulo, cauto, no convencido ‑aún‑ por estos videntes, vivos y vivales.

(01-09-1993)

 

almagromanuel@gmail.com

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