“Barcos de papel” – Capítulo 12 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Por duros que parezcan, todos los hombres son humanos.

No sé por qué tuve la sensación de que algo así podía suceder. Fue como un presagio. Al cruzar la delgada garganta que penetra en el valle, ocurrió lo inesperado. Faltaban unos trescientos metros para llegar al santuario; el tren se adentraba en un gran circo de nieves y ventiscas, cuando ‑de pronto‑ chasqueó la cremallera varias veces; el maquinista trató de reanudar la marcha, sin resultado, y el tren se detuvo. A lo lejos, varado en aquel océano blanco e inmaculado, se adivinaba el contorno secular del santuario convertido en hotel. La nieve acumulada llegaba a la mitad de la cabina; la gente soliviantada no sabía qué hacer; y Escudé, muy activo, intentaba infundir tranquilidad a los viajeros.

—Señores, el tren no puede continuar, pero no se inquieten. Bajen los equipajes con cuidado, formen una fila en dirección al hotel y, en caso necesario, pidan ayuda.

Después de los naturales momentos de protesta, la gente empezó a bajar sus equipajes. Hay días tristes y días desoladores. En eso pensaba yo, mientras volvía a ponerme el impermeable en medio de aquel caos: tenía los calcetines mojados, los zapatos para tirarlos y el traje como una sopa. De pronto, aparecieron los profesores de la Escuela, con sus esquíes y sus equipos azules, levantando los brazos, saludando a los chicos, y ayudándoles a transportar los equipajes. Hacía un frío negro. Caminar trescientos metros vestido de aquella forma, con la nieve por encima de la rodilla, era un suicidio. Tenía tanto frío que estaba a punto de echarme a llorar; sentía una infinita compasión hacia mí mismo y no era capaz de salir de aquel infierno, cuando de pronto tuve una idea feliz, que me salvó. Mientras bajaban los últimos pasajeros, entré en la cabina del maquinista, vacié el contenido de la maleta, me quité el impermeable, la chaqueta, la camisa, los pantalones del traje y los calcetines de nailon y me quedé casi desnudo. ¡Cómo no me helaría! Los dientes me castañeteaban mientras, a toda prisa, me ponía el equipo que me había prestado Berrocal: el anorak, el pantalón de látex, las botas de esquí y los complementos que había comprado en el mercadillo: las gafas amarillas, el gorro de lana, unos guantes de skay ‑imitación piel‑ y alguna cosa más.

El maquinista se había dejado la puerta abierta y las fuertes ráfagas de viento llenaban de nieve la cabina. En mi vida he pasado tanto frío. Guardé en la maleta los zapatos, el impermeable, el traje y la bufanda; y, antes de salir, me miré en el cristal de la ventanilla: de frente, de perfil, alcé la barbilla, compuse una sonrisa seductora y me bajé pensando que aquella indumentaria no me quedaba mal. Al verme la señora del abrigo de visón se santiguó, mientras decía en voz alta:

—¡Deu meu, Senyor!

Me delató la maleta. De no haber sido por ella, ni Escudé me hubiera reconocido. Los pasajeros me miraban como si vieran un fantasma. Me quité las gafas y Escudé no pudo ocultar una sonrisa. Luego me observó con detenimiento y se echó a reír sin disimulo. No me lo tomé a mal: en el fondo, todos los hombres son humanos por muy duros que parezcan. Volvió a mirarme y me dijo en tono afectuoso:

—¡Vamos, delegado! ¡Vamos!

Y se alejó entre la caterva de chiquillos que iniciaban la marcha hacia el hotel. Seguía nevando. En todo el viaje, no había parado de nevar. Yo iba de los últimos, tras la señora de visón y su marido.

—¡Allez! ¡Allez! —repetían los profesores, como una cantinela para darnos ánimo, mientras la caravana empezaba a moverse—.

Los mayores ayudaban a los pequeños y éstos arrastraban las mochilas sobre la nieve virgen. Parecían animalillos agotados. De cuando en cuando, yo también voceaba «¡Allez! ¡Allez!» para infundirme ánimo. El viento nos seguía azotando, pero en medio de aquel cielo blanquecino se empezaban a ver los muros del santuario, cada vez más cerca. Parecíamos un ejército en derrota. Más de veinte minutos tardaron en llegar los primeros y, poco después, todos los demás alcanzamos el apeadero.

 

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