Feliz año nuevo

Por Mariano Valcárcel González.

Los buenos deseos y los auspicios para el futuro año dos mil quince se multiplican estos días. Todo el mundo los emite con más o menos amplitud y a más o menos individuos, familias, compañeros y sujetos variados, incluso a áreas geográficas enteras, países, sociedades, empresas…

Jugamos en el imposible deseo de ser profetas, de ser certeros adivinos de lo por venir, de lo futuro. Jugamos con más o menos sinceridad a crear una realidad partiendo de meros deseos. Pensamos así conjurar el prodigio para que se nos muestre y se nos realice. Por las buenas.

Por las buenas, porque ni somos magos, ni tenemos videncia, ni poseemos los dones y los poderes necesarios (en caso de que existan) para ello. Pero no desistimos y a las puertas de cada año nuevo nos imponemos la tarea. Repetida como mantra un año sí y el otro también.

No creo que sea hipócrita. Es verdad que las gentes deseamos siempre que cada año entrante sea mejor que el saliente. A veces matizamos, que por lo menos sea como el saliente, no fiando de lo por venir. Y, desde luego, quienes en el año que se va (y a veces en los anteriores también) han sufrido, han padecido, no las han tenido todas consigo ni ellos ni sus allegados, no pueden menos que desear fervientemente que al próximo sea mejor, porque lo peor ya se lo conocen.

Llevamos unos años que mucha gente debe expresar su deseo de mejora, sin dudarlo, con fervor y convencimiento, y no es para menos. Teniendo en cuenta por donde ya han pasado, por lo que han tenido que soportar (y si lo han logrado soportar), su actitud ante lo que viene es más que evidente. Vamos… No creo que exista ¡ni uno! que desee estar peor en el ciclo siguiente.

Me imagino esos deseos elevándose cual bosque de ánimas ¿hacia dónde? Hacia donde sea. Una marea de energía unidireccional que quiere transformarse, cual toda energía, en acción positiva y no entiendo cómo no se ha logrado todavía. Claro que esas energías pueden ser divergentes y contrarrestarse.

Porque no todo el mundo que desea algo lo desea para bien; ni todo deseo es positivo.

Paz y felicidad. Salud, dinero y amor. Lo más repetido. Luego vienen ya los matices particulares. Porque cada cual, o cada familia, o cada colectivo tira para sus necesidades y para su terreno… También para sus venganzas. Sí, porque hay deseos que no son para bien de uno (o muchos), sino para mal. Mal de alguien a quien se odia; mal para algunos jefes, para ciertos capitostes; mal para los vecinos o para los pueblos de al lado; mal para los que hemos decidido que son “los otros”…

Cuando decidimos que “los otros” nos estorban, ya estaremos deseando separarnos de ellos y eso lo pondremos en la bandeja de las peticiones para el año entrante: ¡que se vayan de una vez! Cuando constatamos que nos han estado engañando, o robando, desearemos que los culpables de ello desaparezcan de nuestra existencia y eso lo añadiremos a la mesa petitoria. Muchos serán los contenidos de esta guisa que se mezclen con los más benevolentes y, por ello, terminarán contaminando y anulando sus efectos (así me creo yo que se pierde el potencial positivo). Pero es inevitable que sucedan tales cosas, pues en la existencia de cada uno nos vienen.

Existe un clima de esperanza, sin embargo. Todo el mundo espera lo mejor. Cree que podría darse, ¿por qué no?, la famosa conjunción de planetas y estrellas necesaria y que ello propicie lo bueno y repela lo malo. Como todo es futuro, todo es posible, y es cierto; aunque también es cierto que no probable. Pero, para pensar que lo probable se cumpla en lo posible, muchos miran a los cielos e invocan a sus dioses. Al fin y al cabo, solo los dioses saben el devenir y también pueden cambiarlo. ¿Por qué mi dios no me va a tener en cuenta, no me va a hacer caso y obrar según me convenga?

En esos deseos manifiestos de mejoras entrantes hay siempre un gran componente religioso. Porque, si nosotros no podemos ni conocer ni torcer lo desconocido, sí que Dios, el nuestro, podrá hacerlo. Es cuestión de fe, esperanza y perseverancia. Y mucha confianza. Hasta el más ateo de los ateos, cuando expresa sus mejores auspicios, se deja llevar del sentimiento mágico/religioso. Porque la casualidad no juega a los dados (o, si juega, no conocemos su tirada); ni el mero azar es cuaderno fiable para ruta alguna. Por ello afirmo lo anterior.

Existen los descreídos radicales. Nihilistas, se les decía. No hay nada más que el individuo y a él y en él están puestas las esperanzas más desesperadas. Y hasta hay quienes niegan al individuo, por ser un mero número, un mero grano en el rebaño social, una mera ficha en el juego de la existencia de otros. O un componente del banco de seres que no son nada, como las sardinas, si se atreven a desligarse, separarse, de ese grupo compacto. Pedir que todo mejore, por el mero hecho de cambiar de año, es una pérdida de tiempo, un derroche de energía. Una debilidad y, como tal, un peligro para la existencia. Sólo el grupo ‑cuanto mayor… mejor‑ lograría modificar el rumbo y eso se debería al esfuerzo colectivo y nunca al deseo individual de cada uno de sus miembros.

Pues bueno. Que sí, que no está de más desearnos y desearos un mejor y más próspero año nuevo. Pues vale, ahí queda.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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