Animales con alma

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

En este artículo, Ramón Quesada, nos muestra la faceta sensible del amor a los animales. Un afecto adquirido desde pequeño, cuando frecuentaba la panadería de su abuelo, donde en el corral de la casa imperaba Grey, un can melenudo que se cobijaba entre la leña destinada al horno, e imponía su autoridad en el ámbito acotado de su estancia. Fue un sentimiento muy acusado que Ramón hizo extensivo a distintas especies del reino animal, como así vemos en el presente escrito, donde nos relata enternecedoras vivencias.

A mi mujer, que tiene en Bétula el cariño de otro “hijo”.

Una de las cosas que más me entristecen es tener la desgracia de presenciar a alguien que maltrata un animal. Pese a vivir en este mundo deshumanizado e indiferente, no concibo que seres racionales, si así se les puede llamar, tengan las entrañas tan purulentas como para “aliviar” sus flaquezas envalentonándose contra seres indefensos, a veces más inteligentes y afectivos que quienes les pegan. Estoy con Madame Amiel‑Lapeyre: «Cuanto más vacío está el corazón, tanto más pesa».

Les voy a contar algo maravilloso que presenciamos hace ya años mi esposa y yo, en la iglesia de San Isidoro de mi ciudad. Un suceso protagonizado por dos pajarillos que, aparte de probarnos la ternura dulce de estos animales que en ocasiones falta a los humanos, a mi esposa y a mí nos afianzó mucho más en nuestro amor hacia los seres inferiores.

Ocurrió que una simpática, veloz y gorgoreante golondrina, a veces ingrávida y otras posada sobre los capiteles de las hercúleas columnas renacentistas del templo, distrajo nuestra atención orante siguiendo sus graciosos y rápidos vuelos. No contenta la grácil avecilla, sintiéndose tal vez sola, encendida su sangre por los ardores del cercano verano, cuando abrieron la enorme puerta de la iglesia, aprovechó para salir fuera y regresar a poco acompañada de un congénere; y, sobre nuestras cabezas ya cansadas de mirar al techo, dichosas la avecillas y animadas por los efectos naturales de la estación reproductora, se ofrecieron su amor encima de las cornisas con ejemplar pasión. Se dieron el pico con tierna delicadeza y, con la inocencia característica del animal, se granjearon el afecto de la congregación de fieles. Escena que no podrá repetirse porque, por la crueldad de no pocos hombres, ya no hay golondrinas. Recuerdo a Bécquer: «Volverán las oscuras golondrinas…».

El amor a los animales y, en particular, a los perros se dice que es un auténtico indicativo del nivel cultural y desarrollo de una determinada sociedad. Lógico, pues, que las sociedades más cultas empiezan, no ya a presumir de su amor por los perros, sino a rivalizar en quién tiene los perros más cívicos y respetuosos. Y es así. Una señora ‑lo leo en una revista dedicada al perro‑, en Berk, fue condenada a una multa de veinte libras y a no poder tener un perro en el plazo de diez años. Fue culpable de ahogar a su propia perra, preñada, porque hizo sus necesidades en la alfombra del salón. La otra cara de la moneda está en el dueño de Pepa, una perrita “espaniel‑bretón” que, fallecido su dueño en 1964 a causa de un accidente, fue, hasta su muerte, al lugar del suceso con la esperanza de ver a su amo. La fidelidad de Pepa emocionó a los habitantes de Borgo, San Lorenzo, Italia, quienes en la plaza mayor le levantaron un monumento.

Fue coincidencia. En el décimo aniversario del lanzamiento de la perra Laika al espacio, por los soviéticos, un familiar nos regaló una perrita de dos meses de raza indefinida, si bien se aproximaba al “chow‑chow” danés. A la hora de ponerle nombre, me acordé de la perra rusa y la bauticé como Laika. Con ello, rendía homenaje a este animal que pagaría con su vida el hecho de demostrar que un ser vivo podía sobrevivir en condiciones de ingravidez. Fue una víctima más de esa manía científica de experimentar con animales vivos.

Laika, nuestra perra, vivió doce años y, cuando murió, la sentimos como a un ser querido y le ofrecimos la mejor sepultura bajo un olivo centenario de la Villa Abajo. Tanto la echábamos de menos que, poco tiempo después, nos hicimos con un caniche hembra que, exponiéndome a la hilaridad de alguien, diré que nos tiene sorbido el seso.

Aquello fue solemne. Puesta la familia a ponerle nombre, optamos por el de Bétula, denominación romana de mi ciudad; con lo que, al modo de Laika, con ello ofrecíamos otro tributo al recuerdo.

Bétula no es un perro cualquiera. Aparte de la belleza de su raza, mi perrita es inteligente, afectiva y limpia. Hace unos días, al regresar de su salida diaria del jardín de la urbanización donde vivo, la noté inquieta, ladraba como no es costumbre en ella y me inducía a seguirla. Lo hice. En el jardín, estaba un niño sangrando y tenía una fea herida en la pierna, producida por la incisión de un alambre oxidado. Fue algo que, mientras viva, no podré olvidar. El día de autos, Bétula gozó de unas bien ganadas atenciones extras.

Escribiendo estas cosas de animales “con alma”, imperdonable sería no mencionar a esos perros de pastor que hacen con el rebaño de ovejas lo que su dueño quiere. Yo lo he visto en las mismas tierras de nuestra provincia y puedo testificar que jamás presencié algo que me llegara tan hondo. El perro Bonico y la perra Cachuli, con un instinto rayano en sabiduría, me dejaron atónito con su destreza. Por el contrario, todavía tengo grabado en el alma un perro pachón navarro, con el lomo descarnado y sanguinolento. Estaba junto a la puerta de una casa de aldea.

Estando mirándolo, una matrona de mal carácter me dijo: «Como no se quiere ir de mi puerta, le arrojé el otro día un cazo con agua hirviendo; pero no se va». En Egipto, está prohibido maltratar a los perros bajo pena de muerte.

«Hay que dejarse de megalomanías: el hombre es como un perro de otra forma, y viceversa» (Antonio Gala).

(26‑11‑1988)

 

almagromanuel@gmail.com

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