Las caras del amor

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

Lo que se refiere al amor no puede estar ausente en el amplio repertorio literario de Ramón Quesada. Casos que forman parte de la leyenda ubetense, universalmente conocidos, no le faltan. Es un interesante artículo, ya que todo lo relacionado con las trapisondas amorosas ocupan un lugar preponderante en la curiosidad humana.

Cuando Juan, “El Nuestro”, se reunía con los amigotes todos los atardeceres, siempre tenía a flor de labios alguna donjuanesca historia que contar; en esta ocasión, después de apurar el último sorbo de vino “perogileño”, en la tasca de “Brazazos”, se volvió hacia los presentes y, embalado como si hubiese comido lengua, contó otro de sus relatos, dándose más importancia que “El Guerra”.

Comenzó diciendo que, hacía unas noches, sobre las doce y media, se dirigía a su casa después de la consabida visita a la taberna. Cuando había recorrido la mitad de la distancia, dijo que oyó, al pasar por una bocacalle mal iluminada, a una pareja de enamorados, “lo que fuera”, que salía de las sombras.

—No estoy segura, pero creo que sí…

—¿Cuándo lo has sabido?

—Hace ya unos días que no…

—¿Y qué piensas hacer?

—Creo que debemos…

—¿Casarnos? ¡Eso sí que no! iY decía la tía aquella que las “gomas” eran de confianza!

Uno de los achispados, padre de tres muchachas como tres capullos y más bruto que “Tacones”, agarró a Juan, “El Nuestro”; y, escupiendo, le espetó a la cara:

—¡En mis tiempos, esto no ocurría porque éramos machos y muy machos! ¡Estos niñatos de hoy…!

En la historia de Úbeda y sin que nadie haya sido capaz de rebatirlo, dicen los historiadores que, entre los años de 1356 a 1360, Pero Gil, uno de los “doce leones” a quien “las malas juntas” hicieron rebelde, que sirvió a Alfonso XI en el sitio de Algeciras y fue uña y carne con Pedro I, estaba por entonces seriamente enamorado de una bella doncella llamada Elvira, de la que también lo estaba don Rodrigo de Chaves, caballero de noble linaje que, valiéndose de medios nada respetables, raptó a la joven para encerrarla en el castillo de Gil Ibáñez, de su propiedad (al parecer Gil Baile, como cita Juan Eslava Galán en Leyendas de los castillos de Jaén).

Desesperado, Pero Gil se quejó a su incondicional don Pedro, que ya con anterioridad le había regalado la Torre de Andón (Torreperogil), presentándose el monarca con el caballero en las casa de Chaves de incógnito, sin que este le reconozca. Recibido por el señor de la casa, con orgullo y altanería, don Pedro le pidió una explicación a su conducta con la bella dama, no convenciéndole las excusas de don Rodrigo, ante la sorpresa de Pero Gil. Terminada la ceremonia, el impasible rey ordenó que el flamante marido fuese ahorcado en un balcón de su casa; casándose, acto seguido, con la joven y agraciada viuda.

Desde que aparece el hombre y hasta siempre ‑si se entiende por amor el apetito sexual de los animales, que fueron primero‑, el ser humano ha protagonizado las más hermosas y conmovedoras manifestaciones de amor, recogidas por su belleza, por prosistas y poetas para ser llevadas, en ocasiones, al escenario o al celuloide. Otras veces, por diversos motivos nunca justificables ante la ley de Dios y de los mismos hombres, el ser, de dudosa racionalidad en estos casos, ha irrumpido en las historia de los amores negros para dejar escrito el horror y la angustia más desesperante.

Otra de las historias es la de un encendido amor que dio origen a principios del siglo XIII a la tan celebérrima y universal frase «Salirse por los cerros de Úbeda».

Cuentan que, preparadas las tropas del rey Alfonso VIII para tomar la villa, en una tarde de julio, de los dominios de los hijos de Mahoma, al bravo y joven caudillo Álvar Fáñez, arrogante y ya destacado como buen soldado, quiso la fortuna que conociese a una muy atractiva mora que, fuera de su torre y hasta las afueras de la villa, se aproximó demasiado al campamento cristiano. Al verla el apuesto capitán, el impacto amoroso mutuo fue fulminante, quedando ambos perdidamente enamorados. Se amaron. Y, sin darse cuenta, pasaron las horas de la tarde y de la noche.

Mientras esto ocurría, las huestes del rey castellano entablaron feroz pelea con los moros, no contando el monarca con la presencia del conde Álvar Fáñez. Ante Alfonso VIII, surgió la referida frase.

Juan Aguilar Catena ha sido sin duda el novelista de Úbeda que más y mejor ha escrito sobre el amor. En sus novelas Los enigmas de María Luz, Herida en vuelo, Disciplina de amor y La ternura infinita, este escritor desaparecido en 1965 hace todo un alarde literario del alma humana con sus amores y sus quebrantos. Azorín, el ilustre crítico, dijo de su personalidad literaria: «Juan Aguilar Catena es un gran novelista. Siendo como español una vivísima satisfacción al renovarse en la persona de Aguilar Catena la novela española…».

Dicen que Juan, “El Nuestro”, en la taberna de marras, hizo suyas estas leyendas de amor y que las contó una y otra vez hasta que el vino y los sufrientes escuchas ‑que no tontos‑, a mamporros, terminaron con su “verborragia”.

(02‑07‑1988)

 

almagromanuel@gmail.com

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