“Barcos de papel” – Capítulo 07 b

2.- Sin dinero para pagar la pensión.

Llegué a la pensión a media mañana. Oí a Catalina en el pasillo y salí a su encuentro muy nervioso, con el paquete de folios en la mano. Tenía que decírselo antes que a nadie, por miedo a que me reclamara las tres semanas que le debía y me concediera unos días de plazo. Me extrañaba que, al principio, me llamara a capítulo cada lunes, para exigirme el pago por adelantado; y, ahora, no daba señales de vida, aunque hacía tres semanas que no le pagaba. No podía arriesgarme a que el día menos pensado me soltara, delante de todos, que tenía que abandonar la pensión por no pagar. Ciertos asuntos hay que saberlos afrontar y dar las explicaciones oportunas, cuando corresponde. Pero, lo que más me preocupaba era la perspectiva de regresar a mi pueblo y ponerme delante de mi madre, derrotado.

Aunque me había preparado el discurso con mucho cuidado, a la hora de la verdad se me hizo un nudo en la garganta y no supe qué decir. Por fin, me arranqué, muy inseguro, pronunciando a medias las palabras.

—Perdone, Catalina; quería decirle que me han encargado unas traducciones y, si Dios quiere, pronto podré abonarle las semanas que le adeudo. Concédame unos días de plazo. Tengo varias visitas pendientes y, por fuerza, alguna tiene que resultar positiva. No me importa trabajar de lo que sea. Salgo cada mañana y no hay anuncio al que no me presente. No se lo creerá, pero me he ofrecido de carretillero en el mercado de Hostafranchs, de camarero, de vendedor en una pescadería, de peón de albañil… Me preguntan si tengo experiencia, me piden el teléfono y dicen que ya me llamarán. Yo no pensaba que la cuestión del trabajo estuviera tan mal. Hoy me han dado estos folios para que los traduzca y la semana que viene tengo que presentarlos. Si todo sale bien, pronto seré profesor de francés. No se preocupe… Le pagaré. De verdad… Usted sabe que yo no soy un golfo ni un derrochador.

—Hace tres semanas que Emilio sofraga el importe de tu pensión, cuando me abona la suya. No tengas ningún recomello, que yo estoy muy tranquila.

Al oír aquello, sentí una emoción profunda y una maravillosa sensación de felicidad. En aquel momento, hubiera querido abrazar a “El Colilla”, ponerme de rodillas, pedirle perdón y darle las gracias; pero no supe qué decir, y Catalina se dio cuenta.

—Habla con tu amigo; a estas horas lo encontrarás en el bar de Saturnino; y a ver si fumas menos y comes más, que te estás quedando como una sífilis.

Supuse que quería decir como una sílfide y me marché sin hacer comentarios. El bar de Saturnino era el más frecuentado del barrio. Hacia las diez de la mañana, gente de medio pelo, tirando a pobre, acudía con el bocadillo envuelto en papel de periódico, pedían un vasito de vino con gaseosa, miraban la prensa deportiva y hablaban de fútbol. Unos años antes, el bar de Saturnino había sido un establo: una docena de vacas lecheras y una pequeña dependencia con un mostrador y unos jarros de lata. Cada mañana, las vecinas acudían a comprar la leche recién ordeñada y la vaquería se convertía en un pequeño club social, en el que las clientas comentaban las últimas noticias ocurridas en el barrio: la Sole tenía que casarse, de prisa y corriendo, porque el novio la había preñado en la Font del Gat la noche de la verbena de san Juan; el niño de la Maruja –“El Chema”, que era tan poquita cosa, trabajaba de botones en el Banco Hispano Americano (ella sabría cómo lo había conseguido) y cosas así.

Al venir de la mili, Saturnino convenció a sus padres de que los bares daban más dinero que las lecherías; vendieron las vacas, hicieron unos arreglillos y transformaron la cuadra en un bar grande y destartalado. El mobiliario se componía de diez veladores de mármol; cuatro docenas de sillas pintadas de negro con asiento de rejilla; y, a mano izquierda, delante del retrete, había una vieja mesa de billar. Completaba la decoración, una gran fotografía de Saturnino, a la edad de cinco años, sentado en un taburete al lado de su padre, mientras éste ordeñaba una vaca. Colocaron el cuadro en el centro de la gran estantería metálica, repleta de botellas de ron, coñac, ginebra, vermú, vinos finos, y una de güisqui DYC. La fotografía era el tema de conversación preferido por los parroquianos; pero lo más impresionante del local era una espléndida cafetera que parecía de plata; un televisor Vanguard, de veinticuatro pulgadas, y un ostentoso reloj de pared, comprado de segunda mano en los Encantes, para dar prestigio al establecimiento.

Era la hora del aperitivo. “El Colilla” llevaba un buen rato, sentado en un rincón, fumando un cigarrillo ‑como siempre‑, con La Vanguardia abierta sobre la mesa, una caña de cerveza y media ración de anchoas caseras, que la mujer de Saturnino preparaba con especial esmero. A esta hora, el bar se llenaba de gente de orden: administrativos, tranviarios, comerciantes, empleados de La Caixa, el alcalde de barrio y algún guardia urbano ‑que acudían a tomar una caña‑, que Saturnino nunca le cobraba, porque con la autoridad ‑solía decir‑ es mejor llevarse bien.

 

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