Y dale con las manías

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

Este artículo de Ramón Quesada nos muestra hasta qué punto un simple rótulo de ambulancia, puesto en su correspondiente frontispicio del vehículo sanitario, puede llamar la atención a transeúntes de la vía pública, no conductores. Menos mal que, curiosas reflexiones y experimentos de nuestro articulista, al final, le hacen llegar a la acertada conclusión. Ni que decir tiene que, entre los diversos permisos oficiales y salvoconductos, Ramón no disponía del carné de conducir. O quizás sí, y quiso quedarse con el personal.

Cuando me encontraba el otro día, medio muerto de frío, en la esquina de casa, esperando a mi mujer, vi por primera vez algo que me sorprendió y puso una interrogante en mí, que aún nadie ha podido aclararme. Con prisas de urgencia, pasó una ambulancia más blanca que la leche. Llevaba en el techo un fanal intermitente con destellos ámbar y una estridente sirena que sugestionaba y aturdía. Sobre el cristal delantero, exhibía un letrero en caracteres muy rojos que, al verlo, fue el motivo de mi desconcierto, pues la frase estaba escrita al revés y por mucho que lo intenté, no pude descifrarla de momento. Alguien, casi a mi lado, dijo que al querer leer el rótulo había tenido la sensación de estar borracho, sin haber probado el alcohol… todavía. Y la verdad es que la cosa no era para menos.

De toda la vida, al menos los españoles hemos escrito de izquierda a derecha, procurando que nuestra caligrafía y gramática, por lo general, fuese nítida, correcta e identificable y hasta bonita. Pero señores de mis afectos… Que nos carguemos el Diccionario de la Lengua Española así porque sí, eso…; bueno, eso ya se pasa de castaño oscuro, ¿no?

¿Qué dirían ustedes ahora de mí, si la oración siguiente a la que estoy escribiendo la trascribiera al revés y, para poder medio entenderla, tuvieran que poner el periódico boca abajo? Me llamarían, y con razón, mochales, anormal y pedante de remate; y hasta estoy seguro de que la redacción de Jaén pondría a mi disposición la papelera, así como candados y cerrojos a mis trabajos y a mi firma, hasta la extinción de los tiempos.

Bueno, pues a mi modesto parecer, y creo que saliéndome por los cerros de mi pueblo, yo no sé si será cosa del Insalud, o de un genio que desea llamar la atención por alguna causa que él sabrá, quienes han ideado, posiblemente con buenos propósitos, que la expresión “ambulancia”, que aparte de los analfabetos todo el mundo comprende, se escriba desde ahora como “aicnalubma” para suplicios de los humanos que no estén en lo alto del balcón, se pongan en ridícula postura circense, al paso del automóvil clínico, o eso: piensen que están tan bebidos como una cuba, aunque sean las nueve de la mañana de un día vulgar de trabajo.

Imposible es, por tanto, que la respetada, evidente y severa Real Academia Española de la Lengua pueda admitir nunca que nuestras excentricidades ‑no implico en esto el asunto de la ambulancia, que ya bastante tiene que ser incomprendida‑ lleguen al extremo de expresarnos, por medio de una fonología extraña y con signos ortográficos garabateados, a la inversa. Por otro lado, la mayoría de los lingüistas no aceptarían, con inflexible seguridad, que pudiera hacerse una aberración así con el idioma que, por supuesto, nos acercaría irremediablemente a una torre de Babel, en principio, y a grupos ¡diomáticos, luego, que emularían a los primeros cazadores paleolíticos.

Mismamente pues, y ahora para salir de dudas, porque, como digo, nadie ha sabido darme una satisfacción admisible a eso del letrerito al contrario, de la ambulancia, he optado por mis propios recursos de inventiva y, cuando ya me quedaban unas líneas inconclusas para dar por terminado este artículo de hoy, he tenido una idea que me ha parecido luminosa y definitiva. Sobre una cartulina y en caracteres más bien grandes y rojos, por supuesto, he dibujado la palabra “ambulancia” al revés; he colocado el letrero delante del espejo del salón y, pese a no tener una claridad meridiana por la connotación de las letras, he podido leer correctamente. En resumen, he descubierto que la idea de escribir o pintar la frase en sentido contrario al correcto, no tiene nada apenas de descabellada; y es, ni más ni menos, que por un móvil que me ha convencido: ha sido creada así para que el conductor de un vehículo, por su espejo retrovisor, sepa y entienda que detrás de él marcha un coche blanco y especial. Una ambulancia que le pide paso porque, quizás por su rapidez y por las facilidades que del tráfico reciba, dependa la vida o la muerte del enfermo o del herido que en su interior se queja. Y es que, señores, todo en esta vida tiene su sentido, por tonto que parezca. Por lo menos, esto de la ambulancia no lo es; no tiene, siquiera, concepto de manía.

(22‑01‑1984)

 

almagromanuel@gmail.com

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