“Barcos de papel” – Capítulo 03 a

1.- Aquellos años de ingenua felicidad.

El colegio de Valprados era el mejor de toda la provincia: amplio, moderno, limpio y muy cuidado. A la entrada, había una explanada grande y espaciosa, como la plaza de un pueblo, cercada por tres edificios de estilo renacentista: a la izquierda, la iglesia, con una torre esbelta y distinguida; enfrente, el pabellón principal en el que destacaba un espléndido patio de columnas que hacía funciones de gran distribuidor, desde el que se accedía a las estancias de los jesuitas, a la residencia de profesores, al comedor y a nuestros dormitorios; y, a la derecha, se encontraba el tercer edificio, con las clases y las salas de juegos para los días de lluvia. En la parte posterior de la finca, habían allanado los desniveles del terreno para proyectar los campos de deportes, construir los talleres y el gran salón de actos con capacidad para ochocientos alumnos.

Habíamos terminado el bachillerato. Después del desayuno, fuimos a mirar las notas expuestas en el tablón de anuncios que había junto a la puerta del «auditórium» ‑eufemismo con el que el padre Prefecto denominaba a la sala de la televisión‑. El día de la despedida fue inolvidable. ¡Cuántos recuerdos y cuántos abrazos! La desbordante alegría culminó con las escandalosas voces de Olivares, que, al verme encender un cigarrillo, exclamó en voz alta:

—¿Quién está fumando?

—Santana y Arilla. ¡Cállate, coño! —contestó Martín de Castro, recordando la memorable anécdota ocurrida un par de años antes—.

Serían las dos y media de la tarde, habíamos terminado de comer y esperábamos la llegada del inspector: un curilla que se pasaba el día detrás de nosotros, para que cumpliéramos con los horarios. Fue Martín de Castro, precisamente, el que con mucho disimulo nos dijo que estaban dando un partido de tenis por la tele. Uno tras otro, nos escaqueamos del patio y, cuando llegó el curilla, no encontró a casi nadie.

Fumar estaba prohibido terminantemente; pero, a partir de quinto, nos saltábamos la norma sin reparos. Los primeros en llegar al auditorio fueron Martín de Castro y “El Colilla”, que hacían muy buenas migas. Encendieron la tele, un cigarrillo cada uno y se sentaron de espaldas a la puerta, frente al televisor. Pronto se añadieron otros compañeros y otros cigarrillos… hasta que en la sala se hizo una niebla densa e irrespirable. Eran los años gloriosos del tenis español con Santana, Arilla y Juan Gisbert. Todos seguíamos el partido con la máxima atención y sólo se oía, de cuando en cuando, la voz de Juan José Castillo: «¡Entró! Entró!». Pero, una de esas veces, quien entró a la sala fue el curilla, que, al ver aquella humareda, gritó con voz imperativa:

—¿Quién está fumando?

Martín de Castro estaba tan atento al partido que no reconoció la voz del inspector ni entendió la pregunta. Creyó que se trataba de algún compañero despistado y contestó sin mirar para atrás.

—Santana y Arilla. ¡Cállate, coño!

Aquello fue el delirio. No lo expulsaron del colegio, porque su padre era el Delegado local de Falange, y se echó tierra sobre el asunto para evitar complicaciones.

Después de las risas y la euforia por los resultados, Paco Cervera me miró y me dijo en voz baja.

—¿No te da pena dejar esta vida?

Al cabo de tanto tiempo, pienso que, por desgracia, nunca volveré a disfrutar de aquella inocente felicidad de nuestros años de internado, cuando escaparnos al cine para ver Esplendor en la hierba o darle esquinazo a un curilla para fumarnos en paz un cigarrillo, nos parecía una aventura maravillosa.

A los pocos días, volví a mi pueblo. Había obtenido un magnífico expediente académico: notables, sobresalientes y una matrícula de honor en filosofía. Aspiraba a un magnífico puesto de trabajo, pero pasaba el tiempo y nadie me lo ofrecía. Nunca llevaba un duro en el bolsillo. Iba al casino, por las tardes, a jugar al dominó con gente de todas las edades; bebía vino con gaseosa, y seguía las noticias que llegaban de Vietnam en el viejo televisor en blanco y negro, que siempre tenía el volumen por las nubes. El salón estaba a media luz; tenía las cortinas echadas y el ambiente muy cargado, con un olor sofocante a tabaco y café.

Mi madre decía que me esperaba un futuro cómodo y agradable; pero estaba muy claro que, como no fuera dando clases particulares de latín, haciéndole competencia al señor cura, en mi pueblo no tenía futuro.En aquellos tiempos, la mayoría de la gente creía que trabajar en una oficina no era un trabajo, sino una manera de vivir como un pachá. Cuando alguna vecina preguntaba a mi madre:

—Y, ¿qué es lo que ha estudiado tu chiquillo?

—El bachiller —contestaba ella, con legítimo orgullo—.

—Así ya no tendrá que trabajar —sentenciaba la otra, para zanjar la cuestión—.

Porque en mi pueblo, trabajar “de verdad” era levantarse, a los amaneceres, a coger aceituna; pasar el día cortando pinos en la sierra, o cavar olivas, de sol a sol, hasta que te rompías el espinazo. Escribir a máquina o hacer numeritos en un papel no se consideraba trabajo, sino una manera de vivir como los señoritos.

roan82@gmail.com

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