Mi profesor, don Cristóbal Cantero Lorente

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

Don Cristóbal Cantero era un sacerdote, escolapio, que regentaba un colegio privado situado frente al antiguo colegio de Las Carmelitas (palacio del Conde Guadiana,) en el callejón que une la calle Real con la plaza de san Pedro. En este centro, se cursaban estudios a nivel de Bachillerato Elemental; al tratarse de un centro no oficial, los alumnos debían someterse al examen de Reválida que, por entonces, se podían realizar en Baeza o en Jaén, donde estaban los únicos institutos oficiales de la provincia. Como es sabido, el de Baeza es en el que impartió clases Antonio Machado.

Resulta interesante conocer también que don Cristóbal fue capellán de la capilla de El Salvador, templo privado perteneciente al ducado de Medinaceli, cripta donde se encuentran los restos de Francisco de los Cobos, secretario (omnipotente) del emperador Carlos I y donde don Cristóbal oficiaba la misa con todo el boato establecido, con pertiguero y seises. Un privilegio papal que sólo tienen El Salvador de Úbeda y la catedral de Sevilla. 

 

Hace treinta y siete años, don Cristóbal Cantero Lorente, sacerdote y pedagogo, ubetense de vanguardia, recibía en su aula a un niño más: mi humilde personilla, que contaba con la interesante edad de cinco años.

Estaba entonces el colegio en el salón de una casa solariega, antigua y noble, frente al primer monumento levantado en memoria y honor del padre fray Juan de la Cruz, «Una de las almas más puras que Dios tiene en su Iglesia», y en la lista de alumnos recuerdo los nombres de Manuel Martell, Nicolás Martínez, Francisco Gámez ‑mi primo‑, Nieto Alamitos, Fernando Hueso, Ramón Pinilla, Matías Ramírez, Jaime Palacín, Rivero, Pineda… y otros tantos que ya no llegan a mi memoria. Recuerdo asimismo, en la hondura de mi cerebro, a los que iban desapareciendo para siempre; eran: Pozas, Guerrero, Poveda, Méndez (murió luego), Cordero… y ¡cómo no!, a mi hermano Paquito, extinguida su vida años más tarde.

También recuerdo (son cosas que no se olvidan) el correteo incesante, bullicioso y juguetón, el ir y venir de un hermoso perro pastor alemán que, por los arcados patios, nos hacía huir, con las manos puestas en ciertas partes del cuerpo, para librarla de sus caricias o de un original “siete” que nos ruborizaba. Eran días felices para nosotros, pues la necesidad de convivir, de estudiar, nos hacía inconscientes a la tremenda tragedia que se estaba fraguando y que rompería muchas ilusiones infantiles, la guerra, que nos separaría por unos años de nuestro querido profesor y así conoceríamos otros colegios (conocí entonces a don Atiliano Morales, buen profesor y magnífica persona; también de grato recuerdo).

Y no se me olvida cuando, tiradas las carteras en ingente montón, esperábamos la entrada a clase siempre bajo la mirada de don Cristóbal, vigilando nuestros juegos: aquellos de “el lapo”, “Mariquilla estaba mala”, “el salto del burro”, “piola”, “piemaisa”. Juegos combinados con la inocencia de la edad, pero de movimientos, si bien asimétricos, de formas olímpicas, donde nuestra fuerza y astucia se iban conjugando con el advenimiento de la adolescencia y la huida de la niñez.

El bien y el mal, la luz y la oscuridad de la vida, eran temas que diariamente, en versiones distintas, con ejemplos de gran belleza analítica, nos eran explicados sencilla pero fundamentalmente, por don Cristóbal. Y su esfuerzo, su “darse a nosotros”, llegaba a la mente y al alma con la más rica pureza de matices, y la claridad y calidad de asimilación era conocida a la perfección por nuestro profesor: para su regocijo interior y orgullo de educador.

La forma educativa de este profesor era ‑como digo antes‑ profunda y sistemática; llena de subjetivas verdades. Se tenía considerada ‑me dijo uno de sus colegas‑, de “ciencia y arte de educar”. Y no me extraña: en las conversaciones de pedagogía, entre alumnos o no, su ingente obra se compara a la de don Antonio Medina; una institución del profesorado. Si bien, don Cristóbal Cantero carecía de la severidad de este. Y está claro: nuestro profesor era también sacerdote; por lo que, aunque siempre le diésemos motivos, no podía tener asomos, dada su condición, de un severo carácter, aunque este fuese más bien serio. Sólo procuraba darnos una educación completa; cuidando nuestros estudios, nuestros recreos, e incluso nuestros inicios a la formación profesional. Representó siempre la ilusión viva (esperanza fundamental).

La figura de don Cristóbal, gallarda, activa y con un proverbial descuido en la atención (cuando va por la calle, por ejemplo), me ha sido siempre de gran respeto y admiración. A él debemos, todos sus alumnos, nuestra formación educativa y el consuelo de haber podido levantar los ojos al mundo con la visión clara de hombres formados para la vida. Luego, las circunstancias, los medios económicos, la suerte de cada uno, la inteligencia ‑que también cuenta‑, nos colocarían en distintas esferas sociales y condición laboral. Pero eso sí: todos con el sello inconfundible de haber sido educados “en casa de don Cristóbal Cantero”.

Por eso ahora, agradablemente sorprendido al enterarme de que mis condiscípulos van a dedicarle ‑con toda justicia‑ un homenaje de admiración y gratitud, no puedo dejar de sumarme a ellos y gozar de sus alegrías; decirle a mi profesor:

—¡Don Cristóbal, también yo, que sigo siendo una modesta persona, pero con el contento de hace treinta y siete años, estoy aquí!

(06‑07‑1972).

 

almagromanuel@gmail.com

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