“Barcos de papel” – Capítulo 01 f

6. El Mosquito” y sus colegas.

“El Colilla” llevaba interno casi dos años. Estaba más alto y más moreno, pero conservaba los mismos aires de pícaro callejero que tenía, cuando hacía trastadas en mi pueblo. Se echó a reír y dijo al ver mi cara de espanto.

—“Mosquito”, no te preocupes que aquí vas a estar bien.

No me molestó que me llamara “Mosquito”, sino al contrario: se lo agradecí con una tímida sonrisa, porque presentía que su ayuda me sería de gran utilidad. Frente a mí, se sentaba Manuel Laza: algo mayor que yo, con los ojos grandes y tristes, llenos de una precoz melancolía; tenía la expresión franca y muchas pecas en la cara. Estaba allí porque, acabada la guerra civil, acusaron a su padre de colaborar con un sindicato y le echaron quince años en el Penal de Chinchilla. Algunos días salía del comedor, un poco antes, para ayudar al barbero de Buenavista a cortarnos el pelo. Laza nos preparaba y el peluquero se encargaba de los acabados y del toque final.

—¡Ahí viene el cura! Termina de comer —cuchicheaba “El Colilla”, cuando veía que el hermano Gutiérrez se aproximaba a nuestra mesa—.

Aquellos niños me parecían distintos a los de mi pueblo. Iban con el pelo rapado, como si acabaran de pelarlos al cero.Los que hayan visto “El niño con el pijama de rayas” se harán una idea bastante aproximada de cómo eran mis nuevos compañeros. Pantalón corto, cazadora de pana y botas sucias y viejas. Esa es una imagen bastante exacta de mis camaradas: pobres como ratas, pero listos como ardillas. Leían mejor en la cara de los mayores que en el libro de lectura.

Junto a Laza se sentaba Pedro Torres, al que todos llamaban “El Sultán” por su nariz inequívocamente sarracena. Le encantaba ayudar a misa, dibujar y hacer barcos y pajaritas de papel. Aquel mes, le pusieron un tres en Conducta General, por pintar, en la tapa del libro de lectura, el árbol del paraíso terrenal, con sus manzanas y la serpiente enroscada en el tronco. Estuvo quince días sin salir al patio. A su lado, estaba José Antonio, al que todos llamaban “El Maño”; era de los mejores futbolistas del colegio y su colección de canicas era la mejor. Cuando tenía el día acertado, mostraba una increíble puntería. Siempre llevaba la camisa por fuera de los pantalones y tenía la costumbre de sonarse la nariz tapándose con el dedo un orificio y soplando por el otro, para desatrancarlo; luego se limpiaba con el dorso de la mano. El hermano Gutiérrez le llamaba cochino y lo castigaba a pasar una semana de rodillas en un rincón del patio. Pero lo peor era el día de la lectura de notas: un suspenso en Urbanidad y la reprimenda del padre Velasco delante de todos.

Volvieron a pasar las señoras con bandejas y nos pusieron, en el otro plato, un trozo de queso americano.

—Vamos “Mosquito”; ya verás cómo te gustará —me animó “El Colilla”—.

‑Es que no tengo hambre.

‑Por esta vez dámelo a mí; pero tienes que comer o te morirás.

A la izquierda de “El Colilla” se sentaba Paco Zavalla, hijo del cabo de la Guardia Civil de Buenavista, que siempre se quejaba de todo. Zavalla tenía los ojos pequeños y profundos, y nos lanzaba miradas afiladas como las de un animalillo salvaje.

Aquella tarde, me llevaron a pasar la revisión. Don Gabriel, el médico, era un hombre bonachón, como esos abuelos que salen en las películas: con la piel muy blanca y los ojos claros; bajo y gordito; con gafas redondas y mirada infantil. Al verme tan enclenque, me preguntó si me dolía la cabeza y si comía bien. Le contesté que tenía poco apetito, pero que la cabeza no me dolía. Con una cuchara me exploró la garganta, me quité la camisa y apoyé el pecho en la pantalla para que me mirara por rayos X. Sentía el frío del cristal mientras él me decía que tosiera y dijera «Treinta y tres». Al terminar, sonrió satisfecho, escribió un breve informe para el colegio, y comentó.

—Pueden estar tranquilos. El niño está perfectamente; que haga vida normal y que coma de todo.

Por primera vez, me sentí orgulloso de ser como era. De regreso al colegio, imaginaba que todas las mujeres que iban por la acera podían ser mi madre. Pensaba que quizás se había arrepentido y venía a buscarme para llevarme con ella.

 

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