Pregón de Semana Santa, Quesada 2014, (b)

Desde la historia real de la Pasión, narrada e interpretada por los cuatro evangelistas, dura y cruel, hasta la actualidad, este gran misterio no ha parado de asombrar a los hombres que con él se encuentran en el camino de su vida. Ese acto de salvación, cumbre de todo asombro humano, ha adoptado figuras expresivas que se han ido transmitiendo en múltiples formas. En muchos, es sólo palabra interior que se traduce en sentimientos, emociones, pensamientos que se van hilvanando, acompasadamente, con el mismo ritmo del vivir.

A veces, el drama de la Pasión se transmite con palabras pobres y sencillas en los labios de las madres, o con gestos elementales y cálidos en los rostros y en los ojos de los niños. Y cuántas veces, desde los primeros siglos de la era cristiana, ha resonado la Pasión de Jesucristo en los labios de los grandes o humildes predicadores, de los catequistas, en las homilías, o en los escritos de los teólogos, en los loas y motetes de los cánticos monacales, en las revelaciones de los místicos y en la prosa de los maestros espirituales más refinados. ¡Con cuánta conmoción, no pocas veces, las mismas lágrimas han descrito los misterios de la Pasión!

La Pasión del Señor ha sido representada o escenificada, siglo tras siglo, en la pintura, en la escultura, en la poesía y en el teatro. En el viacrucis de piedra o en las alegorías que cuelgan en desnudas paredes de las grandes catedrales o de las humildes iglesias de pueblo. O en ese otro viacrucis conmovedor y palpitante, representado por personas vivas, todavía hoy existente en algunos pueblos cristianos perseguidos. Ha sido interpretada con amor y emoción en las miniaturas de los manuscritos y en los grandes retablos de los artistas del Renacimiento y del Barroco.

Los poetas y los literatos, los músicos, los orfebres y las bordadoras, los cineastas y los cantautores han impreso en su arte con primor y emoción los grandes misterios que envuelve la Pasión de Jesús. Unos captan mejor una escena, otros otra. Unos se fijan en algún detalle; para otros, vale más el conjunto. Unos usan el pincel, otros la aguja. Unos interpretan con la gubia, otros con la cámara cinematográfica. Con perspectiva propia, cada artista procura escenificar los episodios dolorosos con fidelidad a los textos evangélicos. Toda recreación, si es bella, enriquece la comprensión del misterio.

Dentro de la limitación material y humana, cada una de las interpretaciones es valiosa, enriquecedora, original. Todas juntas forman un mosaico en el que cada artista, cada predicador, cada escritor contribuye con su creatividad específica a comprender mejor la belleza imponderable del Gran Misterio en su totalidad, para gozo de los hombres que lo contemplan.

Todas se quedan en el largo camino de la interpretación infinita y pretende llegar al corazón, a la sensibilidad del hombre y tocar sus fibras más íntimamente humanas y cristianas, despertar la admiración, el agradecimiento y al amor a quien por nosotros ha sufrido el indecible martirio. Puede afirmarse que todo hombre es regenerado en el Huerto de los Olivos y en el Calvario; es hijo del dolor de la Redención. A este hombre nuevo, redimido y nacido en la Resurrección, se orientan las interpretaciones llevadas a cabo, cada una, en su propia época.

Desde los primeros años de la cristiandad, se viene conmemorando con fidelidad lo que se ha transmitido por medio del Evangelio. Es curioso el primer relato, escrito en el siglo IV por una dama religiosa gallega, Egeria y/o Eteria, en el itinerario de su peregrinación que le llevó a recorrer gran parte de aquellos 80 000 kilómetros de calzadas romanas, de un imperio que ya había entrado en pleno ocaso. Narra en sus páginas las ceremonias de fieles y clérigos que presenció en Jerusalén, para revivir in situ la pasión y muerte de Cristo. Se leen, de los profetas, los pasajes que predijeron la Pasión del Señor, y se leen los Evangelios. En definitiva, aquí se nos cuenta cómo los fieles de la Iglesia de Jerusalén intentan actualizar y revivir los misterios de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Es un hecho, conocido por todos y que me gustaría recordar, acaecido en aquella época, en el año 326, cuando fue hallada la cruz de Cristo, en unas excavaciones llevadas a cabo en el monte Calvario, ordenadas por Santa Elena, madre del emperador Constantino. Desde entonces, se instaura la cruz como símbolo y señal del cristiano, que nos dice el catecismo y donde arranca la devoción al Cristo de la Santa Vera Cruz.

El deseo de participar en el magno drama de la cruz, descrito en los Evangelios, era indudablemente sentido por toda la cristiandad, y empieza a brotar con pujanza en Occidente, a partir del siglo X.

A lo largo de la Edad Media, los padres de la Iglesia favorecen la incorporación del canto y la música en la liturgia y reconocen el valor pedagógico y catequizante de la representación o puesta en escena de las verdades cristianas. El cristianismo medieval nos legó un drama litúrgico que abrió paso al teatro y a las representaciones religiosas del Renacimiento y el Barroco.

Vemos cómo, para transmitir el mensaje de Cristo, la Iglesia tiene necesidad del arte. De hecho, los temas religiosos son los más tratados en todas las épocas. Cómo se empobrecería el arte si se pasara por alto el filón inagotable del Evangelio.

 

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