Diario de un aficionado cinéfilo, 15

En esta fresca noche de noviembre, hemos visionado (durante noventa y cinco minutos) una interesante cinta cinematográfica del Reino Unido: Amigos apasionados (The passionate friends, 1949), del director David Lean. Empezó Andrés, con su verbo enamorado del séptimo arte, resumiendo las principales características de esta interesante producción cinematográfica, mostrándonos un triángulo apasionado, en el que la sombra del primer amor de Mary Justin (Ann Todd) con el biólogo universitario Steve Stratton (Trevor Howard), en el Londres de la posguerra, no da tregua a su segura y acomodada vida, pues ya se encuentra casada con un rico financiero, Howard Justin (Claude Rains), bastante mayor que ella…

Comienza la película casi por el final de la historia y, mediante golpes de cámara retrospectivos (flashbacks), Mary va rememorando su prístino amor, y que, a pesar de estar ambos ya casados con otras parejas, la vida y el destino les proporcionan distintos momentos de encuentro, donde se vuelve a avivar la llama de ese primer amor, cuando estaban locamente enamorados, diciéndose frases bonitas y prometiéndose amor eterno. Aunque es ella la que no quiere atarse, pues le va más el dinero, la seguridad, el lujo…; por lo que deja pasar la primera ocasión de emparejarse por amor, aunque luego le pese…

Me sorprendió su inesperada base literaria en una novela de H.G. Wells (1866‑1946), Los amigos apasionados (1913), donde nos ofrece un brillante y conmovedor entramado acerca del complejo manejo del afecto, y nos muestra a tres seres que, en el fondo, merecen toda consideración; la descripción de las altas clases sociales británicas; y la narración, en forma de monólogo interior de la protagonista femenina, evocando hechos de 1930, 1939 (Nochevieja de 1938/39) y 1948 (viaje a Suiza).

Gran debate este del primer amor (que todo el mundo experimenta); y que suele empezar platónicamente, magnificándose (y más, cuando va pasando el tiempo), pues se le han ido cayendo las posibles adherencias negativas… ¡Qué dulce, qué tierno y qué entrañable es ese amor!; que no suele llegar a nada (normalmente, aunque puede haber sus excepciones), pero que se queda como linda y adornada reliquia, reavivando su existencia cuando esta película (o cualquier historia) lo trae a colación…

Gracias al visionado de este filme, fundamentado en una sólida novela, con el lenguaje propio del mundo del cine, David Lean nos presenta magníficamente a los tres actores que llevan a cabo sus papeles interpretativos de una manera perfecta: Ann Todd, mostrándose como empedernida enamorada de su primer amor, estando ciega al amor de su marido, Claude Rains, que está a su lado y que le soporta devaneos que se pasan de “castaño oscuro”…; Trevor Howard, con esa tenaz persistencia en querer aconsejarle que se case con él…; y Claude Rains, interpretando al marido con aguante de plomo, sabiéndolo todo o figurándose lo peor, insistiendo mediante su amor y perdón continuados para recuperar una y otra vez a su esposa, a la que ha amado desde siempre, a pesar del desdén, del desprecio y de la falta de cariño que ella siempre le ha mostrado en su matrimonio…

Se rodó en escenarios naturales de Chamonix y Lago de Annecy (Alta Saboya, Francia) y en los Pinewood Studios. El relato va más allá de su valor documental de época. No habla en términos de valor universal, sino que se circunscribe a las circunstancias del relato. Utiliza el flashback como recurso narrativo, marcando el paso del tiempo y confiriendo al relato un aire de ensueño e irrealidad para que el drama manifieste la subjetividad de los personajes. Se vislumbra alguna influencia de Hitchcock: cuando Howard ve las sillas vacías y la escena de los prismáticos, de prolongado e intenso suspense… La música combina fragmentos románticos con pasajes de gran dramatismo, siendo interpretada por la London Philharmonic Orchestra. La fotografía utiliza trazos expresionistas, paisajes elegíacos, escenas bulliciosas, vestidos perturbadores y ambientes sombríos. La iluminación es excelente, bien distribuida y muy cuidada. La película tiene un desenlace atípico y genial. Poco después del rodaje, David Lean y Ann Todd contrajeron matrimonio…

Lean, con Amigos apasionados, parece volver a ese cine intimista, haciéndonos una nueva radiografía de las infidelidades dentro del férreo matrimonio victoriano. La utilización magistral del plano inserto, de la ambientación en la puesta en escena, del montaje y de la información controlada por el espectador antes que por los protagonistas, consiguen generar, en el primero, un interés continuado por esta historia. Por lo demás, no se huye de la grandilocuencia, marchando a rodar en los mismos Alpes si hace falta. Es un film que logra desconcertarnos, ya que, para la mayor parte de los aficionados al cine, su director es más conocido por las superproducciones de su segunda época: Lawrence de Arabia, El puente sobre el río Kwai o La hija de Ryan. No obstante, dirigió un buen puñado de películas en blanco y negro, de producción inglesa y con miras más modestas. Amigos apasionados es una de ellas, en la que se va viendo la evolución de los sentimientos de los personajes, más escondidos que mostrados, más incomprensibles que comprensibles, en el personaje femenino. La escena en la que se encuentran (los tres personajes) en casa de Rains y Tood, es una de las más sobresalientes de la historia del cine.

Cuando acabó la proyección, surgieron una explosión de aplausos y unos espontáneos y rápidos comentarios (qué pena no poder tener un buen rato de cine fórum para intercambiar las opiniones de los presentes en su variopinto parecer, pues reflejarían vivencias personales interesantísimas); pero la intrépida y agitada vida que llevamos (incluso en los pueblos o pequeñas ciudades) nos impide tomar lo importante y, en cambio, acaparar lo accesorio…

Mientras volvía a casa, aterido del frío que ya se ha instalado en Úbeda, fui recordando ese melifluo primer amor, que quien lo ha experimentado nunca olvidará: esos primeros besos, esos primeros embelecos…, ese vuelo continuado de la imaginación, con la dulzura del primer ensayo emocional donde prima lo bonito, lo sutil…, lo que la imaginación dicta maravillosamente bien, con una paz y un sosiego que nunca piensas se pueda convertir en tempestad… Mas, tras él, siempre será bueno estar atento, en todas las etapas de la vida, por si se presenta el verdadero (el amor fusional) para aprehenderlo y no dejarlo escapar; aunque siempre se ha de apostar con la valentía y el riesgo suficientes para que nuestros sueños se hagan realidad…

Úbeda, 21 de noviembre de 2013.

 

fsresa@gmail.com

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