Pregón de Feria 2013, (a)

Excelentísimo señor alcalde, autoridades, amigos que me escucháis. Buenas noches a todos. Deseo la mayor felicidad a quienes nos reunimos en estos días de Feria, en esta bendita tierra, en torno a nuestra Patrona, Santa Ana.

Creedme que cuando recibí el encargo de ser el Pregonero de la Feria, me creó cierta intranquilidad y a punto estuve de decir que no. Sentía que era un compromiso que no debía aceptar. No me veía subido aquí, hablando desde este balcón, porque qué decir después de tantos años diciendo cosas de vosotros y a vosotros en el periódico. De las noticias originadas con el vivir diario… De todos los avatares políticos habidos en el Ayuntamiento, con plenos a veces bastante animados. De reportajes como los de la Romería de San Gregorio, tradicional y multitudinaria, con el Niño de la Bola y la Piedra de San Gregorio. De la Semana Santa con la originalidad de la Verónica, que la convierte en una excepción dentro de nuestro entorno. De la Comunidad de Regantes con su pantano y el cambio del Sistema de Riego, una obra un tanto faraónica con origen en el siglo XIX, una de las más antiguas de España. De las rutas turísticas que tienen como centro neurálgico a Pozo Alcón. De los reportajes de Feria, de la verbena, del ferial, destacando especialmente lo más selecto de la belleza del pueblo, la Reina de la Feria y su corte de honor, guapísimas y que gozan de un lugar preferente en todas las actividades festivas. De la sierra, de los negocios y la actividad comercial. De personalidades destacadas. De la Olimpiada Matemática, del Patronato Escoriza, y de tantas cosas… que la lista sería interminable, como corresponde a un pueblo en marcha.

¿Qué rasgos de la sociedad poceña quedaban por desvelar?

Ya estaba todo dicho en el periódico.

Sin embargo, enseguida descubrí que era una magnífica oportunidad, quizá irrepetible, de estar de nuevo con vosotros, pero esta vez en directo, cara a cara, sin los moldes ni ajustes más o menos acomodables que exige una página de periódico. Gracias por tanto a la Comisión de Fiestas y a todos los que han hecho posible que yo esté hoy aquí, hablando desde este balcón.

Y gracias, sobre todo, por confiar en mí. Sí, por fiaros de mí. Y permitidme la broma, porque no siempre la gente se ha fiado de mí, porque luego el periodista va y lo “casca todo”.

Es así, con el trato directo, con el cara a cara, como se desvelan matices, gestos, tonos, semblantes…, que van dibujando la verdadera naturaleza del ser humano y que de ninguna manera es posible imprimir en una hoja de periódico. Ha sido el contacto del día a día, el que a mí me ha permitido ir perfilando la auténtica personalidad del ser poceño: sentir el palpitar de sus inquietudes, vivir y disfrutar con su contagiosa alegría, compartir la ilusión de sus anhelos, volar en la fantasía de sus sueños, y llorar en la intimidad sus amarguras.

Todo empezó en un encuentro que tuve la primera vez que yo vine a este pueblo, en un día de visita muchos años antes de ser destinado definitivamente al instituto. Era allá por los primeros años de la década de 1960, hace cincuenta años, en los albores de mi primera juventud. No siempre es fácil contener las emociones ni dominar los sentimientos, al volver la vista atrás cincuenta años…

Volver…
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.

Sentir
que es un soplo la vida,
que cincuenta años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.

Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Cincuenta años… Hasta entonces, yo a Pozo Alcón sólo lo conocía en el mapa. Era una época heroica, en la que para llegar aquí era necesario un tanque, más o menos, para transitar por la carretera del Puerto de Tíscar. La agricultura, en pleno apogeo, todavía se hacía a músculo, tanto de personas como de animales. Los cortijos se veían habitados y en plena producción. La sierra era una fuente de recursos. Los arrieros comerciaban los más variados productos autóctonos hasta más allá de los límites de las provincias de Jaén y Granada. El pueblo hervía en actividad y, posiblemente, el número de habitantes se acercaba al doble del actual censo. Estábamos en España en pleno apogeo de la emigración, sobre todo en el Sur. Y el urbanismo, también hay que decirlo, no era precisamente muy decoroso, con calles sin asfaltar y fachadas bastantes deprimentes.

Este fue el escenario del Pozo Alcón que descubrí aquel día de mi llegada. Y, como seguidamente pude comprobar, se trataba de gentes activas, negociantes, arriesgadas, comprometidas con la vida. Adiviné que era un mundo nuevo para mí, una faceta distinta de nuestra provincia, a cuya capital siempre se ha visto y se ha sentido tan lejana de esta tierra.

Recuerdo, cómo olvidarlo, que vine con un amigo mío y su padre que conducía un Seat 600 de la época, cuando los coches podían contarse con los dedos de una mano; cuando, para comprar un automóvil nuevo, había que solicitarlo y a veces tardaban más de un año en concedértelo.

Pues bien, después de vivir la aventura del Puerto de Tíscar, llegamos felizmente al Pozo y dejamos el coche ahí enfrente, en la esquina de la ferretería de Pepe. Al otro lado, la iglesia, la primitiva de toda la vida; y, en la puerta, un grupo, un corrillo de hombres observaba con interés la escena de la llegada del automóvil y sus ocupantes. Hasta tal punto les llamó la atención que pronto se dirigieron al conductor para que les vendiera el coche. E insistían denodadamente para conseguir el objetivo.

Algo insólito, quién lo iba a pensar; ¿cómo se podía cerrar un trato con esa rapidez?, ¿cómo íbamos a volver a Úbeda?

La porfía cesó al cabo de un empeño imposible y pronto se hizo la hora de comer. Nos indicaron una casa que estaba por la calle Monge o sus alrededores, no recuerdo bien. Nos pusieron un potaje de habichuelas con chorizo que sabía a gloria bendita y dos huevos fritos de gallina de corral, con un sabor, como no los he vuelto a comer en mi vida. Como sobremesa, nos acomodamos en torno al fogón de la chimenea. Tanto le celebramos la comida que llamaron a una familia vecina, que tenía cosecha, y nos vendieron tres celemines de habichuelas y un par de pollos cortijeros, vivos, que nos llevamos cacareando, cogidos de las patas con la cabeza para bajo.

¡Ah…! Se me olvidaba: para postre, nos endilgaron dos décimos de lotería.

Si no nos vamos, nos venden hasta el reloj de la Torre.

No teníamos máquina de fotos. Ni por asomo pensé que alguna vez tendría yo nada que ver con un periódico; pero la impronta captada aquel día aún permanece, con el mayor cariño, en lo más profundo de mi corazón.

almagromanuel@gmail.com

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