Han enmudecido las campanas

Dice Olga Merino que, probablemente, La Regenta es la mejor obra de la narrativa española, después del Quijote. No hay en toda la literatura angustia más profunda, ni súplica más desesperada, que la soledad de la regenta bajo el cielo, lluvioso y murmurador, de la ciudad de Vetusta. Cuando Clarín puso el punto final a la novela, escribió a un amigo: «Acabo de escribir una obra de arte». No obstante, la obra tuvo una escasa acogida y, poco a poco, llegó a desanimarse hasta tal punto que, en los cuatro años siguientes, no fue capaz de escribir ni un solo cuento. Todos los escritores sueñan con un crítico sensible e inteligente, capaz de señalarles los errores, alguien que en los momentos difíciles les apoye y les marque el rumbo hacia la gloria, pero esa mano amiga no es fácil de encontrar.

Sólo sus amigos le dedicaban, en privado, los elogios que en público le negaban. Aunque la novela no se vendió mal, estuvo lejos de satisfacer las expectativas del autor. No es fácil de entender, pero el fracaso mata. Eso lo saben muy bien los fracasados, y Clarín lo reconoce en una carta a su amigo Galdós, años después de publicar La Regenta: «Trabajo sin fe ninguna. Me gusta una cosa mientras la estoy escribiendo, pero a la media hora me parece una grandísima tontería». Volvió a reeditarse, poco antes de la muerte de Clarín, en 1901 y, tras una breve edición apenas conocida, apareció en Buenos Aires en 1949, medio siglo después.


Qué gran derrota respira la carta de este hombre que alcanzó los cielos con su pluma. Había escrito una de las mejores obras de la literatura universal y, sin embargo, llegó a creer que no era novelista. «Sólo soy un padre de familia que no conoce otra industria que la de gacetillero trascendental». Flaubert, Tolstói y Leopoldo Alas son tres autores que, desde distintas procedencias, supieron reflejar, con admirable precisión, el drama intenso y angustioso de la mujer en el siglo XIX. Tolstói, un conservador, retrógrado y visionario, escribió el drama de Anna Karénina como una advertencia de las amenazas que la depravación moral de la vida moderna podía acarrear a la sociedad. Flaubert y Clarín, con una mentalidad más avanzada, fustigaron las envidias, la ociosidad, la ignorancia y las murmuraciones de la burguesía, en la aburrida vida de provincias. Clarín luchó contra la incultura, el caciquismo, el clero reaccionario, la carcunda (¡qué palabra tan bonita que le oí decir a mi abuelo en más de una ocasión), y la estupidez de la vida, tediosa y cursi, de la burguesía provinciana.

Así empieza la obra: «La heroica ciudad dormía la siesta… Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica». Ana Ozores es una víctima de la labor corrosiva de los curas; un juguete en manos de un confesor absorbente, alto y guapo como la torre de la catedral, que con frecuencia le pregunta: «¿Cuándo dominaremos esa imaginación?». Cirios, rosarios, sermones, confesonarios y en su lecho un anciano, impotente, ridículo y relamido, que piensa de su mujer que acabará en los altares si Dios no lo remedia. Ana sufre, con frecuencia, ataques de histeria, sofocos, vahídos y aprensiones. Como Emma Bovary o Ana Karénina ‑las otras dos grandes damas de la novela‑, es una mujer joven, hermosa, plena de vida, imaginativa y llena de sensualidad, que se consume en la monotonía de su existencia, vacía y sin sentido, dejando volar su imaginación como único remedio para aliviar su atroz aburrimiento.

En Yonville, como en San Petesburgo, o en Vetusta (ciudad que se identifica con Oviedo), todas las mujeres de la burguesía padecían la misma tragedia existencial. Vivían una vida triste, abandonadas a la murmuración y a la calumnia, envueltas en adornos y joyas, en el mejor de los mundos posibles, y envidiadas por todos. Pero condenadas a la indolencia, por haber renunciado a su papel sagrado en el hogar y en la sociedad. Rodeadas de sirvientas que cuidaban de la casa, la cocina, la ropa, los niños, Emma Bovary, Ana Ozores, o Ana Karénina, eran meros objetos decorativos de los que nadie esperaba nada. Esa fue la tragedia de las damas del siglo XIX.

No se les permitía estudiar en la Universidad, ni trabajar si no era en el servicio doméstico o poco más; no podían votar, ni viajar solas, ni firmar contratos, ni tener autonomía legal. En determinado momento de la obra, incluso el médico aconseja a la regenta que no lea. Les ardía la sangre, tenían un alma y un corazón que latía con más fuerza que el de sus maridos, pero vivían subordinadas a ellos, de manera humillante y vergonzosa. Habían renunciado a algo en lo que nadie había reparado jamás: su condición de personas. Ante semejante panorama, no es de extrañar que se hundieran en terribles depresiones, enfrentadas a su insoportable lucha interior. Es natural que tuvieran la cabeza como “una hoya de grillos mal avenidos”, y que sufrieran constantes delirios y que vieran “el infierno en las pesadillas de la fiebre”.

Escuchar el lamento del alma femenina y saberlo contar, ha convertido a Clarín en un gigante de la narrativa. En la Historia de la Literatura de J. García López que estudiamos en sexto curso, lo despachaban con un par de líneas, como mucho. Hasta hace poco tiempo, Leopoldo Alas era un autor casi desconocido. A la envidia, la desidia y el rechazo de sus coetáneos, se sumó, más tarde, el triste episodio de la guerra civil y la mentalidad estrecha del franquismo, siempre sumiso a las exigencias del clero. En 1936, unos bárbaros destrozaron el monumento que la ciudad de Oviedo había erigido en su memoria; en enero de 1937, su hijo, Leopoldo García‑Alas, rector de la universidad de Oviedo, fue juzgado en Consejo de Guerra el 21 de enero y fusilado el día 20 del mes siguiente. La ejecución se justificó por haber sido miembro del gobierno de la República y rector de la universidad ovetense. Sin embargo, algunos autores aseguran que fue una venganza de los poderes fácticos de la ciudad, hacia su padre. Se ha llegado a decir, para desacreditarle, que la obra de Clarín es una consecuencia de sus frustraciones personales. Era un hombre bajito (apenas metro y medio de estatura), tímido, enclenque, miope y testarudo. En 1953, un año después del centenario de su nacimiento, Torcuato Fernández Miranda, dijo de él: «La obra de Alas ha sido y es radicalmente disolvente de valores esenciales a ese modo de ser que es ser español».

En la adolescencia, Clarín había estado muy cerca de la mística y ‑como su heroína, Ana Ozores‑, atravesó por raptos contemplativos propios de su desmedida imaginación. Al hacerse mayor, evolucionó hacia posiciones más conservadoras y arremetió «contra esa otra necedad de la Europa democrática, igualitaria, emancipadora, que también quiere la igualdad jurídica de los sexos». ¡Cuesta creerlo! Si una persona tan inteligente como él que cuenta la desesperante soledad de la bella Ana Ozores llegó a expresarse así, podemos imaginar el angustioso ambiente que respiraba la mujer en aquel tiempo. Murió el 13 de junio de 1901, llevándose con él el desencanto, después de haber creído que alcanzaba la gloria.

A partir de los años sesenta, empezó a ser rescatado del olvido y hasta los ochenta su obra no fue traducida al inglés. Un siglo le costó a La Regenta ocupar el lugar de privilegio que le corresponde en el gran libro de la literatura. Ha pasado mucho tiempo. Han enmudecido las campanas y, poco a poco, la mujer va ganando el puesto que le corresponde en la sociedad. En eso hemos mejorado. Pero, bajo la piel ardiente de Ana Ozores, siguen vivas todas las amarguras de la España trágica: odios, envidias, deslealtades, amenazas…

Barcelona, 11 de enero de 2014.

 

roan82@gmail.com

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