Jaque mate al diálogo en dos “nivolas” de Unamuno, 06

Como no todo lector tiene la obligación de conocer tanto Niebla como La novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez, voy a resumir y contextualizar los capítulos escogidos de cada novela una de ellas.

En el cap. III de Niebla, el protagonista A. Pérez ha ido al casino para jugar la «cotidiana partida de ajedrez» con su amigo y mentor Víctor Goti. Partida que, como las demás, es un mero pretexto para hablar de otras cosas. Y, aunque es de suponer que en los capítulos que preceden y siguen a este III, A. Pérez y V. Goti han jugado y siguen jugando al ajedrez durante esos encuentros en el casino, sin embargo, ni antes se mencionó dicho juego ni se volverá a hablar de él en la novela. Por lo tanto, en este cap. III, tenemos, en rigor, la única partida de ajedrez de Niebla. Capítulo corto, como es costumbre en la narrativa de Unamuno: poco más de dos páginas en la vieja y conocida edición de Espasa-Calpe. El capítulo se reparte en dos fragmentos, diferentes textualmente y cuantitativamente dispares: el dedicado al diálogo, propiamente dicho, ocupa los dos tercios de la totalidad, mientras que en el otro tercio tenemos el monodiálogo o “diálogo en silencio consigo mismo” del protagonista Augusto Pérez.

El hilo de la acción es el siguiente: A. Pérez ha llegado con retraso al casino debido a su ensimismamiento porque acaba de enamorarse de una chica llamada Eugenia.

 

«La partida de ajedrez en Niebla

Cap. III

—Hoy te retrasaste un poco, chico —dijo Víctor a Augusto—. ¡Tú, tan puntual siempre!

—Qué quieres… quehaceres…

—¿Quehaceres tú?

—Pero ¿es que crees que solo tienen quehaceres los agentes de bolsa? La vida es mucho más compleja de lo que tú te figuras.

—Y yo más simple de lo que tú crees…

—Todo pudiera ser.

—¡Bien, sal!

Augusto avanzó dos casillas el peón de rey y, en vez de tatarear como otras veces trozos de ópera, se quedó diciéndose: “Eugenia, Eugenia, Eugenia, mi Eugenia, finalidad de mi vida, dulce resplandor de estrellas mellizas en la niebla, lucharemos! Aquí sí que hay lógica, en esto del ajedrez, y, sin embargo, ¡qué nebuloso, qué fortuito después de todo! ¿No será la lógica también algo fortuito, algo azaroso? Y esa aparición de mi Eugenia, ¿no será algo lógico? ¿No obedecerá a un ajedrez divino?”.

—Pero, hombre —le interrumpió Víctor—, ¿no quedamos en que no sirve volver atrás la jugada? ¡Pieza tocada, pieza jugada!

—En eso quedamos, sí.

—Pues, si haces eso, te como gratis ese alfil.

—Es verdad, es verdad; me había distraído.

—Pues no distraerse; que el que juega no asa castañas. Y ya sabes: pieza tocada, pieza jugada.

—Vamos, sí, ¡lo irreparable!

—Así debe ser. Y en ello consiste lo educativo de este juego.

“Y por qué no ha de distraerse uno en el juego? —se decía Augusto—. ¿Es o no es un juego la vida? ¿Y por qué no ha de servir volver atrás las jugadas? ¡Eso es la lógica! Acaso esté ya la carta en manos de Eugenia. Alea iacta est! A lo hecho, pecho. ¿Y mañana? ¡Mañana es de Dios! ¿Y ayer de quién es? ¿De quién es ayer? ¡Oh, ayer, tesoro de los fuertes! ¡Santo ayer, sustancia de la niebla cotidiana!”.

—¡Jaque! —volvió a interrumpirle Víctor—.

—Es verdad, es verdad… Veamos… Pero ¿cómo he dejado que las cosas lleguen a este punto?

—Distrayéndote, hombre, como de costumbre. Si no fueses tan distraído serías uno de nuestros primeros jugadores.

—Pero dime, Víctor, ¿la vida es juego o distracción?

—Es que el juego no es sino distracción.

—Entonces, ¿qué más da distraerse de un modo o de otro?

—Hombre, de jugar, jugar bien.

—¿Y por qué no jugar mal? ¿Y qué es jugar bien y qué jugar mal? ¿Por qué no hemos de mover estas piezas de otro modo que como las movemos?

—Esto es la tesis, Augusto amigo, según tú ‑filósofo conspicuo‑ me has enseñado.

—Bueno, pues voy a darte una gran noticia.

—¡Venga!

—Pero asómbrate, chico.

—Yo no soy de los que se asombran a priorio de antemano.

—Pues allá va: ¿sabes lo que me pasa?

—Que cada vez estás más distraído.

—Pues me pasa que me he enamorado.

—¡Bah! Es ya lo sabía yo.

—¿Cómo lo sabías…?

—Naturalmente, tú estás enamorado ab origine, desde que naciste; tienes un amorío innato.

—Sí, el amor nace con nosotros cuando nacemos.

—No he dicho amor, sino amorío. Y ya sabía yo, sin que tuvieras que decírmelo, que estabas enamorado, o más bien enamoriscado. Lo sabía mejor que tú mismo.

—Pero ¿de quién? Dime ¿de quién?

—Eso lo sabes tú más que yo.

—Pues caya, mira, acaso tengas razón…

—¿No te lo dije? Y si no, dime: ¿es rubia o morena?

—Pues, la verdad, no lo sé. Aunque me figuro que debe de ser ni lo uno ni lo otro; vamos, así, pelicastaña.

—¿Es alta o baja?

—Tampoco me acuerdo bien. Pero debe de ser una cosa regular. Pero ¡qué ojos, chico, qué ojos tiene mi Eugenia!

—¿Eugenia?

—Sí; Eugenia Domingo del Arco, avenida de la Alameda, cincuenta y ocho.

—¿La profesora de piano?

—La misma. Pero…

—Sí, la conozco. Y ahora… ¡jaque otra vez!

—Pero…

—¡Jaque he dicho!

—Bueno…

Y Augusto cubrió el rey con un caballo. Y acabó perdiendo el juego.

Al despedirse, Víctor, poniéndose la diestra a guisa de yugo, sobre el cerviguillo, le susurró al oído:

—Conque Eugenita, la pianista, ¿eh? Bien, Augusto, bien; tú poseerás la tierra.

“Pero esos diminutivos ‑pensó Augusto‑, esos terribles diminutivos!”. Y salió a la calle».

***

antonio.larapozuelo@unil.ch

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