14. Temores y sobresaltos

El día 22 amaneció muy triste al ir enterándome de los crímenes y atropellos que las turbas iban realizando en la ciudad: unas personas resultaron muertas, otras heridas y muchas encarceladas… Pronto aparecieron en el hospital los heridos.

No tuve noticia ‑hasta el medio día‑ de los religiosos del convento: la mitad estaban presos en el Ayuntamiento; la otra mitad habían sido encarcelados en los calabozos de la Inspección. Estos últimos fueron echados a la calle al día siguiente, teniendo que buscar refugio, por lo que fueron los más desgraciados…

Estaba comiendo cuando ‑por un rumor‑ me entero de que habían sido asesinados dos novicios… No pude seguir tomando bocado, pues mi cabeza se llenó de elucubraciones: ¿Quiénes serían los muertos? ¿Dónde habría ocurrido? ¿Serían de los encerrados o de los liberados que estaban a merced de cualquier desalmado…? Al fin, llegué a saber que no estaban muertos sino heridos; uno de ellos, bastante grave. Pasé la siesta entre mil conjeturas y otras tantas tristes amarguras.

Eran las tres de la tarde, cuando llegó un herido en la camilla de la Cruz Roja y lo colocaron en una cama. Pasé momentos de impaciencia y esperanza. ¿Sería alguno de los novicios…? Al fin, veo aparecer un joven con la cabeza vendada y las ropas teñidas de sangre. Era un novicio que no estaba grave, a pesar de haber recibido un sablazo y varios martillazos en la cabeza, al ser reconocido en la calle. Por él, fui enterado de lo que le había sucedido y cómo pudo librarse ‑de su segura muerte‑ de aquellos forajidos. También me comentó quién era el otro novicio herido, que se encontraba desangrándose, sin poder acercársele ningún médico…

La tarde se nos hizo triste. Apenas cenamos, pues el apetito se marchó, y permanecimos silenciosamente en nuestras respectivas camas, a la espera de nuevas noticias. Múltiples veces invoqué con fe, a la Virgen Santa que presidía nuestra sala protección, por aquel novicio en aquella difícil hora…: «¡No le desampares, Madre mía!».

Sobre las diez de la noche, se presentan varios milicianos y guardias municipales, portando a un herido que habían podido arrancar de las garras del populacho… ¡Y era el novicio por el que estábamos preocupados…! ¡Muchas gracias, Virgen Santa! ¿Cómo te lo agradeceremos?

Luego de ser reconocido y curado por el médico, nos enteramos de que no reviste gravedad, a pesar de la falta de sangre. Estando ya tranquilo, pude descansar tras un día de intensos temores y sobresaltos.

Úbeda, 27 de diciembre de 2012.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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