Otoño

Cual hace años que no veíamos. Otoño lluvioso y continuo. Otoño.

Otoñamos en edad, otoñamos en aspiraciones y en deseos. Otoñamos en ideales. Se nos cae el otoño a puñados, encima, sin podernos librar del mismo.

Acaba el otoño con la vida del verano, supuestamente para darle un respiro a esa vida y propiciar la siguiente. Pero, tras esa promesa de vuelta, está la realidad del invierno.

El invierno todo lo apaga. Es un manto de quietud en el que se obligan a permanecer todos los que vivieron y que pretenden seguir viviendo. En previsión de ese lapsus, los que no pueden seguir viviendo hacen todo lo posible por asegurar, al menos, que su especie sobreviva. Pero no debieran tener la certeza… ¿Y si el invierno no acaba?

Nos están metiendo en el invierno tras empaparnos de lluvia, mojándonos por completo, hasta que nos aburramos. Nos calemos. Nos disolvamos. Tras la gran ducha de frialdad húmeda vendrá el aire seco del invierno. Que ya nos secará, momificándonos hasta dejarnos insensibles, inmóviles e indefensos.

Puede que entonces esa duda anterior, la de la prolongación del invierno, se haga realidad. Se necesitará un largo invierno para que todo quede muerto permanentemente.

En invierno trabajan los que preparan la primavera.

Pero para que eclosione la primavera, y con ella la vida, hace falta la aparición del sol. Todo consiste en impedir que el sol aparezca. Que caliente. Que se vea.

Se están haciendo supremos esfuerzos porque ello no suceda. No ha de haber posibilidad de tal cosa. El invierno no ha de resolverse. Con el frío prolongado todo lo viviente morirá. Pero los que preparaban la llegada de la primavera, y estaban avisados del prolongado invierno, esos sí que podrán, de una vez por todas y para su beneficio exclusivo, disponer del resurgir del sol y así del crecimiento de su particular vida.

Nuestros ideales han quedado, cual hojas secas, caídos y pisoteados.

Nos los están ablentando y recogiendo por ver de quemarlos en una monumental hoguera, para calentarse con ellos en el invierno. Con los ideales no realizados van parejos, adheridos a los mismos, pues de su clase son, los ideales realizados y conseguidos. Todos van a ir a parar a la misma hoguera, así lo quieren, los señores de las lluvias de otoño.

En cenizas acabará todo lo que tiene visos de servir para que todo viva. Cenizas y polvo. No quedará nada de lo anterior, de las siembras de primavera, de las de verano, de las cosechas que alegremente se recogieron. De los alegres frutos de la vida en común, al aire, compartida. De las previsiones optimistas. De los cuentos de lecheras locuelas e inconscientes. Alrededor sólo se verá la planicie nevada, monótona y mortal.

El que se escapó de la quema se verá en el desierto helado. Ahí se perderá sin remedio, hasta terminar congelado. No habrá esperanza para nadie que no sea de los elegidos.

Debe ser por eso que algunas religiones prometen los últimos días de únicamente unos elegidos “santos o justos”, predestinados a través de los siglos por siempre jamás. Esos predestinados seguro se cuentan de los que superen las fases anteriormente citadas. Pues no son personas de ilusiones, ni de ideales; lo son de fe, certezas inamovibles. Pétreas.

Y, claro, la piedra no arde.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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