Ardor guerrero, 05

¡Qué duda cabe, para quien haya leído Ardor guerrero, que esta narración no es tanto una apasionada diatriba contra los desmanes del servicio militar cuanto una profunda, lúcida y melancólica reflexión sobre el paso del tiempo! Y, aquí, no aludo solamente al concepto de ‘amplitud’ de la historia recuperada, es decir, a esos catorce meses de vida personal en la mili que, trascendida, permite ver en Ardor guerrero una especie de ‘memoria de toda una generación’ o incluso una parábola de la España de la transición.

Me refiero también, y sobre todo, a esa conciencia que tiene Muñoz Molina con respecto al paso del tiempo; una percepción tan esponjada, tan embebida de condición humana que nos lo muestra actuando con la seguridad silente de un programa electrónico o de un código genético, mientras va delineando nuestra existencia individual hecha a menudo de previstos quehaceres y cotidianas presencias. Norma habitual del presente repetido que Ardor guerrero rompe hábilmente mediante la irrupción de algo tan imprevisto e improbable como lo son el ‘sueño’, la ‘memoriaasociativa’ y el ‘azar’. Tres formas de compresión temporal, muy productivas en la narrativa de Muñoz Molina y especialmente en Ardor guerrero,porque las tres originan y conducen la totalidad del discurso autobiográfico, al mismo tiempo que le sirven de marco temporal y espacial. Así, el cap. I actúa como sección de apertura, en donde se sientan las dos primeras bases ‑‘sueño’ y ‘memoria asociativa’‑ sobre las que se va desarrollar el resto de la historia autobiográfica. En cambio, el capítulo XXIII y último se destina al cierre de la historia, poniendo en manos del ‘azar’ el destino de los personajes.

Veamos, en primer lugar, cómo funciona desde el punto de vista narrativo el ‘sueño‑pesadilla’, que es una especie de plataforma evocativa de las brutales vivencias ocurridas en el tiempo de la mili: un tiempo que corresponde al pasado del autor‑protagonista y que, en cierto modo, se actualiza en el lector.

Numerosísimas son las citas que encontramos en el capítulo I ‑de sólo 12 páginas‑ referidas al ‘sueño’ y a su capacidad evocativa:

«Hasta hace no mucho he soñado con frecuencia que tenía que volver al ejército». «Con la aterradora inmediatez de los sueños […] yo me veía formando en el patio para el toque de diana». «Recuperaba en el sueño otro rasgo del miedo militar». «En el sueño, repetido metódicamente a lo largo de años, yo era un soldado asustado y vulnerable». «El miedo experimentado una y otra vez en el sueño no era un miedo imaginario, como el que siente uno al soñar que se ahoga o que se despeña por un precipicio». «En el sueño, el tiempo posterior a mi servicio militar era un espejismo». «Pero hace mucho que no sueño casi nunca con que vuelvo al cuartel». «Uno no es responsable de lo que sueña, y a veces tampoco de lo que escribe». «En los sueños todo se vuelve simultáneo, pero tal vez en eso, que nos sorprende tanto, es en lo que los sueños más se parecen a la realidad». «Quizás sólo sea posible escribir sobre ciertas cosas, cuando ya apenas pueden herirnos y hemos dejado de soñar con ellas».

También son abundantes, en este capítulo I, las citas referidas a ‘la memoria asociativa’, es decir, la encargada de establecer un vínculo entre hechos que pertenecen a un pasado y que inesperadamente emergen asidos a determinadas percepciones ocurridas en el presente:

«Una mañana nublada de principios de marzo, en Virginia, me encontré acordándome de la oficina militar de San Sebastián, y las dos imágenes, separadas por más de una década y de todo un océano, resonaron o se correspondieron entre sí en una semejanza inesperada». «No había identidad ni pasado en la habitación de Virginia; y en la oficina del cuartel, no había equipaje ni memoria. […] La penumbra del atardecer era la misma en Virginia que en San Sebastián […] pero la sensación de aislamiento y de lejanía que encontré en Virginia, el silencio que se iba extendiendo cada noche a mi alrededor, en el bosque que había al otro lado de la ventana, como un océano de oscuridad, se parecieron mucho al aislamiento, a la lejanía y al silencio que iban creciendo en el cuartel cada noche, al mismo tiempo que se levantaba la niebla sobre el río Urumea». «La soledad y el silencio de mi habitación monacal de Virginia se parecían a los de aquella oficina en las mañanas invernales de domingo, cuando yo aprovechaba aquella quietud para ponerme a escribir en una hermosa Olympia […]. En vez de una hoja de papel, yo tenía ahora, frente a mí, la pantalla luminosa del ordenador, pero el espacio en blanco era el mismo».

Y es en ese ‘espacio en blanco’, confluencia de la asociación entre la impoluta cuartilla y la pantalla luminosa del ordenador, donde surgirá la ‘memoria militar’ del escritor.

Por su parte, la intervención del ‘azar’ se concentra en el capítulo XXIII ‑también con sólo 12 páginas‑ y último de la narración. Este capítulo relata el retorno a un ayer que vivía emboscado en la memoria y al que el narrador acude echando mano del socorrido ‘encuentro fortuito’. En efecto, el ‘azar’ ha hecho que, en una noche de enero de 1994, el autor‑personaje se encuentre con un ex compañero de la mili, llamado Martínez, que en ese preciso momento bajaba por la Gran Vía madrileña:

«Mi destino, como el de cualquiera, estaba hecho de cosas tan improbables o ínfimas como mi descubrimiento de aquella sombra que bajaba por la Gran Vía de espaldas a mí. Un minuto antes o después y no nos habríamos visto, y yo no habría vuelto a revivir con inesperada intensidad las tardes invernales de San Sebastián y el otro invierno de soledad y de lluvia que había pasado en Virginia, y ahora mismo no estaría escribiendo estas palabras».

Este encuentro casual, lo mismo que antes en el capítulo I la intervención del ‘sueño‑pesadilla’ o de la ‘memoria asociativa’, los tres funcionan en Ardor guerrero como ‘causas’ que motivan la constitución de ese ‘pretexto narrativo’ tradicionalmente utilizado cuando se emprende una narración de carácter autobiográfico. Claro está que Muñoz Molina no los utiliza de manera, por así decir, ‘mecánica’. Por eso dice en la página 380:

«Pero yo, que no escribo una novela, no tengo que inventar un pretexto que los vincule entre sí».

Antes bien, esas ‘causas’ forman parte integrante de la reflexión general que sobre el ‘tiempo‑azar‑destino’ se lleva a cabo en Ardor guerrero. Lo cual no quita que el autor los tiene en cuenta y que, sólo una vez desembarazado de los obstáculos ‘éticos y estéticos’ propios al relato autobiográfico, podrá lanzarse a la rememoración de su servicio militar. Por eso, curándose en salud, escribe en el tan citado capítulo I:

«Uno no es responsable de lo que sueña, y a veces tampoco de lo que escribe».

Y en el capítulo último, el XXIII:

«Wlassics y Martínez no es probable que se encuentren nunca, y yo, que no escribo una novela, no tengo que inventar un pretexto para vincularlos entre sí, una secuencia de causas y efectos que lleve de una conversación en un comedor de la universidad de Virginia a un encuentro casual en Madrid. Sólo me dejo llevar, dócil a los azares y a las solicitudes de la rememoración».

antonio.larapozuelo@unil.ch

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