Tontos

05-09-2012.
Ya dije «¡Viva Zapata…!». Y se me estaba haciendo caso; es que uno tiene madera de líder, que es escribir y me sale un mogollón de discípulos dispuestos a sacrificarse por lograr que triunfen mis consignas.

Bueno, de acuerdo, que Sánchez Gordillo no es discípulo mío, ni ha leído, creo, nada de lo que por acá escribo. Es que me hacía ilu. Claro que, en esto de ir a la “revolución” (la buena, no la mala) estos del proletariado clásico, andaluces trasuntos de las masas de Del Amo (¡Andalucía tradicional, no sólo la de la pandereta!) son unos hachas. Siempre están dispuestos, siempre tienen las banderas a mano (la tricolor y la verdiblanca, amén de la roja de toda revolución o la de Cuba, que no sé qué tiene que ver por acá), siempre las mismas consignas, siempre sus alpargatas (bueno, ahora llevan deportivas, en algo se cambia) y varas para encaminar la senda…
Da que pensar. ¿Por qué?, ¿por qué seremos siempre los mismos, deseosos de encontrar un iluminado, un profeta que nos guíe, que nos dirija, que nos lleve de su mano como a borreguillos o lobos (según se tercie)? ¿De veras cambió tanto Andalucía o todo fue un espejismo que ahora se disipa y nos devuelve a la árida arena reseca y sin límite? Y no tengamos duda: el profeta, el salvador, el líder indiscutible e indiscutido surge. Espera su momento y, cuando las circunstancias son favorables, actúa, se lanza al asalto de una sociedad que considera que no es la suya, enemiga, transformable quiera o no lo quiera, en la que este soñador quiere que se convierta.
Los que hacen la “otra revolución” (no la buena), la hacen sin demasiado escándalo (el escándalo sólo lo utilizan cuando hay que preparar el ambiente, la opinión), porque siempre han sido enemigos del escándalo. En sus momentos de agitación previa, sí que escandalizan, gritan sus consignas, se enrollan en las sagradas banderas de sus tradiciones, que siempre han considerado únicamente de su propiedad y no de la chusma. Porque esa es otra: la revolución de estos es una revolución de élites y únicamente para las élites. Si el llevarla a cabo tropieza con dificultades o se hace tan evidentemente sectaria que la población en general empieza a no soportarla, entonces desean (al igual que los otros) que surja el profeta (acá claramente un líder en plan de jefe único y carismático) que los conduzca, que sea el referente ante el cual no se pueda discutir (indiscutible e indiscutido, como el otro). En estos momentos, los que realizan por estas tierras nacionales esta revolución antagónica a la anterior empiezan a añorar la llegada del “caudillo”, aunque se apele a la Virgen del Rocío o a la de Covadonga, que ya es tener fe.
Como la derecha se cree con todos los derechos y de su uso exclusivo (a la izquierda ni el pan ni la sal) argumenta zafiamente cuando alguien que no sea de ellos tiene, o se supone, varios relojes, se toma unas cervezas o come en restaurante caro, se construye un casoplón, va de vacaciones… Y tontunadas así, con mala leche. Porque ellos sí, ellos pueden y deben tener esos caprichos, además de esos sueldos que se adjudican, esas ganancias empresariales, esos puestos bien remunerados, los derechos de colocar a toda su casta en puestos muy concretitos y cómodos (¡cuidado, si lo hacen los otros es nepotismo y uso indebido, criminal, de sus facultades!). Y hacen las leyes en un plisplás y las aplican sin complejos y sin dar más explicaciones, que son leyes acordes con sus ideales más caros o menos confesables. Y con sus sectarismos.
Mientras, ahí va el escandaloso, el desbocado jefe de los ejércitos proletario-campesinos, el profeta haciendo sendas propagandísticas y mediáticas para mayor gloria de su ideario y de su ego. Avanza rodeado de los sin voz ni ideas, porque la voz y las ideas las tiene él, el adalid, el adelantado de la vanguardia proletaria. Sí, la idea hecha acción. Pero acción unilateral, acción a pesar de la Historia (¡profesor de Historia, que la niega!), acción que es lo único que se puede hacer frente a la ley de los otros.

Paradojas. Nos encontramos en una situación en la que una acción que nos debería parecer sacada del rincón del olvido se nos convierte en una acción con valor de símbolo. Y a ese símbolo sí que le temen los otros, porque lo saben demasiado poderoso (si quieren acordarse) y fatalmente imprevisible. Lo temen y lo quieren, porque los puede legitimar (se acuerdan perfectamente) ante los demás, los que no siguen ni al profeta ni al jefe, los que quieren y siempre han querido un trato justo, una sociedad equilibrada, un Estado garante de los servicios, un juego político al menos creíble y eficaz. Los que no van a hacer ninguna de las dos revoluciones son los abocados, a la fuerza, a tener que tomar parte por alguna, y esto puede tener consecuencias nefastas, porque pueden optar por la opción más perjudicial (aunque sea la menos aparente).
La ceguera. El griterío y las banderas nos pueden dejar ciegos. El polvo levantado también. Pero peor es decidir que seamos ciegos, que estemos ya ciegos, que como ciegos actuemos, como sordos, como mudos. Porque así conviene, porque así no se arma escándalo, porque así se van aprobando leyes injustas sin oposición alguna. Tontos, que nos quieren totalmente tontos.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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